EDUCAR PARA LA DEMOCRACIA

por: Eduardo Claure

La idea de la democracia, no es para imponer un modelo coercitivo, sino para entenderse como un conjunto de valores que constituyen un nodo de referencias universales, que puede apropiarse el país, según nuestro genio y nuestra identidad cultural: diversa y pluri multi. Es fundamental definir estos valores morales y políticos, así como determinar los derechos humanos, es decir de modo universal, y definir un ideal concreto que debe inspirar y poner en tela de juicio todas las prácticas políticas y todas las enseñanzas al respecto que debieran realizarse.  Si bien para algunos de la clase política, académicos, sociólogos y analistas, la actual democracia reviste la civilización del supermercado, las RR.SS., los spots y eslóganes televisivos con discursos e imágenes que venden una falsa imagen de lo que es la democracia, es importante demostrar que, por el contrario, supone -la democracia- regímenes sociales exigentes, conjuntos políticos y económicos que restituyen la responsabilidad, la iniciativa y el poder de decisión a todos los ciudadanos.  Es este conjunto de valores el que constituye lo que hoy se denomina generalmente “cultura democrática”, que a la sazón y lamentablemente, no es tal.

Habrá que esclarecer las antiguas y nuevas ciudadanías -concepto nuevo- a través de las cuales cada hombre y mujer pueden ejercer sus capacidades de participación, creatividad y responsabilidad. La escuela, es decir, los sistemas educativos en sus niveles -primario, secundario y superior- debieran ser el lugar en que se define esta cultura, pues son un magnifico laboratorio de ideas y uno de los frentes esenciales para ejercitar la democracia. Lo que no ocurre. El sistema educativo vigente, publico, especialmente, está forzado a un modelo ideológico, de imposición política, con una estructura que aleja o sepulta a la inteligencia y a la razón, y menos educa en relación a valores y principios, o, los DD.HH.. La clase política, debió, en algún momento, pensar en remozar tal sistema en función de la democracia. Pese a que se ha creado una “nueva conciencia liberadora” (recientes 15 años), se puede comprobar que este “sistema educativo” no es ese lugar, que transmite sin crítica el legado de las discriminaciones sociales, étnicas, religiosas y políticas; se contentó con adaptar a la nueva generación al mundo de “su gestión”, nada democrática, en lugar de prepararlos a vivir y construir una sociedad un poco más libre, tolerante, democrática y estimulante de la libertad y el desarrollo de ideas e iniciativas altamente proactivas en lo humano, lo tecnológico, económico, social, ecologista y el concepto de sustentabilidad. 

Por primera vez en la historia latinoamericana, la democracia parecía que triunfaba hasta hace dos decenios, sin embargo, en la actualidad, el populismo, de la mano perversa de una consigna “socialista” pretende sepultar a la democracia, entendida, digamos “universalmente”; comprueba esta situación que es fundamental desarrollar una cultura democrática, a partir del sistema educativo, en tanto y en cuanto, la clase política, en sus distintas versiones por las que ha transitado la democracia, no han implementado bajo ninguna figura, ni concepto, lo que es educar para la democracia. No tienen –ni por asomo- un programa de formación de cuadros.

 Un nuevo enfoque, debiera consistir en definir el funcionamiento de la democracia en la sociedad civil, en el conjunto de la vida social, comunitaria, es decir, en la interacción de todos los actores sociales. Ahí se desenvuelve la vida democrática al servicio de la cual funciona el Estado legitimo. La preeminencia democrática debiera desplazarse hacia la sociedad civil, no para menoscabarla, sino para considerarlo, asegurando sus condiciones de legitimidad:  un Estado democrático como expresión institucional de la sociedad a la que sirve. Debiera proponerse una definición general de una sociedad democrática: un sistema social, económico y político que restituye las libertades y el poder de decisión al conjunto de los actores sociales, que solo reconoce como autoridad las tradiciones y decisiones que emanan del dialogo institucionalizado, y que promueve como principios de progreso la iniciativa y la ejemplaridad: entendiendo como el respeto de los seres humanos y la participación de la mayoría en las ciudadanías: urbanas, intermedias y comunitarias.

