ESTADOS DEL BIENESTAR GRINGOS

La feroz pandemia les hizo caer en cuenta a los gringos, que deberían mantener y reforzar sus Estados del bienestar. Pues millones de familias se protegieron gracias a los beneficios de esos Estados, sobre todo europeos, cuando la paralización total de las economías, de los movimientos económicos, que han sido catastróficos. Aun así millones de habitantes se han empobrecido, se han quedado sin trabajo y sin prestaciones sociales básicas. En todo caso, aquellos Estados del bienestar han funcionado a la altura de las circunstancias, en momentos que sus poblaciones necesitaban protección casi total frente al embate de la pandemia: en salud y economía.

 

Las teorías gringas que empezaban a valorar las desapariciones del Estado del bienestar, para saltar a otras experiencias, hoy han quedado en suspenso. En realidad los defensores del Estado del bienestar siguen vigentes, y se han fortalecido en este proceso de la pandemia.

 

En Bolivia simplemente se ha desnudado y quedado en absoluta evidencia la ausencia de Estado, ausencia de políticas de Estado. Dicha ausencia ha sido total en la pandemia, ninguna protección a los millones de bolivianos pobres, que miles de ellos murieron como en campos de batalla. No se sabe a ciencia cierta cuántos compatriotas murieron, pues como en todas las épocas las estadísticas nunca son verdaderas. En lo educativo también se desmanteló la total ausencia de políticas educativas, de tecnologías instaladas para el siglo XXI. Peor en temas de producción alimentaria. Bolivia simplemente no produce nada, sino para la sobrevivencia miserable y pobre.

 

Hoy mismo no se sabe que ocurre con la pandemia, no se sabe si hay estrategias de vacunación, no se sabe pues nada, sino las mismas inercias politiqueras y tercermundistas atrasadas, de la lentitud brutal, de las burocracias coloniales insultantes como criminales. Realidades en donde el sálvense quién pueda, sigue siendo la consigna más cotidiana y boliviana por excelencia.

 

La construcción de Estado, de instituciones reales y solventes, sostenibles en el tiempo, conscientes de las necesidades de sus poblaciones, son los cambios que siguen esperando desde 1825. Por algún milagro de sus poblaciones, nuestro país ha logrado sobrevivir en estos siglos de existencia. Sin Estado y sin instituciones reales, nos debatimos en la inercia del arrastre tercermundista. Con peleas constantes donde los insumos no son alternativas de construcción, sino de destrucción y saqueo revolucionario o liberal. Las paradojas de nuestra historia son fascinantes: toneladas de papeles institucionales que no dicen mucho, porque no se construyó Estado alguno.

 

Son las prácticas las que señalan lo real; no los discursos ni los buenos deseos. Y las prácticas que sabemos por experiencia, de las instituciones son anti institucionales, sin imaginarios de Estado, sin síntomas de institucionalidad. Es decir, científicamente sin cronología de institucionalidad. Débiles, que se cambian como ropa de moda dependiendo del viento ideológico y la moda del peinado político. Inundado de papeles por cierto, como si los papeles fueran las definiciones de lo real. Ni siquiera los positivistas, que son los amantes del papel como tradición y norma, aceptarían la existencia de alguna institución en Bolivia.

 

Vemos como aquellos Estados del bienestar gringos, cumplieron con sus poblaciones al protegerles económicamente, alimentariamente y con las atenciones de salud. En Bolivia los costos de las atenciones médicas increíblemente son más caros que en Europa, pues la muerte es la cosa más segura. Paradojas que sólo se producen en el tercer mundo: pobre, sin institucionalidad, sin ley y sin certidumbre alguna. Aquellos Estados del bienestar gringos hoy están apoyando con préstamos multimillonarios a sus poblaciones, para la recuperación de las economías gringas. Por estos lados, pues se agigantarán los negocios turbios como el contrabando, porque la ausencia histórica del Estado simplemente  es el grito más alucinante ante la inmensa pobreza.

 

Cerca del bicentenario, ni siquiera hemos respondido a la pregunta más importante: tuvimos realmente independencia? Al parecer no. Sino alguna especie de sobrevivencia desordenada y brutalmente caótica, con caudillos coloniales que cada cual creía que era la salvación de estos territorios sin ley ni norma. Con presidentes y burócratas ignorantes y fieles representantes de la herencia colonial, gentuza que ni siquiera se acercaba a los moldes básicos de los conceptos de Estado.

 

Cerca del bicentenario, simplemente nos lucimos entre los supuestos países que sobreviven a duras penas, entre la miseria y la pobreza socializada y que gusta a ciertas élites de la podredumbre política. Sin ideas, sin nociones de las básicas formas de institucionalidad o sostenibilidad institucional. Con niveles educativos  comparables a los países pobres de África. Pues, ciertamente el bicentenario será el recordatorio del fracaso total de la era republicana, que fue nada más que la continuidad de la colonia. Mentalidades incluidas, costumbres incluidas.

 

Ya en siglo XXI, seguimos nomás sin institucionalidad alguna. Persiguiendo nadie sabe qué, porque los resultados de todos los procesos políticos son los mismos: desastrosos y corruptos. Con los politiqueros enriquecidos, y siempre con las ínfimas instituciones destruidas y corroídas por la podredumbre de la politiquería.

 

Los Estados del bienestar gringos cumplieron su papel en la pandemia, al parecer modificarán su destino por otras instituciones más eficientes. Por aquí ni siquiera hemos construido algún Estado nuestro. Seguimos con lo heredado e impuesto en 1825: corrupto por definición y con politiqueros ignorantes y degradados hasta lo más bajo contra el país profundo.

 

por: Max Murillo Mendoza 

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