por: Arturo Yañez Cortes
Entre los últimos escándalos de moda -nunca faltan y más bien abundan en cantidades industriales- que asquean al soberano en estas últimas horas están el uso impúdico de los vehículos del narco por algún personaje del Tribunal Supremo de Justicia (por si acaso, no son todos) y la “reelección” por aclamación como en sindicato, del impresentable Presidente de los Diputados.
Posiblemente para algunos, ambos deleznables hechos no tengan relación, pero si hilamos algo más fino sostengo que sí: se trata simple y llanamente del desfachatado (descarado, desvergonzado o insolente, enseña el San Google) abuso del poder público, por parte de individuos que habiéndoles caído de alguna manera alguito de poder, de pronto, se sienten por encima del bien y del mal y por supuesto, de la ley al peor estilo del sátrapa orinoqueño, le meten no más. La CPE, las leyes y demás se les convirtieron no en un chaleco de fuerza que les debiera impedir dar rienda suelta a sus delirios totalitarios, sino en un estorbo. De ética y moral, ni pensar. Y así les está yendo…
En el primer caso, los Abogados y peor los jueces o fiscales, debieran saber perfectamente que esos vehículos -por mucho que hayan sido secuestrados en operativos vinculados al narcotráfico u otros crímenes- están sujetos a un régimen provisional o temporal de secuestro (para fines investigativos) o incautados (para ser convertidos en juicio como objeto o medio probatorio) pero no están confiscados (esto es mediante sentencia ejecutoriada que ordena su destino definitivo al haberse demostrado en proceso más allá de toda duda razonable su origen ilícito); por lo que mientras tanto, no pueden ser usados como botín de guerra, peor por quienes están precisamente encargados de investigar o juzgar esos hechos. El juez debe no sólo ser sino parecer.
Esa asquerosa desviación y abuso de poder no es nueva -esos casos sólo son los últimos y más famosos- ni excepcional o casual; pues si se investigaría a fondo (lo dudo y mucho, ya que forma parte de la médula de la administración de justicia) incluyendo el uso y abuso que organismos tales como el DIRCABI, FELCN y otros públicos que dependen de distintas instancias de poder, hacen y deshacen como si fueran de su propiedad de bienes -insisto- secuestrados o incautados, más no confiscados. Para los Abogados defensores, lograr que le devuelvan a tu defendido que quedó absuelto o su caso rechazado, peor en el estado que fueron capturados, esos sus bienes como vehículos, inmuebles y ni qué decir otros, pese a haber logrado el cierre del caso sin responsabilidad penal, es casi una misión imposible con la complicidad o encubrimiento de juristas del horror disfrazados de fiscales o jueces (excepciones aplican, por supuesto).
En el caso del auto proclamado “presidente de los diputados” encuentro un detalle que no es menor: hace semanas atrás, el impresentable fue pescado flagrantemente haciéndose atar los wathos de sus calzados por una persona. Ese solo hecho, si habría sangre en la cara, debiera haber generado su inmediata renuncia no solo a su carguito sino a su peguita, pues constituye una de las peores expresiones no sólo de abuso de poder, sino de absoluta falta de dignidad para ejercer ese alto cargo. (Por si acaso, la dignidad, es el respeto que uno se tiene de sí mismo).
Pomposamente, la jerga estatal apoda a esos empleados del soberano -pues están allá gracias a nosotros como contribuyentes usando y por lo visto abusando de nuestros recursos públicos- como “servidores públicos”; empero esos reiterados hechos nos muestran que en su limitado entendimiento desbordado por sus mediocres delirios, entienden que los ciudadanos, peor sus dependientes y además los bienes y recursos públicos y hasta privados (por mucho que estén en juzgamiento), forman parte de una suerte de canonjía o “ius primae noctis” es decir, derecho de pernada, por el favor que nos estarían haciendo de “servir” a los simples mortales desde sus ridículos tronos con su egregia presencia. Pareciera que piensan como Catalina “La Grande” cuando había dicho: “Seré una autócrata: ese es mi oficio. Y el buen Dios me perdonará: ese es el suyo”.





