LA RELIGIÓN COMO SALVACIÓN Y DESAFÍO

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por: Max Murillo Mendoza

Existen varias visiones y lecturas sobre las religiones, sean estas prehispánicas y también coloniales. Pues todas las culturas del mundo han producido y recreado religiones al calor de sus costumbres, imaginarios de sociedad y por supuesto miradas sobre la vida y sus deseos. En esta semana santa quisiera recrear algo sobre las lecturas de la Teología de la Liberación, que fue un intento interesante desde la religión católica, tradicional, hacia el compromiso por los más pobres, por los desamparados de este mundo, por los desheredados del mundo. Es decir, por los explotados.

Sin embargo, en estos tiempos convulsos y caóticos donde la crisis de los valores ha tocado fondo, hasta el desánimo mismo del ser, porque la corrupción del alma es la constante por todo lado. En el caso de la iglesia católica con los abusos a niños y niñas por todo el mundo. Que pone en tela de juicio toda la construcción teórica de la Fe, de los compromisos con la sociedad, de sus supuestos servicios a la sociedad.

Precisamente son los llamados valores, esos asuntos intangibles pero tan importantes como la vida misma, porque sin esos valores que son el resorte mismo de la estructura mental de las sociedades, para equilibrar y dar sentido a las acciones por el bien común. En contra de la crueldad, en contra de las injusticias, de los abusos y la impunidad. En estos tiempos llamamos a todo eso ética y moral. Quizás muy abstracto todavía; pero en sencillo aquellos pasos en función de lo correcto, del bien, de las cosas que ayudan a hacer de este mundo algo más justo, más digno.

La Teología de la Liberación fue una lectura materialista de la biblia, ciertamente con los instrumento de análisis que el marxismo otorgó a las ciencias sociales. Me quedo con las lecturas de las enseñanzas de aquel Cristo radical, con el sermón del Monte, con sus enseñanzas en contra de las creencias y costumbres, mediante leyes, de las oligarquías judías de su tiempo. Que por eso le condenaron a muerte, porque no soportaron un revolucionario que deseó dar esperanzas y paz a los más pobres, a las prostitutas, a los mendigos. No soportaron un revolucionario que criticó a los fariseos poderosos, a los poderosos de su tiempo. A los hipócritas del poder de aquellos tiempos y de todos los tiempos.

Enseñanzas que al parecer fueron enterradas por las burocracias eclesiales, durante los siglos, para construir un Cristo sin sentido: que perdona a explotados y explotadores; que sólo desea  rezos,  meditaciones totalmente alejadas de la realidad, desconectadas de la realidad. En definitiva, unas religiosidades abstractas que sólo encubrían a los poderes establecidos.

Por eso fue interesante ese gesto de la Teología de la Liberación, atacada y destruida desde los poderes del Vaticano, que rompió por un momento con la tradición milenaria del catolicismo. Que intentó crear una visión totalmente latinoamericana desde la teología, desde las realidades siempre convulsas e injustas socialmente de nuestro continente. En el tiempo se impusieron las élites conservadoras de la iglesia, con el apoyo militante del Vaticano para arrinconar a los teólogos por la liberación, también hubieron mujeres, y ordenaron desde arriba para terminar con los revolucionarios de la iglesia; con los que quisieron proponer otra manera de ver desde la iglesia las realidades injustas de nuestro continente.

Hoy lo que queda de ese intento es nada. Casi como el muro de Berlín, que cerró un capítulo de la historia mundial para el recuerdo y las reflexiones después. Aunque algunas iglesias, como en Brasil, sin han continuado sus derroteros en los barrios más pobres de ese país.

En esta semana santa, más que sólo contemplación abstracta y sin conexión con nuestras realidades, quisiera recordar a ese Cristo radical y desafiante. De un compromiso hasta la muerte misma por los más pobres y desposeídos de la historia. Aquellos que inundan nuestras calles pidiendo comida, o mujeres que en sus desesperaciones económicas y sociales tienen que acudir a la prostitución donde el mundo no tiene reglas y es la ley de la selva. En fin, fue ese Cristo que enseñó sin tapujos a denunciar las injusticias, sin medir nada y pedir nada a cambio. Que no fue un Cristo que sólo rezaba; sino que rezaba para pedir fuerzas a Dios en sus luchas cotidianas, contra todos los males del mundo. Pues eso mismo es compromiso y no discurso.

En esta semana santa recordar a tantos, como Cristo, herejes y combatientes en contra de las injusticias mundiales. Ellos deberían enseñarnos algo de compromiso, en tiempos y momentos corruptos e impunes. En momentos en que los jóvenes sólo aprenden lo malo de esta sociedad, porque lo malo es el ejemplo cotidiano en todos los aspectos. Y nadie denuncia las inmundicias humanas como lo denunciaba Cristo.

Las religiones pueden ser también instrumentos de liberación, si es que contienen personajes comprometidos con la realidad de su tiempo y su contexto. Con el llamado a ser los portadores de los cambios y las esperanzas de buenos tiempos. Eso mismo enseño aquel Cristo radical y comprometido con los más pobres del mundo.

                                                                                        La Paz, 28 de marzo de 2024

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