LOS DERRUMBES DE LOS SOCIALISMOS REALES

Octavio Paz, con su enorme estatura intelectual, reflexionó en uno de sus clásicos libros titulado Tiempo Nublado, en 1980, sobre las experiencias de los Socialismos Reales. En ese libro predijo con asombrosa exactitud la caída de esos regímenes, que en nada se parecían a sus bellos libros teóricos, sino cualquier cosa cercana a cárceles y campos de concentración monstruosas, en nombre del proletariado y la revolución. Analizó con finura de detalle la corrupción de los jerarcas de esos sistemas, que preferían visitar prostíbulos caros en occidente a velar por sus ciudadanos, que literalmente pasaban penurias cotidianas con los alimentos, con la luz y el agua. Sociedades que paradójicamente habían desarrollado industrias modernas en armas y satélites espaciales; pero que no habían resuelto en nada las básicas demandas de sus sociedades, en cuanto a comida, medicina, vivienda, salud y algo de distracciones cotidianas. Todavía peor, aquellos Estados eran campos de concentración donde “traidores”, “desviados ideológicos”, “pequeños burgueses” y “espías contra revolucionarios” eran la mayoría de los habitantes, sumidos a controles totalitarios mediante agentes especiales, encargados de cuidar al Estado.

Es cierto también que la mayoría de los países socialistas centrales europeos, fueron socialistas a punta de pistola y tanques de ocupación soviética, después de la segunda guerra mundial. Eran revoluciones impuestas por la fuerza bruta. En todo caso, en la línea de Octavio Paz, aquellos socialismos reales no resolvieron los problemas de sus sociedades. Las promesas de paraísos terrenales socialistas, eran en realidad penosos sistemas carcelarios y totalitarios, donde apenas se conseguía alimentos para sobrevivir, y los mercados negros siempre fueron negocios turbios para los jerarcas y burócratas del sistema. Los discursos revolucionarios servían sólo para justificar a los mandarines de esos Estados, que cuanto más rojos tenían más premios en las cúpulas del estado mayor. Era tan cierto también que habían perdido la competencia económica y científica con el occidente capitalista, a quiénes culpaban de todos sus errores internos y de sus tragedias políticas.

Los desaciertos económicos, políticos y sociales eran la panacea de todos los años, encubiertos artificialmente por la potencia soviética mediante subsidios multimillonarios que después le costarán muy caro a la propia Unión Soviética. Desaciertos insostenibles, como lo analiza Octavio Paz, que se derrumbarían poco después. Desaciertos internos, de errores de concepción económica y ortodoxia casi inexplicable, junto a la corrupción generalizada de las cúpulas y jerarquías comunistas que vivían como reyes capitalistas, de espaldas a sus pueblos y bases sociales. Y pues el mundo asistió al derrumbe de esos procesos políticos, a partir de 1990, en unos casos con sangre y en otros más bien de manera pacífica.

La cuestión sigue siendo tema de discusión cuando en este milenio se sigue intentando, como si fuera nuevo, ese modelo socialista que fracasó rotundamente en los países centrales europeos. Las razones pueden ser diversas, como las complejidades de todas las realidades; pero eso no es todo cuando dicho fracaso es generalizado. Aquí la excusa del imperialismo es trivial como absurdo: ver fantasmas como excusa a los propios fracasos internos. Fracasos que han sido investigados y escritos en su tiempo; pero que al parecer no han sido aprendidos y asimilados de manera coherente y rentable, por las clases altas y medias tercermundistas que son las que más han sido enamoradas y embrujadas por los socialismos reales. Y son estas clases las que empujan a experimentos exóticos a las clases más pobres de sus países.

Las lecciones de los fracasos de los socialismos reales son absolutamente contundentes: nunca pudieron resolver ni siquiera los problemas básicos de sus sociedades. Las penurias cotidianas eran el pan del día, durante décadas. Los partidos únicos, que eran los comunistas o socialistas, estaban desde siempre sumidos en las más degradantes y denigrantes corrupciones morales, éticas y económicas, manteniendo a sus sociedades bajo controles policiacos violentos, totalitarios e incluso criminales. Así, las perspectivas de aquellas sociedades eran sombrías como catastróficas, sin futuro alguno y sin sueños posibles como sociedad, como colectivos y derroteros poéticos al menos. Ciertamente no eran sostenibles ni justificables por ningún lado, ni para vertientes de análisis básicos. No tuvieron sentido alguno desde las explicaciones ontológicas; peor desde las filosóficas e históricas. Estas experiencias fueron alternativas sólo en el discurso y en los libros. Las realidades, en lo real, fueron totalmente contrarias a sus sustentos teóricos, a sus cánticos de sirena.

Hoy cuando también constatamos que el capitalismo salvaje, asumido hasta la médula por países como China, dizque comunista, destruyen el mundo, la deshumanizan al extremo y la llevan a abismos preocupantes, junto a los fracasos de los socialismos de todo tipo y estirpe occidentales, pues nos dan la oportunidad de regresar a nuestros orígenes. A nuestros sistemas sostenibles por miles y miles de años, hoy olvidados y enterrados por las modas socialistas y capitalistas occidentales. Modas que ya duran siglos. Siglos de fracasos de ambos sistemas, que sólo han producido mundos en guerras, sumidos en pobreza y miseria de miles de millones de seres humanos, con el engaño de riqueza y acumulación desmedida capitalista y socialista; en la degradación humana más infeliz y en constantes crisis mundiales. Capitalismos y socialismos que sólo producen valles de lágrimas en la tierra, sin ninguna perspectiva humana, social ni poética terrenal.

Es la oportunidad de dar el salto. De generar nuestros propios derroteros, a partir de nuestros orígenes, de nuestras propias visiones del mundo y la vida. No tiene ya sentido creer en esos payasos y corruptos jerarcas de esos sistemas. Mejor saltar al vacío de la creatividad, de nuestros propios sueños culturales y de naciones propias: con sentido propio. ¿Qué sentido tiene seguir sistemas fracasados y antihumanos?

por: Max Murillo Mendoza

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