Durante la campaña electoral, los políticos desfilaron por calles, plazas y medios de comunicación rogándonos el voto. Con sonrisas ensayadas y promesas generosas, apelaron a nuestra esperanza, a nuestro hartazgo, a nuestro deseo de un país o ciudad mejor. Nos aseguraron que nos escuchaban, que nos entendían, que esta vez todo sería distinto.
Pero pasada la elección, los discursos se apagan, las caravanas se disuelven y los electores volvemos a ser lo que siempre fuimos para muchos de ellos: un trámite. Ya no hay urgencia por escuchar, ni prisa alguna por cumplir. Las promesas se diluyen en tecnicismos, los compromisos se relativizan y el poder -que olvidan es efimero-, una vez alcanzado, comienza a ejercerse como si no sé debiera a nadie y nos hicieran un favor de estar en el cargo.
Es hora de recordarles a quienes hoy ocupan cargos públicos que ese poder no es propio, sino delegado. Que no llegaron por méritos profesionales o divinos, sino por la voluntad popular. Que el voto no fue un cheque en blanco, sino un contrato social con cláusulas claras: servir al pueblo, rendir cuentas y sobre todo cumplir lo prometido.
La democracia no termina en las urnas. Comienza allí. Y si los políticos nos rogaron el voto, es justo que ahora nos escuchen con la misma vehemencia. Porque si una sociedad se cansa de promesas vacías, también puede aprender a exigir resultados. Y más aún, a castigar el olvido y no importismo con el mismo poder con el que premió las palabras: el voto.





