Hippies y viajeros: llegaron a Australia con 27 centavos y un accidente inesperado los convirtió en millonarios

La ficción suele ser más timorata que la realidad misma. Y con frecuencia sucede que, cuando contamos una de esas historias que nos hacen abrir los ojos como platos, los lectores piensan que los periodistas exageramos al borde de la mentira. Pero este no es el caso. Maureen, una joven hippie con ideas de centro izquierda y atea, llegó a Australia con su marido Tony Wheeler y compañero de aventuras, con casi nada. Llevaba en su mochila una cámara y un puñado de monedas. Para ser precisos 27 centavos de dólar. Sin embargo, escribiendo guías para viajeros hippies (y sin dinero) como ellos, terminaron convertidos en unos empresarios millonarios.

Vale la pena conocer cómo nació su imperio para darnos cuenta, una vez más, la magia que puede encender una vocación.

De Belfast… al mundo

Maureen nació en Belfast, capital de Irlanda del Norte, en 1950. Inquieta, a los 20 años, decidió mudarse a Londres. Cuatro días después de llegar, el 7 de octubre de 1970, se sentó al sol para leer un libro en un banco de la plaza Regent ‘s Park.

Tony Wheeler, un joven que tenía cuatro años más, la observó leer con fruición y se animó a interrumpirla: “¿Es este el lugar de moda para leer un libro?”.

“Su sonrisa me desarmó”, confesó ella años más tarde. Hablaron de viajes y él le contó su experiencia en Pakistán, en Estados Unidos y en las Bahamas. Una cosa llevó a la otra y ese día terminaron en el cine.

La charla continuaría recorriendo el resto de sus vidas.

Luego de algunas escapadas cortas y cercanas, acabaron casándose, mismo día y misma hora, en el aniversario de haberse topado en aquel parque.

En 1972 apostaron por la aventura y se subieron a una furgoneta Austin destartalada. Se lanzaron a viajar por los caminos de Europa. Después de varios meses, cruzaron al continente asiático por el Bósforo. Siguiendo el hippie trail -así se le decía al sendero hippie que estaba de moda entre las jóvenes generaciones de la época-, alcanzaron el sur de Asia, la India y Nepal.

Maureen reconoció que en esos tiempos discutían mucho, pero se divertían más. Le fascinaban las mismas cosas.

Al continente australiano arribaron ya sin recursos, pero felices. Todo el mundo les pedía consejos para sus viajes de mochileros. Detectaron que ahí, en sus sugerencias, había algo. Resultaría ser oro en polvo. Desbordantes de experiencias, en la mesa de una cocina, comenzaron a escribir su primera guía de viajes: Across Asia on the cheap (algo así como A través de Asia a bajo precio). En 1973 nacieron las primeras guías cosidas a mano por ellos mismos. El éxito los desbordó. En siete días vendieron 1500 ejemplares.

Casi sin darse cuenta habían fundado Lonely Planet, una editorial que sería, diez años después, una compañía exitosa.

En una entrevista al medio The GuardianTony confesó que el primer libro había sido “un accidente inesperado” porque ambos tenían empleos a tiempo completo en Australia y todo lo hacían en los ratos libres. El nombre Lonely Planet emergió de un error. Eligieron una frase de una canción de Joe Cocker… pero, en realidad, Joe decía “lovely planet”. Casualidades o causalidades.

En el año 1975, mientras estaban alojados en un hotel de mala muerte ubicado en un callejón de Singapur, escribieron su segundo libro: South East Asia on a Shoestring (podríamos traducirlo como Sudeste asiático por poco dinero). Las cosas seguían adelante y establecieron su casa permanente en Australia.

Pero Maureen tenía dudas sobre si podrían mantenerse mucho tiempo más haciendo esas guías. Por si acaso, decidió que tenía que estudiar: “Estaba convencida de que algún día tendría que dejar el viaje y tener un trabajo normal”. Se anotó para una licenciatura en Trabajo Social, en la Universidad de La Trobe, que arrancó en febrero de 1976 y terminó en 1980. Tony ya había estudiado ciencias económicas.

En 1979 tuvieron otra idea audaz: montar un lugar de trabajo. “En lugar de trabajar desde casa, nos mudamos a una oficina (…) Hasta ese momento todos los libros estaban guardados en un pequeño cobertizo, debajo de las camas y por todos lados (…) Era un negocio muy amateur, hecho en casa”, explicó Maureen. “Durante los primeros años éramos sólo Tony y yo. Lo hacíamos todo: empaquetábamos los libros y los enviábamos por el mundo a los distribuidores con los que habíamos contactado; llevábamos los libros a las librerías y los vendíamos”.

Poco tiempo después, en 1981 y ya siendo diez personas en la empresa, publicaron la guía más importante y exitosa de todas: India. Fue un best seller casi instantáneo.

De los tiempos que siguieron, ella recuerda en especial un día: “Entré a la oficina y me di cuenta de que ya teníamos unas sesenta personas trabajando. Casi me da un ataque de pánico. Pensé: ¿cómo pagaremos el salario de toda esta gente? ¿cómo pagaremos el alquiler de esta oficina?”.

Los hippies defensores de una vida simple y con poco dinero, pero llena de aventuras, habían colocado la piedra fundacional de una mega compañía que los haría inmensamente ricos. Curioso destino para quienes solían combatir el consumismo, porque la avidez por los viajes se revelaría como un consumo también desenfrenado y voraz.

Con los hijos a cuestas

La vida misma los fue llevando por el camino de lo que la gente quería leer y saber antes de hacer un viaje.

Cuando Maureen tenía 31 años, nació Tashi su primer hijo. Dos años después, en 1983, llegó Kieran.

