Hacinamiento, motines y muerte en las cárceles de América Latina

Las letales rebeliones carcelarias que Ecuador ha tolerado este año manifiestan el contexto penitenciario de América Latina en su conjunto. El incumplimiento de los derechos básicos de los reclusos y las pugnas entre bandas criminales confinadas provocan motines y rebeliones en la mayoría de las cárceles de la región.

Este es el tercer motín que se registra en una cárcel ecuatoriana en lo que va de 2021, tras los acontecidos en febrero y en julio, que dejaron 79 y 22 muertos, respectivamente.

Las luchas de poder, el narcotráfico, la corrupción y el hacinamiento son los factores principales para que las penitenciarías de Latinoamérica atraviesen una severa crisis.

América Latina y El Caribe tienen un millón y medio de convictos y una tasa de reclusión que se acrecentó desde la gestión 2000, puesto que reporta un 120 por ciento frente al menguado 24 por ciento en el resto del planeta.

El resultado de este estudio es producto de un método de justicia que se inclina por la reclusión como primordial disposición disciplinaria, en vez de buscar otras alternativas, como la libertad custodiada, servicios comunitarios o las sanciones monetarias.

La sobrepoblación afecta a las prisiones de toda la región, “con tasas de ocupación que varían desde alrededor del 110 por ciento en Chile y Uruguay, hasta el 350 por ciento en Centroamérica”, según Gustavo Fondevila, profesor del Centro de Investigación y Docencia Económicas de México y especialista en el sistema penitenciario latinoamericano.

En América Latina y el Caribe existen 662 reclusos por cada 100 mil habitantes, mientras que en Asia y África el número alcanza a 97, contra 187 de Europa y 157 de Oceanía. El promedio de sobrepoblación en las penitenciarías es de 64 por ciento.

Sin embargo, las medidas sanitarias impuestas durante la pandemia empeoraron la situación.

La determinación de muchos Gobiernos fue suprimir el derecho de visitas a los privados de libertad, ya que en muchas de las cárceles de la región, los reclusos suelen recibir alimentos y medicinas a través de estas. Por lo tanto, la suspensión de las horas de visita fue sinónimo de hambre para los reclusos.

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