El discurso que no se dijo

por: Francesco Zaratti

¡Compatriotas!, a un año de mi elección a la presidencia, cumplo con rendir informe de mi gestión.

Reconozco que perdí la oportunidad de reencausar el país en la senda de la reconciliación, después de los luctuosos hechos de noviembre de 2019, de los cuales todos, en diferente medida, somos responsables. En lugar de eso, puse toda mi oratoria al servicio de individuos interesados en rescribir la historia, repitiendo como disco rayado, “gobierno de facto”, “golpe de estado” y “pititas”.

Dejé pasar la oportunidad de reformar nuestra justicia podrida, que tanto daño le hace al país, e incluso le corté las alas a mi ministro, que había comprometido a respetados juristas para esa imprescindible tarea. Al contrario, incluso más que otros predecesores, manoseé la justicia para fines sectarios, dando carta blanca a policías violentos, parafiscales y jueces serviles.

En lugar de cambiar las mañas tradicionales de hacer política, las he llevado a extremos inconcebibles, abusando del rodillo parlamentario, recurriendo a tránsfugas partidarios y a la prebenda para controlar corporaciones cuyos eternos dirigentes no se aplican el Thakhi ancestral.

Esta vez les hablaré cara a cara y no ocultaré el estado de la economía, ni manipularé los números. Estamos reactivando la economía, salimos del pozo de la pandemia, pero el precipicio sigue al acecho. 

Gracias al repunte de los precios internacionales del petróleo, minerales y granos, estamos teniendo mejores ingresos fiscales. Sin embargo, exportamos menores volúmenes y desaprovechamos este corto ciclo de bonanza para recuperar nuestras reservas monetarias.

No les oculto que, a causa de 15 años de descuido de la exploración en los gobiernos de los que fui ministro, los pozos de gas se agotan inexorablemente, nuestra producción no alcanza para todos los mercados y seremos castigados con multas y penalidades. Monetizamos el gas sin reponer reservas, sin atraer inversiones y gastando lo que les pertenece a las futuras generaciones. 

Los otrora “megacampos” se esfuman a causa de su sobrexplotación. San Alberto se redujo a un “mini campo”; Sábalo/San Antonio recortará en cinco años su vida útil; Margarita es un trapo estrujado que empieza a secarse en algunos pozos. Las empresas petroleras, después de recuperar sus inversiones y llevarse pingües utilidades, buscan devolver los campos dejando a YPFB el enredado y costoso proceso de cierre. Algo similar sucede con la Mina San Cristóbal que se halla en un confuso y politizado proceso de venta de acciones. Además, mientras los ingresos del gas (y de los minerales) suben poco por la reducida producción, los egresos por compra de combustibles se disparan abultando un déficit insostenible. 

Ante este panorama comprendo que debería incentivar medidas urgentes, como la transición energética, pero está en mi ADN anunciar otras millonarias inversiones públicas en más elefantes azules, como la futura planta de biodiesel.

No es un misterio que la crisis climática me importa un bledo (por eso no firmé la Declaración de preservación de los bosques tropicales, que los incendios avasalladores están diezmando), pero la urgencia económica me hace dudar acerca de la sostenibilidad de la política energética de mi gobierno, como han estado advirtiendo varios “oposinólogos”.

En cuanto a las relaciones internacionales, no les oculto, queridos compatriotas, que estoy pagando el precio de la costumbre insana de indemnizar con cargos diplomáticos a militantes que tuvieron la mala suerte de perder elecciones, exponiéndome a papelones internacionales, incluso dando respaldo a los hermanos “de sangre” Daniel, Nicolás y Miguel, a quienes ni la multinacional del populismo se atreve a apoyar.

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