¿QUÉ ESTAMOS ENSEÑANDO REALMENTE?

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Por: Prof. Lidia Liliana Altamirano
Hace unos días me hice una pregunta que parece sencilla, pero que tiene mucho sentido: ¿qué estamos enseñando realmente a las nuevas generaciones? Pensé en todo lo que una persona aprende durante su vida y llegué a una conclusión: los conocimientos son importantes, pero la manera en que tratamos a los demás lo es todavía más.

Vivimos preocupados por aprender cosas nuevas, queremos dominar la tecnología, hablar otro idioma o alcanzar una profesión, sin embargo, mientras buscamos crecer intelectualmente, muchas veces olvidamos algo tan simple como saludar con respeto, escuchar sin interrumpir o pedir perdón cuando nos equivocamos.

No hace falta mirar muy lejos para darse cuenta de que algo está pasando, cada vez es más común escuchar insultos que se disfrazan de bromas, palabras que hieren y actitudes que normalizan la falta de respeto; lo preocupante es que muchas veces dejamos pasar estas situaciones pensando que son parte del crecimiento, cuando en realidad van dejando marcas en quienes las viven.

Creo que los valores no son un tema del pasado ni una lista de palabras bonitas para recordar en una fecha especial, son decisiones que tomamos todos los días, se reflejan cuando elegimos ayudar en lugar de ignorar, cuando preferimos dialogar antes que gritar o cuando respetamos una opinión diferente sin necesidad de imponer la nuestra.

También pienso que el respeto tiene un efecto que pocas veces valoramos; cuando una persona se siente respetada, también aprende a respetar, cuando es escuchada, aprende a escuchar, cuando recibe un buen trato, entiende que esa es la forma correcta de relacionarse con los demás. Los buenos actos también se contagian.

Quizá nunca sepamos cuánto puede cambiar la vida de alguien una palabra de ánimo o un gesto de amabilidad, pero sí sabemos cuánto puede doler una ofensa o una humillación. Por eso, antes de enseñar cualquier contenido, deberíamos recordar que todos necesitamos sentirnos valorados y aceptados.

Estoy convencida de que el futuro no dependerá únicamente de cuánto sepan las personas, sino de cómo decidan usar ese conocimiento. Una sociedad necesita profesionales, sí, pero sobre todo necesita seres humanos con principios, capaces de actuar con honestidad, respeto y solidaridad incluso cuando nadie los está observando.

Tal vez la educación más importante no sea la que llena cuadernos o aprueba exámenes, tal vez sea aquella que nos enseña a ser mejores personas. Porque al final, lo que realmente dejamos en el corazón de los demás no son nuestras palabras, sino la forma en que los hicimos sentir.

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