En el valle tarijeño, el Castillo Azul se adueña de la admiración de la población y de los turistas ante su belleza arquitectónica, pero también del imaginario popular con relatos que sobreviven a sus moradores, visitantes y trabajadores, quienes narran presencias, espíritus y actividades paranormales que ya forman parte de esta majestuosa edificación, que data del siglo XIX.
Se cuenta que en el Castillo Azul los objetos se mueven solos, que hay ruidos semejantes a pasos y a carcajadas, puertas y ventanas que crujen al ser abiertas sin intervención. Que, en ocasiones, al cruzar la puerta de entrada, se eriza la piel y se hace un nudo en la garganta, y que, al igual que en una pesadilla, no puedes hablar ni gritar. Mientras más tiempo permanece el huésped, el ambiente se vuelve más pesado; los ladridos en las noches parecen no acabar, y se percibe la constante y escalofriante sensación de una compañía, de una presencia cercana que, sin embargo, no se puede ver en absoluto, solo se siente.
En el pasar del tiempo, los hechos se convierten en historias, las historias en leyendas y las leyendas en cuentos que sobreviven mediante las tradiciones orales.
El Castillo Azul: un cuento de terror
No pretendo que nadie crea la historia que voy a narrar. Sería tan insensato esperar fe de este testimonio como lo fue para mi socio esperar perdón del cielo. Pero la cuento como una historia más, porque en la mente humana existe una necesidad más poderosa que la verdad: la necesidad de creer y, en este caso, creer en el perdón de los pecados.
Don Moisés Navajas fue un hombre rico. Su casa principal, que los necios llamaban «Dorada», llegó a ser su jaula, una jaula reluciente de angustia. En determinados días de abundancia, y a altas horas de la noche, cuando la niebla se adhería a los adoquines como un sudario al cuerpo, en las puertas le esperaba un coche antiguo tirado por cuatro magníficos corceles; el más gallardo de ellos era llamado Muerte. El destino era una de sus quintas, forjada con tal belleza que su construcción y pintura aparentaba ser un reflejo de la asimetría de los cielos azules con el blanco de las nubes.
Allí se alzaba un jardín; se trataba del parque Zalles (hoy parque Bolívar), de una hermosura tan absoluta que resultaba monstruosa: las rosas parecían carecer de espinas, los árboles no dejaban caer sus hojas y el aire solía oler a tierra mojada.
Los testigos que se atrevían a seguirlo aseguraban que allí tenía una cita con un elegante y apuesto caballero. Afirmaban que ambos se reunían para hablar de negocios y acuñar monedas, y que esas noches se podía escuchar sin cesar el golpe del hueso de la taba al dejar huella, acompañado de carcajadas, como un contrapunto de un puño golpeando un ataúd por dentro, acallado por los sollozos de una madre.
Estas malas lenguas también cuentan que, entre las charlas escuchadas, el elegante caballero pedía como pago por sus servicios las monedas a ser “acunadas” por doña Esperanza, esposa de don Moisés.
Pronto, doña Esperanza quedó encinta, pero a los pocos meses, en una luna de horror, cayó de su vientre a las sábanas rojas “la primera casa”, que, no se diferenciaba de un saco viejo de monedas. Después de incontables jornadas, el llanto de la madre que no pudo ser, se convirtió en rezos. Estas plegarias retumbaban en los oídos de don Moisés como aquellas carcajadas del apuesto caballero que, en sus pensamientos, se convertían en palabras: «Todas las monedas acuñadas serán “acunadas” en el vientre de tu esposa».
Los días se volvieron meses y los meses, años. Dicen que el alma humana tiene límites, y que el cansancio por la cruz soportada obligó a la pareja a mendigar perdón. Como leprosos, fueron hacia la casa de los franciscanos; pensando que tal vez la filantropía les abra las puertas de la redención. Caminaron hasta que sus suelas desgastadas los llevaron a rendirse frente al Santo Padre de Roma. La pareja, al salir de la basílica, por fin, encontró paz al mirar al cielo.
Extrañamente, al volver a estas tierras chapacas, al llegar a su quinta, en el portal se encontraron con el elegante y apuesto caballero, que se dirigió a don Moisés como “mi querido socio”; y, al hacer una reverencia hacia doña Esperanza, notó que las pisadas del matrimonio no dejaban huella alguna. Como un último acto, se despidió con una carcajada que, según dicen, hasta las noches de hoy resuena por los aposentos de esa quinta, de ese Castillo Azul.