“Me di cuenta de que si no llevaba a mis hijos de viaje, tenía que quedarme en casa. Así que durante años viajamos los cuatro, hasta que fue incompatible con el colegio”, relató Maureen.

Con dos hijos a cuestas, las preguntas que le hacían a Maureen revelaron el paso siguiente que debían dar. Los padres de otros chicos pedían consejos y querían saber si ellos recomendaban posponer sus viajes y aventuras hasta que los pequeños crecieran. Así llegó la guía Viajar con chicos.

Los cuatro Wheeler recorrieron África, Asia y Latinoamérica. “Cuando viajas con niños pequeños, sobre todo en África y Asia, la actitud de la gente cambia y se interesan por tí, te ayudan… Era muy enriquecedor”, contó Maureen.

Cierta vez, al llegar de un viaje por Egipto e Israel, la maestra le pidió a Kieran, que tenía 5 años, que le contara lo que había aprendido. Maureen refirió: “Él mostró la imagen de una esfinge y explicó que había tenido un gran bigote que los ingleses le habían arrancado de un disparo. Cuando la profesora lo corrigió, él le espetó ‘¿Acaso ha estado usted allí?´’“.

Los chicos aprendían a su manera y el resultado no era para nada convencional. Los niños Wheeler no tenían problemas en dormir en la cubierta de un barco o en viajar apretados en trenes superpoblados, pero un día la experiencia tuvo que terminar. Y fue Maureen quien se quedó en casa. Solo viajaba durante las vacaciones. Con el tiempo, pudo dejarlos con familiares y, cuando llegaron a la adolescencia, ellos se empezaron a quedar en casa de amigos. Les divertía más. Y, por increíble que parezca, Kieran que hoy ya tiene 38 años, detesta viajar.

Lonely Planet se fue transformando en una importante editorial con sucursales en Melbourne, Londres y Oakland. Más de 500 empleados, 300 autores, 6 millones de libros por año traducidos a 17 idiomas, una facturación de 85 millones de dólares anuales.

En 1994 salió al aire Lonely Planet TV. Al año siguiente, desembarcaron en la web. En 2005, Tony escribió Lonely Planet Story, una autobiografía de la pareja. Crecían y crecían.

Volver a las raíces

El espíritu que los había llevado a crear su empresa, fue el mismo que los condujo a deshacerse de ella. Querían recuperar la libertad perdida y seguir viajando a su antojo. Esa era, después de todo, la razón de sus vidas.

En el año 2007 se decidieron y vendieron el 75 por ciento de la compañía a la BBC Worldwide. Se cree que Maureen y su marido cobraron más de 100 millones de dólares. Con ese dinero tuvieron fondos para sus proyectos humanitarios con la Fundación Planet Wheeler con la que buscaban ayudar a países en vías de desarrollo. Sus nuevas misiones iban desde fundar una escuela en Tanzania hasta potabilizar agua en Etiopía. Además, volvieron a lo que más les gustaba: rodar por el mundo.

Un tiempo después, vendieron el 25 por ciento restante a la misma compañía por 42 millones de dólares.

En 2008 salió, en el Reino Unido, la revista Lonely Planet. En 2010 se imprimió la guía número 100 millones. En el 2011, empezaron con guías para chicos. Y, en 2016, las redes sociales combinadas de Lonely Planet alcanzaron los diez millones de seguidores.

Maureen ha señalado que las guías “sirven para darte el primer impulso, pero no hay que seguirlas como si fueran un mapa cerrado” y “te ayudan a ver que el mundo es un lugar frágil y que la gente es igual en todas partes”.

Hace un par de décadas Maureen reconoció cómo había cambiado el concepto de lo que significaba viajar desde que ellos habían emprendido su aventura en los años ‘70: “Hoy la gente se sorprende más por los que no viajan que por los que sí lo hacen. En los últimos 30 años el viaje ha pasado de ser un lujo absoluto o algo que sólo hacían los jóvenes mochileros locos, a ser algo que todo el mundo intenta”.

Eso volvería a cambiar en el año 2020 con la pandemia.

Hoy, apartado de la gestión editorial, Tony confesó hace muy poco al medio español ABC“El mundo sufría de obesidad turística antes del Covid-19″. En su ensayo “En defensa del viaje”, reflexiona sobre el efecto de la pandemia en el turismo y clama por un futuro más sostenible para el planeta.

La pareja viajera reconoce que, después del coronavirus, retomar los viajes como lo hacíamos antes será una tarea difícil porque el universo de 510 millones de kilómetros cuadrados se redujo, por un tiempo, a unos pocos kilómetros alrededor de donde vivimos.

En el futuro, nos moveremos de una manera diferente y Tony pronostica que no se volverá a ese turismo excesivo y a esa cantidad de aviones contaminantes. Por otro lado, saben que sus consejos quedarán desactualizados porque muchos lugares, debido a las crisis económicas derivadas de las cuarentenas, ya ni existirán. Maureen, por su parte, reconoce que detesta los aeropuertos, los considera estresantes y asegura que “el último destino siempre es mi favorito”.

Hoy la pareja divide su tiempo como pueden entre Londres y Melbourne, Australia, donde viven sus dos hijos y una nieta. Maureen, con 71 años, asegura que conocer a su marido ha sido lo mejor que le ha pasado en la vida.

Wheel en inglés significa rueda y wheeler es algo rodante. Los Wheeler han rodado toda su vida.

Nunca un apellido más certero.

Si tuviésemos que resumir en una sola línea su inspiradora historia podríamos escribir, sin temor a equivocarnos: “La pareja que persiguió su sueño y encontró la fortuna”.

spot_img

Artículos Relacionados

LAS MÁS LEIDAS