Por Carlos Fidel Churqui Romero
Activista Político
Cumplimos 200 años de historia. Entre festejos, desfiles y discursos… también entre elecciones, crisis y algo de esperanza, celebramos la independencia. Hoy somos libres, sí, pero seguimos siendo rehenes de nuestra herencia: de la división, de un modelo agotado y de una escasez de visión compartida.
Hemos atravesado guerras, reformas, revoluciones y dos siglos después, seguimos atrapados en las mismas jaulas: el extractivismo sin estrategia, la política convertida en negocio, la justicia sometida, la educación relegada, la salud colapsada. Un país que sobrevive, pero que no proyecta.
Quizá la verdadera revolución no se da en los palacios ni en los cuarteles. Quizá está en otro lugar: en las calles, en las aulas, en los barrios, en nuestras conciencias. La historia de la evolución del hombre, no es más que la evolución de su conciencia. Y tal vez ahí está la clave.
Que este 6 de agosto no sea solo un saludo a la bandera, ni un desfile más con discursos vacíos que se olvidan al día siguiente. Que sea, una oportunidad para mirarnos al espejo. Un espejo que nos devuelva el rostro de un país que se reconoce diverso, herido, con contradicciones… pero también con ganas de algo mejor. Un país que necesita entender que compartimos historia, cultura, problemas… y quizás, un futuro.
Ese mirarnos al espejo no es fácil. Nos enfrenta con lo que somos: un país que no puede seguir dependiendo de un extractivismo vago y sin sentido; que no puede continuar dividido para alimentar discursos vacíos; que ya no puede seguir sin preguntarse hacia dónde quiere ir.
Porque la crisis más fuerte que vivimos no es económica, ni siquiera política: es una crisis de visión. Y esa visión no nace solo en las esferas de poder. Nace —o muere— en nosotros: los ciudadanos, jóvenes, trabajadores, empresarios, entre todos.
Nos enseñaron que las transformaciones vienen solo desde arriba, con decretos y reformas. Pero tal vez la verdadera revolución —la sostenible, la que crece con el tiempo— no es la que explota puentes ni cerros con dinamita, sino la que nos forja a nosotros como ciudadanos conscientes. Obreros y empresarios, mujeres y hombres, docentes y estudiantes. Cada uno desde su lugar.
Wilt Durant, nos enseñó que el hombre limita su pensar hasta su existir, pensemos más allá de nuestra existencia, la herencia de Patria que queremos entregar. Si entendemos eso, podemos empezar a construir un país que no solo funcione hoy, sino que tenga una visión para los próximos 200 años.
Hoy Bolivia puede encontrarse, entenderse, abrazarse. Puede construir una visión común, lo más parecido a un contrato social. Pero para eso necesita una ciudadanía activa, que quiera forjar historia en lugar de repetirla. No heredamos el país de nuestros sueños. Pero lo que sí tenemos en nuestras manos es el poder de reconocer nuestra historia, sanar nuestras heridas y mirar hacia el futuro. Ese futuro que aún no se ha escrito.
Doscientos años han pasado. Doscientos más vendrán. El bolígrafo está en nuestras manos. El futuro no se espera: se construye. Empecemos hoy.





