Bolivia atraviesa un momento decisivo. Tras la contundente victoria electoral de Rodrigo Paz Pereira y el amplio respaldo ciudadano que lo acompañó durante todo el proceso electoral, el país depositó sus esperanzas en un liderazgo capaz de reconstruir instituciones, superar la confrontación y devolver estabilidad a un Estado exhausto por años de polarización. Sin embargo, para que ese proyecto de renovación avance con firmeza, es imprescindible que exista coherencia y disciplina en el primer círculo del poder.
En los últimos días, se han hecho evidentes las fricciones entre el presidente y su vicepresidente, Edman Lara. Diferencias personales, desentendimientos políticos y señales públicas contradictorias han comenzado a generar ruido en un momento en que la población exige unidad, claridad y trabajo conjunto. Todo gobernante sabe que los desaciertos en la cúpula terminan pagándose en la gestión, y Bolivia no está en condiciones de tolerar improvisaciones.
Es necesario decirlo con claridad, aunque toda relación política tiene dos orillas, las actitudes más desalineadas, intempestivas y carentes de responsabilidad institucional provienen del lado del vicepresidente. Lara debe recordar que el cargo que asumió no es un espacio para protagonismos individuales ni escenarios personales de conflicto. La vicepresidencia es una responsabilidad constitucional que demanda prudencia, madurez y sentido de Estado.
Rodrigo Paz ha dado señales de voluntad para encaminar el proyecto con serenidad y apertura, pero ese esfuerzo se verá limitado si su acompañante continúa enviando mensajes que descolocan no solo al nuevo gobierno, sino también a la ciudadanía que espera un rumbo firme y coherente. No se trata de coincidencias absolutas, sino de respeto al mandato popular.
Bolivia necesita que sus autoridades ordenen la casa para dar certidumbre de su gestión. La presidentalización de los conflictos internos es un lujo que el país no puede darse. Y si existe un actor que hoy debe rectificar comportamiento y alinearse a la responsabilidad institucional, ese actor es Lara.
Es momento de que ambos, presidente y vicepresidente, reconduzcan su relación y prioricen el interés nacional por encima de cualquier diferencia. El país que los eligió no votó por un proyecto dividido, sino por un liderazgo que recupere la estabilidad y trace un camino de unidad.





