MAX MURILLO MENDOZA LA HISTORIA ES UN COMPLEJO CAMPO DE BATALLA
lunes, 8 abril 2019 - 06:00 AM - La Voz de Tarija
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La historia es un campo de batalla en el espacio del pasado, donde las disputas son a muerte porque se enfrentan maneras de ver el mundo, mentalidades distintas, ideologías distintas, imaginarios absolutamente distintos, de clases sociales, de castas. Por supuesto de intereses oscuros y también de sueños. Actualmente quiénes se ocupan de este oficio, en la mayoría de los casos, no tienen las condiciones, porque probablemente no tuvieron más posibilidades profesionales en la vida, pues se nota en los resultados. En Bolivia hay colchones que salvan la sobrevivencia de las condiciones estructurales. El magisterio o profesorado es uno de esos colchones: en última instancia salva la sobrevivencia, ante el fracaso de las demás posibilidades. Se es profesor por necesidad, no por vocación o pasión. La ocupación por la historia es bastante parecida. Lamentablemente los resultados son demasiado evidentes, en la calidad y en las perspectivas de la ciencia como promesa.

En países como Bolivia este  campo de batalla que es la historia, es impresionantemente notable, a flor de piel. Las élites saben que es un espacio que no deben perder, por lo que siguen siendo dueños de los espacios de aprendizaje o enseñanza. Las mañas son desde siempre las mismas, con estrategias distintas en las distintas épocas pero las mismas. Las cadenas de investigaciones, becas o posibilidades de información actualizada recorren esos mismos ambientes mentales de clases y castas sociales: el poder del conocimiento del pasado y el control de esos mecanismos de interpretación.

En un país como Bolivia donde todo cambia, para que nada cambie pues el pasado es en primer lugar el espacio donde todo tiene que cambiar. Los libros de historia nunca han servido como herramientas de reconocimiento de nuestras realidades, de nuestras mentalidades, de nuestras potencialidades y, claro cómo no, de nuestras miserias también.  A lo sumo los libros de historia siguen siendo las colecciones de unas cuantas bibliotecas, de unas cuantas personas dizque cultas, para demostrar a unas cuantas personas del entorno.  Nunca sirvieron como reales instrumentos de reflexión colectiva, para cambiar el desastre de los siglos pasados. Las instituciones jamás utilizan libros de historia para construir sus estrategias de desarrollo, o culturales, etc. En todo caso tampoco tenemos investigaciones para esas estrategias, o para políticas de Estado en transporte, educación, salud o producción.

Cierto que la historia no sólo es desarrollo o gestión institucional. Es más que todo eso porque abarca aspectos globales del pasado, como sociedades y sus estructuras, sus herencias culturales como de sus imposiciones a otras sociedades. En Bolivia donde las élites de la historiografía no tienen idea de a dónde debemos caminar, por tanto no tienen idea de qué tratamientos tenemos que tener para cambiar el pasado, pues identidad es ante todo autoestima histórica y reconocimiento absoluto de nuestros ancestros, de nuestro pasado real. Es decir, de nuestros patrimonios espirituales por los que vale la pena dar la vida y los sacrificios, sueños. Actualmente nadie daría la vida por los himnos impuestos y de memoria, o por los cuentos oligárquicos que ni ellos mismos se creen.

Las escuelas y los colegios e incluso las universidades son la correa de transmisión más poderosa de la historia tradicional. De ese pasado que no ha sido cierto, sino interpretaciones de unas castas poderosas, que miran el pasado desde sus intereses y perspectivas para el dominio de los recursos naturales, en ese capitalismo salvaje como instrumento de enriquecimiento clásico desde el siglo XIX. El poder de la historia tradicional desde siempre tiene de rehenes a las escuelas, colegios y universidades. Se cantan himnos sin saber de qué se trata y están llenos de homenajes incluso a extranjeros de poca monta. Ni qué decir de horas cívicas tontas y aburridas, de trajes formales coloniales y palabras y palabras vacías. Nunca hay horas cívicas de los cientos de masacres a indios, campesinos y obreros de las minas y las ciudades. No hay horas cívicas para el Tambor Vargas, o las mujeres de miles de mineros y campesinos que se quedaron en la retaguardia económica, con los hijos a cuestas mientras los maridos estaban presos, exiliados o en la clandestinidad. En definitiva no hay horas cívicas para nuestras historias verdaderas, de nuestras visiones e imaginarios que devienen desde hace miles de años.

En Bolivia el pasado es presente. Los problemas y traumas que tenemos, están en el pasado. Mientras no resolvamos esos problemas en el pasado, no los resolveremos en el presente. Es decir, mientras no leamos e interpretemos correcta y coherentemente el pasado, seguiremos nomás con las mismas taras y miserias como la repetición escolástica de las instituciones estatales patrimonialistas y republicanas. Mientras sigamos con el rito de encubrir las mentiras de la historia tradicional, seguiremos nomás lamentándonos por los siglos de los siglos de nuestras desgracias. Y ojo, son las clases altas las culpables de ese desconocimiento rotundo de nuestras historias. Nada democráticas y totalitarias desde siempre. Nada liberales y pigmentocráticas desde siempre.

Sí, la historia es probablemente el campo de batalla más importante en nuestro caso. Los historiadores tenemos que acudir a ese llamado no para derramar más sangre, sino las respuestas a tantas preguntas del presente. Pero eso es rajarse y sacrificarse en aras de la investigación y la ciencia. Ojalá, ojalá con las nuevas generaciones porque las presentes y pasadas son un rotundo fracaso. Duele decirlo pero es tan cierto como la ley de la gravedad.

por: Max Murillo Mendoza

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