La impunidad es el sello más histórico de nuestras realidades en América Latina. Ciertamente la historia de la violencia en Colombia es atroz. Viven desde hace 70 años unos grados de violencia brutales, de las que no salen porque las mezclas de la política, de los poderosos intereses guerrilleros, oligárquicos y los aparatos represivos del Estado, hacen un coctel molotov muy colombiano. Pero eso mismo vivimos todos los días a lo largo y ancho de nuestra América Latina. Porque es tan violento la ausencia de justicia; la ausencia de institucionalidad y la ausencia de Estado por estos lados, que es un desangre inhumano, como lo es un enfrentamiento que vemos en Colombia. No es lo mismo; pero es igual. La lógica de impunidad en nuestros países, es definitivamente la herencia colonial que nunca desapareció en nuestras historias.
La sangre por supuesto trae escándalo en la prensa. Es hipocresía también. Es venta de información: crónica roja. Sin embargo, todos los santos días tenemos secuestros, asesinatos en masa, como en estos días en Brasil, feminicidios e infanticidios que ya no son noticia, sino costumbre casi cultural. Al final, esa chorrera de sangre cotidiana, ya no son noticias con el tiempo, porque la prensa en general debe buscar notas que se vendan, pues la costumbre aburre y no se vende. Todos los días somos testigos del grado brutal de la impunidad en la justicia, en las instituciones estatales, en las calles donde la gente anda estresada por tanta crisis e irracionalidad política.
América Latina es el continente por excelencia de la impunidad total. Las leyes son sólo adornos de los Estados que no son Estados. O excusas para más impunidad de los poderosos, de los aprendices de poderosos, de los vasallos de poderosos, de los ilustres corruptos. América Latina es el sembradío de las experiencias políticas, todas importadas de experimentos ideológicos ya fracasados; que encuentran semillas en este continente de la impunidad total.
Se dice también, quizás como reivindicación social ante tanta impunidad, que morir es una manera de triunfar. Pues los asesinatos de gente valiosa, como en Colombia, es otra receta muy latinoamericana. En suma, pues, la muerte desde siempre rodea y envuelve por todo lado a nuestras historias. Las masacres o los relatos de impunidad en la economía de la sangre, son parte constitutiva de nuestras historias políticas, de nuestras historias regionales. Y nadie sabe quién dio la orden. En estas historias nadie sabe quién es el asesino; los que aprietan el gatillo tienen esa excusa perfecta. En Colombia mueren por miles todos los años, sólo en causas sociales y políticas, e increíblemente nunca se sabe quiénes dieron las órdenes de los crímenes.
Las Naciones Unidas y toda esa laya de instituciones internacionales, no sirven para nada en estos acontecimientos. Esos personajes están tan lejanos, con sus sueldos jugosos y sus discursos elegantes, que sólo sirven para más matanzas y asesinatos en América Latina. Por aquí, en estos lados del mundo, se hace justicia por propia mano. Las leyes internacionales jamás hicieron algo en justicia; sus burócratas son simples mensajeros de las buenas intenciones en aquellos bonitos pasillos de la hipocresía mundial.
Así la repartición del mundo no ha cambiado en nada desde el siglo XVI, cuando el nacimiento de la modernidad, del capitalismo y de la diplomacia occidental simplemente dibujaron para que los dueños del poder vivan felices, alejados del sur o de los vasallos sin civilización ni buenas costumbres y matándose como se matan hasta hoy. Colombia es el reflejo de esa repartición mundial, donde la justicia es apenas un simulacro o eco hueco de los discursos elegantes e hipócritas del norte.
Lo cotidiano del vivir latinoamericano es violencia, impunidad, inseguridad jurídica y social, adornado de instituciones sin sentido ni sostenibilidad. Lo cotidiano de lo latino es cruzar el azar entre las balas de la violencia social, jurídica y estatal. Cotidiano que con los años y siglos es parte de la convivencia civilizada en todo el continente latino.
Dirán algunos optimistas, que nuestro continente no sólo es violencia sino bellas cosas también. Claro que sí; y si no fueran por cosas positivas realmente sería el infierno en la tierra. En todo caso a no dudar que lamentablemente vivimos rodeados de violencia micro y macro, desde las familias hasta las calles. Desde cualquier oficina de ratonera, hasta las más altas esferas de los Estados. La violencia es la marca registrada de nuestros países, como forma de hacer política y como forma de convivencia cultural también.
Lo que acontece en Colombia sólo es la carátula del grueso libro de la historia de la violencia en América Latina, donde la impunidad está garantizada para los asesinos, para los corruptos y los sistemas políticos, sean estos de cualquier signo ideológico no tiene la menor importancia. La experiencia y la historia nos han mostrado todo eso con absoluta claridad.
por: Max Murillo Mendoza





