EDITORIAL: Cuando el fuego avanza, la irresponsabilidad queda al descubierto

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La advertencia estaba hecha. La temporada seca llegó y con ella regresó el peligro que cada año amenaza a nuestros bosques, comunidades y ciudades, los incendios forestales. Pero, como suele ocurrir en Bolivia, tuvimos que esperar a que las llamas aparezcan para recordar una realidad que todos conocemos, el fuego no perdona la improvisación ni la irresponsabilidad.

En Tarija, los incendios ya dejaron de ser una amenaza distante. Las llamas avanzaron desde zonas rurales hasta acercarse peligrosamente a los límites del área urbana, poniendo en riesgo viviendas, familias, animales y el patrimonio natural de nuestro departamento. Lo que ayer parecía un problema del campo, hoy toca las puertas de la ciudad y demuestra que nadie está al margen de sus consecuencias.

Es importante reconocer que existen incendios provocados por condiciones naturales, como las altas temperaturas, la sequedad del terreno y los fuertes vientos. Pero también es imposible ignorar una realidad que se repite año tras año, una gran parte de estos incendios tiene origen en la mano del hombre, principalmente por prácticas irresponsables como los chaqueos mal controlados, quemas sin autorización o acciones negligentes que terminan convirtiendo una chispa en una tragedia ambiental.

El sector productivo agropecuario cumple un papel fundamental en la economía y merece todo el respaldo cuando trabaja dentro de la legalidad y con responsabilidad. Pero ninguna actividad económica puede justificar poner en riesgo la vida de las personas, destruir bosques o comprometer el futuro de las próximas generaciones. La producción no está reñida con la conservación; al contrario, un verdadero desarrollo debe ser responsable y sostenible.

También corresponde una reflexión profunda para las autoridades. No basta con enviar equipos y personal cuando el incendio ya está fuera de control. La prevención debe ser permanente, con controles efectivos, educación ambiental, coordinación institucional y sanciones para quienes, por acción u omisión, provoquen daños que después debe asumir toda la sociedad.

No podemos seguir repitiendo el mismo ciclo, llega la época seca, aparecen los incendios, se movilizan bomberos y voluntarios, se cuentan las pérdidas, se clama por la solidaridad de la ciudadania, se refrenda la falta de recursos económicos, se sacan la foto y suben el video, y finalmente todo queda en promesas hasta el siguiente desastre. Esa lógica debe cambiar.

Hoy Tarija necesita menos discursos y más responsabilidad. Necesita ciudadanos conscientes, productores comprometidos y autoridades que actúen antes de que las llamas vuelvan a poner en peligro a la población.

El fuego que destruye nuestros bosques no solo consume vegetación; también quema nuestra capacidad de aprender de los errores. Cada incendio evitable es una señal de que como sociedad todavía tenemos una deuda pendiente con nuestra tierra.

Cuando el humo llega a las ciudades, ya es demasiado tarde para preguntarse quién encendió la primera llama. La verdadera responsabilidad está en evitar que esa llama exista.

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