por: Max Murillo Mendoza
Para el gran maestro de historia Josep Barnadas, politiquería era
igual a política real. Lo decía siempre que tenía la oportunidad. Creo
que todavía hay que hacer el esfuerzo de separar ambas cosas, a pesar
de estos tiempos en donde, cierto, la devaluación de la política es
evidente. Sobre todo, en estos últimos años en Bolivia, donde se ha
confundido totalmente las percepciones entre lo político, con todos
sus insumos y conceptos, con todo lo demás que podemos llamar
politiquería.
El ejemplo más claro de esto es el personaje Nilton Condori. Un
profesor rural que no conoce ni de cerca las realidades de este país;
pero, él cree que es un sabio de nuestras realidades. Sus
declaraciones son realmente poco cercanas a las ciencias de la
política. Todavía peor: sus burdas y obscenas opiniones de los
acontecimientos y hechos de coyuntura, simplemente dejan con toda
claridad su ignorancia y poco esfuerzo por mejorar sus entrenamientos
básicos de la política.
Pero, no es raro dicho comportamiento. Es la continuidad de todos
estos años, donde a nombre de lo popular se ha romantizado cualquier
burdo aspecto, que muchas veces simplemente rayaba en lo
delincuencial; encubierto y justificado como protesta legítima.
Está claro que varias veces, hay reacciones de colectivos o grupos
sociales que ante alguna injusticia social, brotan cuando no son
escuchados en sus reclamos. Legítimamente tienen la palabra y la
protesta frente a la injusticia. Muchas veces es la única manera de
hacerse escuchar en sus reclamos.
Sin embargo, es totalmente distinto cuando algún aprendiz de caudillo
cree que ha llegado su hora de ser salvador, empezando su cruzada
evangélica para proclamarse a sí mismo como el ungido por las masas,
diciendo cualquier barbaridad que será seguida ciegamente por los
explotados y vilipendiados de la historia. De hecho, demasiados creen
que tienen este destino caudillista porque no necesitan mayores
insumos de las exigencias políticas, sino sólo ser brutales y
resentidos para ser escuchados.
Lamentablemente se ha deslizado este comportamiento también en las
clases medias y altas. Pues comentaristas de redes sociales, o quiénes
tienen acceso a las tecnologías de comunicación, se consideran otros
evangélicos que llevan las respuestas que necesitan las masas
sufridas. Ese virus brutal del caudillismo ha sembrado una pésima
costumbre en las venas de la política boliviana. Sus consecuencias son
catastróficas como letales.
Por todo el mundo se está debatiendo para recuperar el espíritu de la
política. Aquella que todavía está en los conceptos académicos, o en
las experiencias donde ha sido positiva a lo largo de la historia.
Felizmente existen ejemplos de políticos ejemplares, como Mujica o
Mandela. En todos los signos ideológicos han existido los ejemplares.
Pero lo que más abunda es pues lo brutal, lo extravagante y ordinario
o simplemente caudillo.
En esta transición histórica del mundo, se espera que vengan días
mejores para la política. Aquella de la justicia social en primer
lugar, con los líderes en mayúscula que sean capaces de leer
correctamente las demandas de un país. En todo el mundo se esperan
cambios positivos, respecto de la política, después de la debacle y
devaluación que hemos tenido estos años.
La calidad de los políticos, responden a coyunturas donde coinciden
factores importantes, como procesos educativos, equipos de trabajo
altamente competitivos, aprendizajes de los procesos políticos
sistematizados e investigados en centros académicos o al menos en
centros políticos, donde además se forman líderes más exigentes con
sus coyunturas y pueblos.
Rescatar esos factores o incidir en que se cumplan, ayudaría en mucho
a la generación de liderazgos y políticos realmente calificados,
realmente comprometidos con las lógicas de las coyunturas propias, no
inventadas en otras realidades históricas.
Por supuesto que vencer y volcar la página de las actuales
circunstancias, costará muchos años de inversiones en aquellos
factores claves. Hoy seguirán pululando los caudillos analfabetos
funcionales, como Nilton Condori, que creen en las recetas evangélicas
del azar, donde el reino del desconocimiento de lo más básico de los
protocolos de la política es evidente, además del desconocimiento de
las ciencias sociales más básicas.
La enorme necesidad de formar nuevos cuadros políticos, para las
actuales circunstancias y coyunturas cada vez más complejas, de
Bolivia y el mundo, es un grito a voces. Porque todo cambio de época o
era, es también un cambio de liderazgos y visiones distintas para
otras utopías y sueños. Lo que tenemos en general hoy es deprimente y
por demás ya pasado de moda, obsoleto y pues costumbrista en el pésimo
sentido.
Rescatar las raíces de la política, como servicio patriótico y
redentorismo de las demandas sociales, es un imperativo categórico. Y
eso no es magia o sólo deseo ingenuo. Tiene que ser un empuje de las
necesidades de estas coyunturas, de bulla y agobiante ignorancia
caudillista. Es una época con ansias de cambios, de nuevos derroteros
para nuestra Patria, con líderes que expresen los reales sentimientos
del espíritu nacional.
Definitivamente, existe diferencia entre politiquería y política. En
ambos casos los insumos son distintos entre lo destructivo de uno, la
politiquería; y lo constructivo en la posibilidad de la política.





