HACIA EL BICENTENARIO COMO BALANCE

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por: Max Murillo Mendoza

Estamos a pocos meses del bicentenario. No hay mucho entusiasmo en la ciudadanía, de hecho los jóvenes en general ni siquiera saben el significado primario. Da la impresión de que será un acto más, del montón, como recordatorio de alguna fecha o algo así respecto de la llamada independencia de Bolivia. En todo caso, tendremos que recordarlo pues de todos modos habrá actos al respecto.

El abanico de posibilidades es amplio, incluso gigante para la creatividad, porque podría ser una oportunidad para desplegar reflexiones en todos los campos posibles. Y para todos los grupos políticos posibles. Ya que no sabemos ni tenemos certezas reales en campos conocidos, como la economía o en temas de Estado, ayudaría en mucho para tomar consciencia de nuestra real situación.

Como en cualquier balance serio y objetivo, sería interesante sacar una fotografía de nuestra realidad. De los buenos y malos resultados. Porque a pesar de nuestros avances y conquistas, tenemos también tragedias y retrocesos. Incluso pésimos resultados, en los que hay que trabajar a fondo con las generaciones jóvenes.

Lo cierto es que, desde mi perspectiva humilde, el mundo sigue dividiéndose entre los más avanzados industrialmente, científicamente, y los que más se quedan en la cuneta y la periferia de la historia. Es decir, los atrasados en todo. Los que no salen del siglo XIX, en lo mental como instrumental. Ese esquema, ni modo, se nos ha implantado hace siglos quiénes son los dueños de las patentes del modelo capitalista industrial mercantil. Lo demás es discurso.

En Bolivia tenemos que exigir crítica básica, realismo y contingencia para primero reconocernos en nuestra realidad; para después ojalá permitirnos construir estrategias de acción en los campos más importantes. Pues un país sin crítica mínima, simplemente comete inercia, costumbre aberrante y totalmente engañosa. En ese sentido, ya podríamos empezar por nuestras instituciones del Estado. Ojalá.

Por la información que tenemos, nuestro bello país simplemente sigue navegando en las aguas turbias y turbulentas del tercer mundo. En aquellas aguas atrasadas, obsoletas, lentas, burocráticas, antediluvianas, a veces cavernarias en lo político, ni qué decir en lo educativo. Ni siquiera hemos entrado a la primera revolución industrial, que corresponde a principios del siglo XIX. Cuando el mundo industrializado ya asoma a la cuarta o quinta revolución industrial: robótica, cibernética, biotecnologías, inteligencia artificial, como bases en sus sistemas educativos e industriales.

La pobreza y la miseria son también condimentos de los escenarios del tercer mundo. Que conlleva inmediatamente a la informalidad, a la destrucción del hábitat, a la destrucción de la institucionalidad a fuerza de buscar oportunidades para la sobrevivencia. La pobreza y miseria como caldo de cultivo para las excusas más solemnes de los politiqueros, de los traficantes de la política de todos los tiempos. Escenarios no precisamente como desafíos de las corrientes ideológicas, sino como instrumentos para la violencia y la destrucción de todo.

Ese bicentenario que se viene, puede ser el momento para verificar nuestros fracasos. No sólo aquellos que nos hundieron en todos los sentidos posibles, como la pérdida del Litoral o la revolución del 52 que fue traicionada y saboteada desde la burocracia colonial. También respecto de nuestras instituciones, que no acaban realmente de transformarse al menos en lo más moderno y ágil. Porque siguen siendo lentos y coloniales, como los modelos que hemos heredado de la colonia, allá en 1825.

Ni qué decir en lo educativo. Que no es un instrumento de cambio o transformación, sino todo lo contrario, etc. En definitiva, el bicentenario podríamos utilizarlo para realizar un balance serio, no convertirlo en hora cívica anti pedagógica y para la farra costumbrista y tercermundista.

Pero, ese bicentenario, puede ser un recordatorio de nuestros avances. A pesar de los pesares los hemos tenido también. La conquista de derechos laborales en el siglo XX, que han significado luchas y sangre protagonizadas por el proletariado minero, por los trabajadores y sectores conscientes de la sociedad. Los avances en la legislación contra el racismo y toda forma de discriminación. Aspectos importantes en uno de los países más racistas del mundo. Pues, entre otros que han sido y son importantes.

En definitiva, el bicentenario sea una oportunidad para un balance sincero, sin apasionamientos absurdos, en todos los campos posibles. Porque de esa manera tendremos insumos necesarios para las correcciones, para la crítica objetiva, de las generaciones que les toca conducir este bello país.

Los enormes cambios que nos quedan por hacer son muchos. Necesarios para nuestra sobrevivencia como país, como Nación. Si no hacemos seguiremos nomás en la cuneta y periferia del tercer mundo. Con discursos de hora cívica y farra monumental existencial. Cosas que no merecen las nuevas generaciones, sino un mejor país: más digno, libre, con oportunidades económicas e intelectuales para todos. Un país donde soñar sea normal, donde se premie el esfuerzo y el talento. Donde ser boliviano, quechua o aymara o guaraní, sea realmente un orgullo. En fin.

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