LA POLICÍA BOLIVIANA: EL DIAGNÓSTICO PERFECTO DE LA SOCIEDAD

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La policía boliviana desde siempre es estructuralmente corrupta. Mafias, asaltos a bancos, asaltos a agencias comerciales, venta de puestos, negocios con bandas de delincuentes, encubrimiento a mafias en Bolivia. Es la institución más peligrosa después del sistema judicial. Cotidianamente están ligados, micro y macro, a todo lo posible para robar y delinquir. El proceso de cambio sólo ha fortalecido esa lógica, porque ha equipado toda esa estructura mafiosa y peligrosa, entonces hoy tienen más instrumentos para delinquir con mayor impunidad. Pero los discursos de ocasión de las autoridades actuales, simplemente son una burla a todo un país cuando parlamentan y mienten descaradamente diciendo que la policía ha cambiado. Y no ha cambiado un milímetro de lo que siempre fue: la mejor mafia organizada.

Semejante cuento de terror es real. Tan real que nadie se atreve a proponer cambios al menos superficiales, porque en Bolivia todo es corrupto. Es decir, la complicidad colectiva es lo más democrático y recíproco de la convivencia. Ese cuento de terror se arrastra, como en el sistema judicial o de salud, desde tiempos inmemoriales ante la absoluta inutilidad de los gobernantes, pues su complicidad política siempre es mejor para el mantenimiento del poder coyuntural. Ese cuento de terror es peor que todos los demás cuentos de terror, que en la historia de Bolivia es la constante brutal, sanguinaria y cultural que tortura a generaciones enteras. Masacres, golpes de Estado, dictaduras, democracias, vocabularios costumbristas que se alimentan de estas estructuras oscuras y tenebrosas.

Sólo en Bolivia puede suceder, y sucede, el enorme divorcio entre la palabra y los hechos. Ante la ausencia de reglas claras, ante la ausencia de Estado y políticas de Estado, ante la ausencia de básicos comportamientos éticos de sus burócratas, el desahogo monumental de las palabras, vacías y sin contenidos, tienen las dimensiones fantasmagóricas al grado de una enfermedad mental digna de los mejores científicos de la psicología, o de la siquiatría colectiva.

El estoicismo del pueblo boliviano al final también es brutal. Aceptar la lógica del amo y el esclavo tiene que tener alguna razón existencial, alguna razón enigmática que permite que nada cambie, que todo se justifique para que nada cambie. Ese miedo a cambiar y modificar las estructuras de la corroída sociedad, tiene que tener raíces profundas que influyen de manera decisiva cuando se pierden oportunidades en los momentos ideales. Ese estoicismo de aguantar todo, aún esté podrido y fétido como la policía, al parecer tiene íntimos cómplices con el poder de los procesos históricos coloniales.

El consuelo de que no todo está mal es tonto. Es estúpido cuando las estructuras institucionales de la policía y de la justicia nos agobian cotidianamente. Pues el grado de impunidad es tal que los p´ajpacos del cambio simplemente son los más cómplices, y al final nefastos, de esa impunidad histórica que barre totalmente a los payasos de la burocracia. Y en estas democracias burguesas donde no cambiaron los servicios de inteligencia de la policía, que son los mismos desde épocas dictatoriales, realmente es el ejemplo más claro de las verdaderas vertientes de quiénes manejan el poder. Así, queda nítidamente plasmado que la costumbre señorial e hipócrita, sigue siendo el cordón umbilical de las instituciones republicanas con los siniestros salones del terror de la historia boliviana.

El mayor peligro sin embargo, es la inmovilidad ciudadana y comodidad individual frente a los fenómenos actuales. Esa alienación moderna nos está llevando a la destrucción social y comunitaria. La lógica del capitalismo salvaje que se engulle todo a su paso, hasta convertirnos en ovejas individuales y ciegas, es decir con la ilusión de la comodidad egoísta de la consigna que el mundo no se meta en mi vida. Aspecto que es caldo de cultivo para todo lo destructivo.

Son épocas donde la muerte de la ética y de los valores de servicio a los demás, han dado paso al cinismo de la corrupción, descarada y abierta, como de presentación de sociedad en este antro que es el teatro de la política. El rotundo fracaso de las generaciones de los 70 y 80, es ya demasiado patético y evidente. Corolario de una inutilidad colosal dando paso a uno de los derrumbes más pronunciados de una manera de hacer política. Sin embargo, esta muerte de los valores y la ética lamentablemente no tiene nuevos referentes, nuevas alternativas de hacer gestión institucional y política. Todavía peor: no hay líderes capaces de desenmascarar y decir por su nombre a semejante bufonada de la política actual.

Policía, sistema judicial o de salud e incluso sistema educativo, son ejemplos absolutamente claros de que las generaciones del fracaso no quieren cambiar, se resisten a morir y prefieren la complicidad con lo tradicional. Pueden hablar siglos enteros de revoluciones; pero sus hechos y actos son contra revolucionarios, anacrónicos y señoriales. Es decir corruptos. Porque más grave que robar dinero con  el enriquecimiento ilícito, es robar el destino y el futuro a generaciones enteras, dejándoles el asco de las instituciones que no son sino excusas para el saqueo sistemático de todo lo que pertenece al país: riqueza y espíritu.

Son épocas en que tenemos que extrañar los cambios y revoluciones en serio, cuando se destruía al ejército y policía, para construir otros referentes desde las cenizas. Son épocas en que tenemos que extrañar la estatura de intelectuales y líderes con valores humanos, con calidad ética, con pasta moral y dispuestos a los actos más quijotescos posibles, en favor de sus pueblos. En definitiva, son épocas en que extrañamos la acción directa ante el cinismo y porqueriza manera de hacer política.

por: Max Murillo Mendoza

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