Las libertades y los derechos humanos, constituyen el alma y la norma de toda sociedad democrática: se trata del respeto de la dignidad de cada persona en términos físicos, sociales y espirituales, y del desarrollo de las libertades personales con sus dimensiones sociales, económicas y políticas. Por consiguiente, hay un polo de respeto y un polo de desarrollo: cualquier poder tiende a apropiarse las iniciativas y a descuidar el respeto de los seres humanos en una determinada sociedad. Una sociedad democrática es el conjunto de los dinamismos que tratan de restituir sistemáticamente la dignidad y las libertades a los seres humanos y a las comunidades que constituyen un pueblo. Esta dinámica jamás esta asegurada y requiere constante restauración. 39 años de democracia y ésta no fue retroalimentada.

En una sociedad democrática, el dialogo efectivo institucionalizado en todos los niveles es la norma de funcionamiento; presupone que se tomen en cuenta todas las pluralidades y oposiciones, en busca del resultado de una interacción. Si los valores y principios constituyen la norma ética, la sociedad democrática se organiza de tal forma que las decisiones se adopten al término de un proceso de dialogo institucionalizado en todos sus niveles: entre autoridades públicas, estatales, pero también en las comunidades, barrios y distritos, en los lugares de trabajo, en las escuelas, colegios, universidades, y, en fin, en toda la vida asociativa. Esto no significa que todo haya de someterse a votación, pero quiere decir que la solución más razonable y más verosímil solo puede surgir de un dialogo entre los interesados. Este dialogo representa la verdad que todos procuran alcanzar, bajo la forma progresiva de “solución más razonable”.

La ejemplaridad y el principio de subsidiariedad constituyen los principios del progreso democrático. La ejemplaridad debe mostrar qué, al igual que los derechos humanos, la democracia es indivisible. La democracia es una práctica: se inspira en valores que se pueden transmitir, pero esencialmente es un modo de acción.  Se justifica en su aplicación; se la legitimiza utilizándola. La ejemplaridad requiere como complemento el principio general de subsidiaridad: la ayuda otorgada a aquel que, solo o en grupo, toma una iniciativa en favor del bien común y en especial de los más pobres.  La finalidad de esta ayuda -pública o privada- es apoyarlo sin quitarle la libertad de concepción y de acción necesaria para que lleve a cabo su actividad. El Estado democrático, debiera además de su función primordial (funcionamiento correcto del derecho y de las instituciones) debiera actuar de manera subsidiaria: restituyendo a la población todas sus capacidades de libertad e iniciativa.

Recrear la nueva ciudadanía, entendida en cuanto al fomento a la participación de las personas y comunidades en el interés general más allá de las formas estatales (elecciones, votaciones, derecho a ser elegido, etc.) y de las protestas publicas en las calles o los medios de comunicación. Esta forma de ciudadanía formal básica debe quedar en el olvido, pues las nuevas ciudadanías representan el progreso de la sociedad civil y se constituyen en las empresas, asociaciones de interés general -ecológicas en primer lugar-, los lugares de consumo y de vivienda, las asociaciones, las universidades, los colegios, etc. La ciudadanía debe entenderse como la capacidad de un individuo de reconocer los valores éticos fundamentales, de efectuar sus opciones y de actuar al respecto con la conciencia de pertenecer a un cuerpo social organizado.  

Educar para la democracia, aunque la democracia signifique el poder por el pueblo, solo es real y seria cuando atribuye a una “escuela democrática” la tarea esencial y precursora de difundir cultura a fin de preparar ciudadanos mas conscientes que los de hoy. Esta escuela democrática debe plantearse como tarea política, por quienes pretenden llegar al 2025, luego de sobrevivir al actual vergonzoso zafarrancho político nada democrático que se sucede en la ALP, y si, los desenlaces próximos y futuros lo permiten. ¿Cuándo la clase política, se acordará de educar para la democracia…?

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