La increíble isla de Sark: sin autos, con pocos impuestos y dos magnates y un invasor solitario derrotados

Un señor feudal maneja una extensión de tierra a 50 kilómetros de la costa de Normandía. Algo normal en el medioevo pero no se trata de una imagen histórica sino de una del siglo XXI. En la isla de Sark (o Sercq según su denominación francesa), una de las llamadas Islas del Canal de la Mancha, hubo feudalismo hasta hace poco más de una década. Y sigue sin haber autos ni alumbrado público. Un pequeño punto en el mapa que parecía anclado en el pasado, como si todo el progreso circulara por al lado sin rozarlo.

La historia empezó mucho antes, hace casi quinientos años. La Reina Isabel I le cedió como feudo a perpetuidad esa isla a Herle de Carteret a cambio de 50 monedas. Además del pago, el señor debía asegurar la protección de la isla; impedir que los piratas la tomaran. De Carteret, flamante señor feudal, dividió la tierra en cuarenta parcelas y se las entregó a cuarenta hombres y sus familias que debían trabajarla y tenían la obligación de contribuir con la defensa de Sark. El señor además de cobrar un tributo, gozaba de ciertos beneficios. Era el que organizaba las fuerzas de control, nombraba algún funcionario si era necesario, y era el único que podía tener cerdos y perros.

Las normativas eran las habituales en el feudalismo, algo que no sorprendía en el Siglo XVI pero sí, y mucho, en el XXI.

Llegar a Sark no es sencillo. Según cuenta Olivier Machon en su libro Rarezas Geográficas “hay que pasar por Guernsey, la isla vecina, tomar un barco que sale cada tanto, y navegar entre corrientes durante una larga hora”. La superficie es de cinco kilómetros cuadrados. Sark está enmarcada por unos acantilados escarpados. Pero dentro el paisaje cambia. Es una mezcla de pueblo flamenco con algún suburbio parisino, todo en escala (muy) pequeña. Rige entre los habitantes la concordia. Y aquel espíritu inicial de ayuda mutua, de colaboración, pareció mantenerse incólume a través de los siglos. Su status jurídico es otra rareza. Si bien es propiedad de la Corona Británica, no pertenece ni al Reino Unido ni a la Comunidad Europea.

Los cuarenta tenedores de tierra iniciales fueron sucedidos por sus hijos y sus descendientes a lo largo de los siglos. El cargo de señor feudal se transmitió también hereditariamente (a excepción de dos crisis en las que fue vendido). El señor feudal de turno siguió pagando su cuota anual a la Corona para no perder sus beneficios. Las 50 monedas, por magia del paso del tiempo y de la falta de actualización, se transformaron en menos de dos Libras Esterlinas. Ese espíritu feudal y de solidaridad entre los habitantes hizo que más allá de unos tributos fijos y algunas cargas a los visitantes, Sark estuviera libre de impuestos. No se trató de algo deliberado, ni de un incentivo para seducir potentados o evasores aspiracionales. Sólo una consecuencia natural de su vida al costado del mundo.

Todo cambió en 2008. Los Hermanos Barclay hicieron su ingreso y el sistema de cinco siglos de antigüedad comenzó a tambalear. Los Barclay son multimillonarios (uno de ellos falleció el año pasado y fue reemplazado por su hijo). Mellizos, esquivos para la prensa, arbitrarios y extremadamente poderosos. Su emporio incluye el Hotel Ritz, empresas constructoras, de energía, varios diarios y revistas, y múltiples inversiones más. Se calcula que su fortuna supera los 7 mil millones de dólares.

Entres sus propiedades hay una que en un inventario pasaría desapercibida pero que es muy importante en esta historia. A mediados de los noventa, adquirieron una isla vecina a Sark y dependiente de ella, un satélite de nuestra tierra feudal, y allí construyeron un ostentoso castillo. Parecía tan sólo una excentricidad, o un lujo caro (que podían darse). Luego instalaron un hotel en Sark y múltiples negocios relacionados con el turismo. El primer choque con las familias que vivían casi detenidas en el tiempo, bajo el régimen feudal, fue cuando los millonarios llegaban a la isla en helicóptero. Alguien se quejó. Dedujo que pese al silencio de las normas locales sobre la navegación del espacio aéreo, al estar prohibidos los autos debían también estarlo los helicópteros. En Sark el transporte es en bicicletas y carruajes. Antes de que se dirimiera la cuestión, los Barclay atacaron de nuevo. Presentaron ante un tribunal europeo la inconstitucionalidad de las leyes sucesorias de la isla, que establecían que el heredero universal era el primogénito y los demás terminaban excluidos. Los hermanos Barclay dijeron que tenían varios hijos e hijas y que deseaban que todos recibieran lo mismo sin favorecer al mayor. La resolución de la Corte de Derechos Humanos de Londres fue favorable a ellos. El Señor Feudal de Sark aceptó la decisión. Supo que una época, que casi 450 años de historia se habían terminado.

