por: Max Murillo Mendoza
Después del descalabro del proceso de cambio, con sus terribles
colaterales de crisis económica, social, política y ética, sólo quedan
intuiciones de los posibles escenarios que nos queda para Bolivia.
Pues rehacer los tejidos sociales, recomponer nuevas utopías, como
nuevos derroteros llevarán bastante tiempo. Pero, sobre todo cambio en
las percepciones desde las coordenadas tradicionales, hasta encontrar
nuevas coordenadas con las nuevas generaciones.
El mundo también, con sus cambios tectónicos y brutales, de alguna
manera nos señala hacia dónde caminarán esos escenarios, desde siempre
aquellas influencias son importantes para las periferias, países como
nosotros. El mundo cambia vertiginosamente; nosotros no cambiamos
porque el endogenismo mental es una enfermedad histórica, muy poco
eficaz. Es creencia religiosa ante la ausencia de ideas reales y
objetivas.
La información que circula sobre nuestro país es abundante, desde las
crisis que no son novedades, hasta la ausencia de propuestas y
liderazgos que sean pistas de nuevos derroteros históricos. La enorme
cantidad de información en cambio no es garantía de análisis y
claridad sobre nuestro futuro. Lo poco que tenemos, respecto de los
tejidos sociales es débil. Totalmente fracturado, sin calidad de
discurso y sumido en la orfandad ideológica como política.
Sólo podemos acudir a la experiencia, aquella que en algo nos deja
huella para los análisis y las posibles salidas de este terrible
atolladero histórico. Si bien las amargas experiencias nos dejaron
hundidos, nos dejaron precisamente experiencias sociales y económicas
importantes. Por ejemplo, el final del llamado neoliberalismo.
Dicho sea de paso, como siempre, el neoliberalismo no fue invento
nuestro sino influencias fuertes y decisivas de lo que estaba
ocurriendo fuera de nuestras fronteras. El mundo industrializado del
capitalismo se ordenaba en casa, aprovechando el derrumbe del
socialismo real europeo, para imponer medidas económicas conservadoras
por todo el mundo. Por supuesto que esas olas mundiales tenían que
llegarnos.
El final de ese teatro fue pobreza y marginalidad social. Es decir,
crisis y necesidades de cambios también por todo el mundo. Entonces
llegó la ola de lo que se llamó el socialismo del siglo XXI. Una moda
muy bien hilvanada en los centros de poder, ciertamente como una
alternativa al neoliberalismo mundial que entraba en crisis.
Coincidiendo con las subidas de los precios internacionales de los
minerales, del petróleo y las materias primas en general. Aspecto
abundantemente estudiado. Impactos que se unieron a los inventos de
los antropólogos del sur, respecto de algunos datos de la
historiografía tradicional, sobre naciones y culturas como reservas
morales, ante la hecatombe de occidente.
Ese coctel fue aprovechado, hay que reconocer, de manera oportunista e
inteligente por las clases altas de izquierda en América Latina. En
Bolivia fue absolutamente elocuente y políticamente objetiva. Apoyados
por los servicios de inteligencia cubanos y venezolanos, se impusieron
durante casi veinte largos años.
Más allá de los avances sociales y reconocimientos de las culturas
ancestrales, es evidente el fracaso en el manejo político e
ideológico, pues ambos aspectos eran nomás protocolos tradicionales
que venían de la guerra fría. Y la guerra fría ya había terminado en
1990, con la caída del muro de Berlín. Ahí se derrumbaron dichos
protocolos político ideológicos. Esa miopía fue reemplazada con el
típico cuasi religioso militante, de las clases medias desplazadas del
poder por el neoliberalismo.
Pero, después del desastre viene la crisis y la inmensa pregunta: ¿Qué
hacemos ahora? Ordenar la casa no será tarea de alegres militantes.
Encontrar pistas para volver a despegar, tampoco será tarea de
aprendices de brujo ni visionarios trasnochados. Estamos en esa
pregunta. Vemos la profunda destrucción de los tejidos sociales, desde
los más humildes hasta los más altos. Presenciamos la ausencia total
de ética y moral en todas las clases sociales. El crecimiento de la
delincuencia y las economías paralelas, como el contrabando y
narcotráfico, es inmenso. Ante la ausencia de instituciones y Estado,
todo es posible hacia el mal y la destrucción. Además de la pérdida
total del principio de autoridad.
Por supuesto que no hay recetas históricas ni utopías doradas. Sólo
intuiciones desde las amargas experiencias de nuestra historia. Y lo
que pasamos en esta llamada transición es muy amargo. Pobreza inmensa
en nuestras calles, de niños, mujeres y ancianos. Pobreza inmensa que
tiene que golpearnos a la consciencia, a nuestra humanidad. Porque no
es justo que paguen siempre los mismos, de los fracasos de las modas
políticas: los más pobres y desamparados que siguen siendo millones y
millones.
Pero, pues, no nos queda otra. Tenemos que pararnos y volver a
caminar. Volver a soñar junto a las nuevas generaciones que son los
más golpeados y traicionados por tantos fracasos. Tenemos que
reconstruir nuestros tejidos sociales en las ciudades, en las
comunidades y en los grupos organizados laborales. En suma, tenemos
que volver a inventar utopías ojalá más allá de los protocolos ya
fracasados de la guerra fría.
Y si tiene sentido nuestra Patria, tiene sentido volver a empezar a
caminar. La pesadez del ser es parte de este largo caminar. Los
esfuerzos enormes y sobre humanos serán otra vez largos y
sacrificados. Si tiene sentido esta Patria, no nos equivoquemos otra
vez, porque son los más pobres y humildes los que siempre pagan las
equivocaciones.





