por: Carlos Armando Cardozo Lozada
La satisfacción de haber vencido al sistema. El logro individual de conocer las puertas traseras de un sistema poroso y altamente corruptible. El rechazo a la modernidad no obedece a factores inherentes al nuevo sistema propuesto, sino a la certeza de que esa satisfacción superficial que da aires de superioridad ante sus pares desaparece, dejándole en el punto de partida: la mediocridad irremediable.
El status quo es confundido con costumbre, y esta a su vez puede elevarse a tradición. El problema no radica en quienes la practican, el problema redunda en aquellas personas impedidas de avanzar más allá de sus límites.
Un claro ejemplo de esto son los flujos migratorios, porque más vale salir del enceguecido ambiente que sofoca las más brillantes mentes que respirar ese aire enrarecido y rancio por tanto tiempo que termina por contaminar y enfermar esas pocas voces disonantes que desafinan entre la turba amenazada por sus prejuicios y acallada por el sistema que dice representar su identidad. El progreso es inevitable para los individuos convencidos de su naturaleza, sin temor a dejar de pertenecer.
La mentalidad de enjambre, por citar un ejemplo, hace que cada «unidad» contribuya a la fortaleza del conjunto. Las abejas actúan en conjunto para protegerse, producir alimento, reproducirse y prosperar. Curioso que el ser humano —y más uno en un espacio tan pequeño de territorio, aparentemente alejado de las dinámicas del mundo— use ese mismo comportamiento de enjambre como una excusa para exorcizar sus prácticas cavernosas.
El alcohol, la fe, la devoción, la familia se revuelven en una mezcla por demás siniestra que se hace llamar tradición. Detrás de esta bandera, los actos más repulsivos y grotescos encuentran su hogar sagrado, su espacio inmaculado alejado de todo cuestionamiento. Es irónico (curioso) cómo la tradición puede llegar a ser consumida con mayor fervor por sus practicantes que por aquellos foráneos que podrían tener un interés legítimo en pagar por ello para tener la experiencia.
Ese nivel de consumo nubla los sentidos de un pueblo ebrio de superioridad, inmuto ante su comportamiento totalmente ajeno a la realidad. Una audaz ciudadanía que reposa cómodamente en el regazo de las instituciones que tiemblan en la sola idea de levantarse el peso de encima y poner en el suelo firme a toda una caterva de individuos incapaces de verse ante el espejo.
ECONOMISTA
MIEMBRO FUNDADOR DE FUNDACIÓN LOZANÍA





