– En el altiplano boliviano, la muerte no siempre significa permanecer bajo tierra. En las localidades de Coroma (Potosí) y Chipaya (Oruro) los ancestros salen de sus tumbas durante Todos Santos y vuelven a ocupar un lugar entre los suyos.
La costumbre rompe por unos días la separación entre el cementerio y la comunidad. Los restos de una pareja de antepasados son retirados de su lugar de descanso, habitualmente de las chullpas, y llevados en procesión por el pueblo. No se trata de cualquier difunto: son considerados los fundadores de la comunidad y el origen de los vínculos que unen a sus habitantes.
“Lo que hacen ellos es, para el 31 de octubre, sacar a los dos ancestros que son los más antiguos. Entre ellos dicen que son los fundadores del pueblo”, explicó a la ABI Milton Eyzaguirre, jefe de la Unidad de Extensión del Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef).
La pareja, un hombre y una mujer, representa a los antepasados de quienes desciende la comunidad. Por eso, su retorno no involucra únicamente a sus familiares directos: convoca a todo el pueblo, entendido como una gran red de parentesco. Cada familia tiene a sus propios difuntos, pero el ritual comienza con quienes ocupan el lugar más antiguo en esa memoria colectiva.
Después de la procesión, los habitantes permanecen junto a los ancestros durante una vigilia que se extiende entre el 1 y el 2 de noviembre. Luego, los restos regresan a su lugar de descanso. Durante esos días, los muertos no son recordados desde la distancia: vuelven a compartir con los vivos.
Eyzaguirre relata otra práctica que muestra el papel que todavía se atribuye a estos antepasados. Cuando una pareja atraviesa un conflicto grave, puede ser encerrada durante una noche en el mausoleo junto a las cabezas de los ancestros. La experiencia busca que ambos reflexionen y se arrepientan. Según el antropólogo, al día siguiente suelen salir reconciliados.
Los muertos vuelven para ayudar a germinar la vida
En la cosmovisión andina, el retorno de los difuntos también está relacionado con la fertilidad de la tierra. No llegan solo para recibir alimentos y bebidas: vuelven para ayudar a que la vida continúe. “Los muertos tienen que venir a trabajar”, resumió Eyzaguirre.
El antropólogo explicó que la palabra quechua mallki tiene un significado revelador: puede referirse tanto a los muertos como a los brotes de las plantas. La relación expresa una idea profunda: así como las semillas germinan y dan nuevos frutos, los antepasados regresan para contribuir a la renovación de la vida y al crecimiento de los cultivos.
Por eso, las mesas de Todos Santos reciben a los difuntos con alimentos y bebidas que disfrutaban cuando estaban vivos. La bienvenida debe ser alegre. En esta concepción, los muertos no llegan para permanecer como una presencia triste, sino para reencontrarse con sus seres queridos y acompañar el ciclo agrícola.





