por: Eddie Cóndor Chuquiruna
El turismo no es un eslogan electoral pasajero ni una pose para redes sociales. Es una palanca económica vital que puede transformar realidades locales en Bolivia, siempre que se aborde con la seriedad que merece.
En un país donde la diversidad cultural y natural clama por ser valorada, hablar de turismo significa comprometerse con una política pública integral. Esta debe unir al Estado, al sector privado y a las comunidades en un esfuerzo sostenido, lejos de la demagogia que promete para olvidar. En tiempos de nuevas autoridades en todos los niveles de gobierno, con un contexto político favorable, urge dejar atrás la mendicidad presupuestaria central y asumir la soberanía económica. Pero esto exige visión, no solo palabras.
El potencial de Bolivia reside en su identidad única. Lo que frena este motor es la ausencia de una reflexión profunda sobre cómo el turismo nutre la dignidad local; genera empleo juvenil, revitaliza la gastronomía, fortalece artesanías y preserva tradiciones. Imaginemos comunidades empoderadas que custodian su herencia mientras reciben visitantes dispuestos a pagar por experiencias auténticas. Sin una apuesta público-privada genuina, todo queda en ilusión. Bolivia no puede permitirse más figuración; el turismo es el antídoto contra la dependencia, un camino para que las regiones duelan menos por fondos centrales y más por su propio ingenio.
Para trascender la retórica, las nuevas autoridades municipales y departamentales deben trazar una hoja de ruta concreta, con hitos claros y medibles que marquen el paso de la promesa a la realidad.
Lo que sigue no es una lista opcional ni excluyente, sino un compromiso inexcusable para lo que resta de 2026.
Comience por conformar un equipo técnico autónomo -no de afines políticos-, integrado por expertos locales, empresarios hoteleros, guías y comunidades indígenas. Realice talleres para mapear fortalezas y debilidades, priorizando la identidad cultural sobre megaproyectos ajenos. Publique este diagnóstico abiertamente, agotando consultas para legitimar la visión compartida.
Legalice un fondo mínimo -el 1% del presupuesto departamental y municipal- mediante negociaciones rápidas con el Concejo Municipal y la Gobernación, garantizando autonomía gerencial y transparencia en su ejecución.
Invierta en conectividad aérea y terrestre, reduzca impuestos a hospedajes para competir con regiones estables de otros países, y agote mesas de diálogo bilateral con sectores privados de Brasil, Argentina, Perú, Paraguay y Chile, firmando al menos dos convenios de promoción cruzada.
Reviva tradiciones vivas -cada departamento atesora más de una relevantes- con campañas que posicionen a Bolivia como hub de turismo de salud, educación y paz. Exija al Estado central seguridad integral en rutas clave, lance una plataforma digital y forje alianzas con universidades para rutas educativas que atraigan estudiantes regionales. Bolivia, uno de los países con mayor seguridad ciudadana de la región, tiene en esto una ventaja inigualable.
Mida el impacto en empleo juvenil y conservación, ajustando con datos locales para que ningún departamento o ciudad crezca en desmedro de otros.
Si se cumplen estos hitos, duplicar los ingresos turísticos locales en tres años deviene factible, impulsando un desarrollo sostenible que integre civismo, humanidades y economía.
Esta hoja de ruta no es negociable. Agotarla será el termómetro del liderazgo serio. Equipos técnicos, no políticos; interacción público-privada, no monólogos; identidad viva, no museos polvorientos. Posicionar el turismo en la agenda boliviana demanda coraje para ejecutar, no populismo ni figuración para aplaudir. Con las nuevas autoridades liderando estos pasos, Bolivia demostrará que el turismo es una política pública transformadora, el «todo» de prosperidad que el país necesita con urgencia.





