EL BICENTENARIO COMO HORA CÍVICA TRADICIONAL

La historia tradicional ha condenado a todos los actos trascendentales, a simples actos de hora cívica tradicional, aburridas y contra toda lógica pedagógica, donde los estudiantes son torturados horas y horas con discursos amargos y otra vez aburridos, sin sentido alguno. Y donde las burocracias son las únicas que festejan en sendas borracheras romanas, sin saber siquiera el sentido de esos hechos. Me temo que el bicentenario sea otro acto más de la historia tradicional, escenario de las mentiras de los asesinos y vencedores, que son los que en general escriben la historia. Volverán a narran sus puntos de vista de la supuesta independencia nacional.

 

Si bien hubo un enorme descontento popular contra la colonia, incluso con guerrillas de por medio y brillantes comandantes como el Tambor Vargas, nunca se ha dilucidado con certezas históricas que realmente tuvimos independencia. De hecho Bolivia estuvo en la cola del furgón en esos acontecimientos de las llamadas independencias en la región. La firma de unos papeles, como tantos en nuestra historia que repletan edificios enteros, no significan que los hechos sean precisamente confirmados con los acontecimientos posteriores. En esa línea tenemos un montón de constituciones del Estado que nadie respeta en absoluto.

 

Probablemente Bolivia no tuvo independencia, sino sólo repercusiones de los acontecimientos en la región. Es decir, ni modo, había que crear a la fuerza algo en Charcas porque de alguna manera el imperio español se derrumbaba en estos lugares. Porque los acontecimientos posteriores nos indican con meridiana claridad, que se mantuvieron los privilegios de los colonizadores, después gobernantes de la república; se mantuvieron y se reforzaron los sistemas de explotación y esclavismo, contra los indígenas y contra todo lo popular. Estructuralmente nada cambió, no se modificó el llamado Estado, fue la continuidad total de las estructuras coloniales hasta mediados del siglo XX.

 

La llamada independencia cae por su propio peso. Sólo fue excusa para los nuevos amos, para los gobernantes coloniales que tuvieron que tener razones, de Estado, para adueñarse de los territorios charqueños. Así justificar matanzas y masacres, que desde el Estado están justificadas pues las excusas sobran. Sin embargo, el bicentenario puede ser una buena razón para dilucidar por fin, si es que tuvimos independencia. Volver a rebobinar nuestros cerebros y volver a mirar ese pasado a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Ciertamente nada está aclarado, sino las repeticiones de siempre de la historia tradicional.

 

En ese sentido, el bicentenario podemos convertir en unos actos de preguntas, de reflexiones sobre el sentido de este país, en unos momentos de recordatorio para profundizar de mejor manera nuestras investigaciones historiográficas. Fuera de toda frivolidad y recordatorio superficial de hora cívica que será la historia tradicional.

 

Porque es necesario profundizar nuestras preguntas más importantes. Respondernos los porqués de ser siempre el país más pobre  del continente, más desordenado y caótico. El país más impune y sin ley alguna de todo el continente. El país que nunca sale bien aun teniendo coyunturas importantes y favorables económicamente. Hoy nos encontramos tan pobres como antes de los años 80 del anterior siglo.

 

Preguntas donde a estas alturas ya no soportan las excusas triviales y vulgares de culpar, de todo, a los fantasmas del imperialismo. Fantasmas que están hasta en la sopa de la izquierda tradicional jailona y colonial. Preguntas que requieren serios fundamentos para seguir en algún derrotero con sentido de país. Preguntas que deben alimentar los contenidos de las nuevas generaciones, que están recibiendo sólo maltrato y desprestigio de la política real.

 

El bicentenario, si es que es real, al menos debería conducirnos a formularnos consultas sobre la posibilidad de existir a pesar del desorden y la ausencia de institucionalidad. Sabemos demasiado bien sobre el fracaso de la república, sobre todo de quiénes se encargaron de ser fracaso a su turno. Todas las ideologías fracasaron y fueron absolutamente inútiles en la conducción, en la creación de algún Estado posible, en la consolidación de alguna institucionalidad posible. Festejar algún “bicentenario” sería no sólo ridículo sino un insulto a miles y miles de compatriotas sacrificados, inmolados o masacrados, sólo por buscar algo de justicia, algo de verdad en tanto desastre de la historia de la supuesta independencia.

 

En todo caso nos dirigimos inexorablemente a cumplir doscientos años de la supuesta independencia. En momentos donde hay más preguntas que respuestas, a tanto desastre organizado, a tanta miseria y pobreza generalizada, con clases altas sin rumbo ni norte alguno en estos territorios; también con sectores populares que tomaron las riendas del poder sin resortes de ningún tipo en temas de Estado. Simplemente en respuesta a la inutilidad de las clases altas y medias.

 

Bicentenario que espero no pase desapercibido hacia los problemas estructurales de Bolivia, bicentenario que no se convierta en una hora cívica más de la historia tradicional, con tontos desfiles y discursos para el recuerdo de unos cuantos vividores, sobre los inmensos cementerios de sacrificados precisamente en nombre de la supuesta independencia y patria, que hasta hoy no existen sino para los cuentistas de la historia tradicional.

 

 

por: Max Murillo Mendoza 

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