PANDEMIA Y GLOBALIZACIÓN

La Pandemia fue directa consecuencia de la globalización mundial. Ese fenómeno que se inició con fuerza después de la caída del muro de Berlín en 1989. Cuando la muerte de los socialismos reales de occidente en Europa del Este. El otro occidente aprovechó el pánico para globalizar su modelo capitalista, pues era el 90% del poder económico en ese momento. Hoy sólo llega al 25%, porque los países de las periferias se pusieron al día y lograron ventajas de esa globalización como Corea del Sur, China, Vietnam, Brasil, Sudáfrica y muchos donde tienen élites gobernantes realmente inteligentes.

 

La pandemia actual es fruto del avance del capitalismo, es decir la destrucción de la naturaleza: el crecimiento infinito económico que los científicos reconocen que es insostenible, a estas alturas del partido incluso estúpido. Pues la humanidad tiene que buscar alternativas al capitalismo con urgencia, por sobrevivencia de la especie humana. Un virus desconocido paralizó por completo la economía mundial, destruyó países enteros, destruyó economías de sobrevivencia, destruyó la psicología de una generación de jóvenes condenados a la exclusión de lo educativo y el desahogo existencial; pero no mató al capitalismo.

 

Las élites bolivianas, tercermundistas extranjerizantes, atrasadas desde siempre, analfabetas, provincianas en mentalidad, con copias mal diseñadas en sus modelos de capitalismo provinciano y atrasado; además de señoriales por su historia colonial, no aprovecharon la coyuntura de la globalización al menos para copiar lo bueno de esa ola económica. Lo hicieron otros países, incluso vecinos, y pues salieron en mejores condiciones en estas crisis últimas del sistema. Estas élites señoriales en mentalidad, siguen lamentándose de todo cuando ellos son los culpables de los nefastos resultados de siglos de atraso, de marginalidad, de poca creatividad para acomodarse a las olas mundiales: revoluciones industriales, globalizaciones, etc.

 

Como siempre, Bolivia tiene otra oportunidad más para por fin acercarse a los beneficios de las corrientes mundiales positivas. La pandemia pasará, con toda su tragedia y muerte, el mundo se recuperará de su muerte, de la brutal tragedia que aún pasa la juventud mundial en lo psicológico, en la salud y lo educativo. Tendremos como país la posibilidad de curar heridas coyunturales; pero también en lo histórico que es lo que no podemos resolver. Las historias paralelas: señoriales y populares, no han sido resueltas en sentido de una inclusión, de un conocimiento real entre todos los habitantes de este país.

 

En definitiva, no hemos dejado el siglo XIX en mentalidad e imaginarios de Estado que no hay en ese siglo. Sobre todo, quiénes tuvieron en sus manos el poder y las últimas decisiones en ese siglo, y los posteriores después. Ya entramos al siglo XXI hace muchos años; pero nuestras élites siguen nomás en sus moldes de sus mentalidades en el siglo XIX. Tan atrasadas como siempre, dejando pasar revoluciones industriales, globalizaciones económicas, e investigaciones de punta en varios lugares del mundo que pueden servirnos a nuestras realidades. Ya vemos que ese ritmo lento y torpe no nos ayuda en nada, nos sigue condenando al atraso y la mendicidad, al atraso científico y educativo.

 

No podemos condenar a las generaciones jóvenes a las mismas condiciones que las nuestras. La falta de certidumbre y seguridad económica, simplemente es ausencia de derechos humanos, de básicos argumentos en la construcción de una sociedad más justa y humana.  Las generaciones actuales se siguen moviendo en los mismos moldes del siglo XIX, en las incertidumbres incluso a mediano plazo. Sin futuro seguro, sin posibilidades de soñar y planificar a largo plazo. Es decir, desde todo punto de vista insostenible, antihumano simplemente.

 

Las élites del país no se han puesto las pilas históricas, para mirarse en el espejo y dejar sus ilusiones de copiar a sus abuelos que llegaron allende los mares en la colonia. Y no dejan esos lejanos imaginarios de la modernidad, pues nuestras realidades son totalmente distintas en sus tejidos sociales, en sus maneras de ver el mundo y la vida. Las élites de este país no se han nacionalizado en el espíritu y cuerpo, para convertirse en consecuencia y mezclarse por fin con otras tierras, como mentalidades.

 

Los siglos pasan, las pandemias pasarán. Pero no pasan nuestras diferencias históricas, que en sus raíces siguen nomás mirándose de reojo, a veces con bronca, sin poder articular y consensuar caminos conjuntos. Así, como vemos en la práctica, no podremos salir de los complejos problemas y desafíos que el mundo nos pone. La pobreza, la marginalidad, las humillaciones, la mendicidad y la ausencia de autoestima como país, seguirán siendo lo normal frente al mundo, y frente a nosotros mismos.

 

Los jóvenes merecen nuevos derroteros, nuevos procesos económicos y sociales, sueños y construcciones de país que les sean un orgullo de Nación y Estado. Tenemos riquezas culturales, costumbres y mentalidades genuinas que son un orgullo; pero no logramos incluirnos entre nuestras historias distintas. La pandemia y después de la pandemia, son otras oportunidades de intentar encontrarnos por fin en una historia global, común, propia y sea al fin una casa colectiva para soñar en los siglos que se vienen.

 

por: Max Murillo Mendoza 

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