Los Barclay mostraron que no estaban preocupados sólo por repartir equitativamente sus bienes entre sus hijos. Envalentonados por el éxito anterior, pusieron a un ejército de abogados a trabajar en una presentación ante el mismo tribunal para cambiar el sistema de gobierno. Los argumentos jurídicos, debe decirse, eran sólidos. Sólo había que presentarse ante los jueces y decir que Sark era un estado feudal para que los magistrados determinaran que se violaba el sistema democrático. El señor feudal entonces modificó el sistema político de su isla. Se creaba un órgano de gobierno, se eliminaban casi todos los beneficios vitalicios y además del señor, se establecía un senescal vitalicio y un consejo de 28 miembros (14 descendientes de los 40 habitantes originales, 14 elegidos por el voto). Con eso se quiso democratizar Sark. Pero hubo quejas por la función del senescal y su cargo de por vida, y por los 14 representantes de los fundadores. Los Barclay insistieron por un consejo totalmente elegido por el voto. Y lo consiguieron. Sólo subsistió el senescal al que se le terminó dando funciones casi protocolares. La Isla de Sark había dejado de ser un estado feudal, el último del planeta.

Pero los Barclay no estuvieron conformes. Quisieron tener el monopolio del poder en la isla. Ante las primeras elecciones quedó claro que la preocupación por las instituciones democráticas en abstracto no los desvelaban. Estaban seguros que eligiendo los candidatos adecuados, prometiendo mejoras, repartiendo beneficios arbitrarios y hasta sobornando a varios las autoridades de la isla, ahora democrática, responderían a ellos.

Pero en las elecciones sucedió lo que los Hermanos Barclay no habían previsto. Perdieron. No pudieron comprar la voluntad de unos pocos centenares de pobladores. No pudieron contra los cinco siglos de historia. Luego de superar la perplejidad, y de aceptar que el reino que creían haber encontrado, ese especie de paraíso, en cuanto al paisaje y a lo fiscal, no sería tan dócil como calculaban, pasaron a la fase de la venganza. Vendieron su viñedos y cerraron los hoteles y negocios de su propiedad. Quedaron 150 personas sin trabajo (sobre una población de 600 habitantes). La economía de Sark quedó destruida. Ya no era un estado feudal pero sus épocas de bonanza también parecían haber terminado. Los Barclay frustrados por no conseguir su objetivo trataron de dejar tierra arrasada; lo que ellos no podían dominar merecía ser destruido. Ante la falta de trabajo, muchos emigraron. La población se redujo en un tercio. Poco antes de que se desatara la pandemia, uno de los legisladores, Swen Lorenz, un alemán que llegó hace más de quince años, propuso un novedoso plan de incentivos para repoblar la isla. Hay diferentes categorías. Profesionales que se queden a vivir y a desarrollar su actividad allí; empresarios e inversores que aporten al menos 300.000 dólares de inversión; artistas y escritores que se radiquen. El plan de conscripción aclara los beneficios: no hay impuesto a las rentas, ni a las ganancias, ni IVA. Tampoco hay que declarar ingresos. Sólo pagar tarifas fijas según categorías predeterminadas. A los cinco años de residencia, se obtiene la ciudadanía completa. Y los habitantes de Sark agregan una característica más a la benevolencia impositiva; su pasaporte les permite vivir en cualquier lugar de Inglaterra.

En la pequeña isla hay alguna playa, aguas serenas, una ruta construida por prisioneras de guerra nazis, y paseos en carruajes. Pero la principal atracción es su cielo. De noche, debido a la nula polución lumínica, se divisan las estrellas de una manera diáfana. No hay autos, ni luces en las calles, ni carteles de neón. El cielo oscuro es perfecto para admirar los astros. Es uno de los lugares privilegiados del planeta para esta actividad. El observatorio de la isla es uno de sus grandes atractivos turísticos.

El Covid tardó en ingresar en Sark, recién a mediados de este año se reportaron los dos primeros casos.

En la isla hay una escuela, tres pubs en los que los pobladores toman por la tarde y dos policías que durante años sólo trabajaron orientando a los turistas perdidos, aunque en los últimos tiempos hubo un cambio importante.

En 1990, un físico francés desempleado llamado Andres Gardes desembarcó en la isla. Esa noche pegó carteles en las paredes de la calle principal anunciando que a la mañana siguiente tomaría el poder de Sark. Una invasión unipersonal. Bien temprano, cuando ya había amanecido, uno de los lugareños se acercó a él y elogió el arma que llevaba. Gardes con orgullo se la mostró y habló maravillas de su precisión. Era un ardid, inocente y algo obvio, pero suficiente para la calma de Sark. Gardes, distraído por la adulación, fue desarmado e inmovilizado. Lo juzgaron de inmediato y recibió una pena de siete días de prisión que cumplió en una de las dos celdas disponibles en el feudo. Al año siguiente, Gardes anunció su regreso pero ya avisados ni siquiera le permitieron ingresar.

Esa celda en la que pasó una semana el ingenuo invasor, durante décadas fue utilizada nada más para alojar a turistas que se perdieron el barco de regreso y se quedaron sin alojamiento, una especie de hotel incómodo, o para que los borrachines durmieran hasta que la mente se despejara.

Pero todo cambio hace unos años. Aquello que percibieron los Barclay, también lo vieron otros que aprovecharon la laxitud aduanera, las exenciones impositivas y la falta de sistemas informáticos sofisticados para introducir drogas y contrabandear productos. El delito y los problemas se hicieron más frecuentes. En cinco años hubo más crímenes y delitos que en varios siglos. El desafío para las autoridades democráticas es conseguir nuevos habitantes, reflotar el turismo y generar leyes y controles que impiden que esa tierra con una gran (y simpática) historia se convierte en guarida y coartada de criminales y pícaros.

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