¡Los intocables!

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por: Diego Ponce de León Murillo

Esta mañana, al llegar a mi fuente de trabajo y a pesar de la apretada agenda que debía cumplir, una pila de diarios viejos llamó mi atención y no pude contener las ganas de revisarlos.

Pasé una a una sus páginas por algunos minutos, sentí una especie de desconsuelo al notar que varias de sus publicaciones extirpaban de su presentación el respeto por el lector y el apego a la verdad de la información.

Noté una serie de infracciones como imprecisiones de dedo y otros errores de redacción que, si bien pueden pasar por alto la mirada de cualquier ojo, no pudieron eludir mi lectura, sin embargo, reproché a regañadientes por unos instantes el manejo de la información de alguno de estos medios, que poco después del coraje, no me produjo sorpresa alguna, “era de esperarse”, rumié.

Prendí el ordenador y al adentrarme en la página web de alguno de ellos me encontré con los mismos errores, incluso unos cuantos más. No importa —me dije— y continué, pero al tratar de retomar mis labores, una notificación de Facebook me interrumpió de súbito y se me estrelló en la cara con una noticia que me dejó perplejo, no precisamente por la impresión, la novedad u otra cualidad periodística sino por el cinismo y falta de ética periodística.

Y es que cuando se destapa una olla de grillos sobre un evidente caso de corrupción que molesta a algunos medios, por su afinidad/complicidad política, estos últimos se hacen a los suecos y menguan la complejidad del asunto con espacios cada vez más pequeños o con un método de autocensura que deja muy poco que desear —inclusive— por sus propios lectores.

Empiezo a hurgar en las redes sociales, reviso uno y otro portal para tratar de verificar la “falta de respeto” que este medio intenta hacer pasar como un hecho verídico y no faltan los “seguidores”, sin fotos de perfil, sin historial personal o actividad reciente a la vista, que replica, posiciona y comparte la disparatada publicación.

Al no poder encontrar posibilidad alguna de evitar la campaña de desinformación que se generó minutos atrás ante mis ojos —y que seguramente se hará viral algún momento— dejo caer todo mi peso (físico y mental) en el sillón y pienso: ¿Quién carajos podría regular esto?

Recuerdo algunos “versos” de la tan afamada Ley de Imprenta —la vaca sagrada del “periodismo”— que, entre chiste y chiste, ya pronto cumplirá un siglo de antigüedad y hasta ahora no cambia de piel ni en una coma.

Pienso también en el avance de la tecnología, del internet, en la metamorfosis del comportamiento humano en las últimas tres décadas y como se perfila su porvenir y las nuevas maneras de convivencia social que se esbozan en un plano virtual…

En fin, me convenzo cada vez más sobre la necesidad de modificar esa bendita ley que por algún motivo no quiere dejarse despeinar, y que por razones un tanto obvias, las grandes corporaciones mediáticas desdibujan sus sonrisas y desnudan sus garras para librar una batalla sin tregua cuando se habla de su reforma.

Pero siquiera plantear la posibilidad de alguna ligera modificación ya se considera un peccato y una abierta declaración de guerra que periodistas, medios de comunicación y los ya mencionados en el párrafo anterior, no pasarán por alto y contraatacarán sin el menor reparo.

Y pregunto ¿será ya tiempo de tomar el timón de la historia para renovar y desempolvar esas reglas que vienen acumulando polvo entre la conciencia, la ética y el inconsecuente obrar de malos periodistas e irresponsables medios de comunicación, de los intocables?

*es periodista

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