Lo sucedido en estas horas con la pérdida de la medalla presidencial y los símbolos patrios, tiene un profundo significado precisamente con aquellos temas que deberían ser trascendentales, si es que tuviéramos algo de nacionalismo étnico, Estado, Nación e Identidad. Sucede que no tenemos ninguno de los elementos más importantes, de lo que comúnmente se llama bolivianidad. Porque no se ha construido como proyecto un Estado, ni una nación y todavía peor una identidad. Lo que se llama Estado es sólo un instrumento de enriquecimiento ilícito desde siempre; sin contenidos reales de sus poblaciones. En contra de sus poblaciones, por lo que las características más importantes de sus funcionarios es estar en contra del Estado, es decir aprovecharse de él en todo momento: no cuidarlo. Esquilmarlo todo lo posible, todo lo deseable hasta dejarlo totalmente vacío. Todas las riquezas en Bolivia tienen raíz estatal.
El “boliviano” no tiene contenido en sí mismo. Es decir no tiene imaginarios de Estado, porque no tiene la costumbre de la presencia de un Estado en serio: que proteja sus intereses, que le de oportunidades, que le ofrezca un territorio. La experiencia de Estado es totalmente distinta: represor, ladrón, esquilmador, burocrático, anti popular. Por eso se explica la larga experiencia de las organizaciones sociales en contra del Estado, es decir organizados para defenderse de las arbitrariedades del Estado. Esos esquemas mentales, de la larga duración no han cambiado. Porque hoy se controlan a las organizaciones vía proyectos o sobornos, pues con dineros del Estado.
Lo que hemos arrastrado desde siempre son los mitos creados, por las castas que rompieron con España, de patria o nación como discursos totalitarios para aplastar a cualquier supuesto enemigo. Con ese esquema ideológico dichas castas han protegido sus poderosos intereses, contra indios, después comunistas, subversivos o “antipatrias”. Ellos eran los patriotas, es decir los dueños de la patria. Los demás eran antipatrias, o vasallos según sus puntos de vista a lo largo de la historia. Y pues esos dueños de la nueva patria no dudaron en poner los símbolos patrios en manos extranjeras, como Banzer o Sánchez de Lozada. O premiar a criminales nazis con el Cóndor de los Andes. Porque los símbolos patrios no resumen y no tienen contenidos para estos territorios y sus culturas propias. Ni siquiera ellos mismos los respetaron, en su propia historia tradicional.
Es también una pena, por así decir, que no hayamos tenido historiadores de calibre para reflexionar sobre estos temas cruciales. Temas que tienen que ver con la búsqueda de identidad, de Nación y Estado, como resumen del complejo social y cultural que somos; pero sin encontrar realmente un referente histórico como mito aglutinador: Estado y Nación. La fragilidad de nuestro sistema educativo y productivo (como en todo lo demás), tiene mucho que ver con la ausencia de referentes de Estado y nacionalismo que alimenten un espíritu realmente luchador en los habitantes de estos territorios.
Que un militar funcionario público haya perdido los símbolos patrios, en asuntos enteramente personales, dice enormes mensajes de lo que es el servicio público. De ese Estado deshumanizado, burocrático, patriarcal y servil a intereses foráneos, no se puede esperar funcionarios que den la vida por el Estado, o al menos por los símbolos patrios. Todas las guerras perdidas, las dictaduras militares que entregaron nuestros recursos económicos a todos los imperios de moda, son por supuesto elementos contundentes del tipo de Estado que se arrastró desde el siglo XIX. Lo anecdótico en Bolivia es oficial, incluso es parte substancial de la historia tradicional. Arreglada, maquillada, oculta totalmente de los rostros y actos verdaderos para ser reemplazados por supuestos hechos heroicos e históricos.
La medalla presidencial ha sido puesta en cuellos criminales, de ignorantes y folklóricos personajes. Presidentes de un Estado que no es Estado. Varios de ellos de las colonias extranjeras asentadas en Bolivia, siguiendo el rito pigmentocrático desde la colonia. Personajes que jamás se preguntaron si realmente existe Bolivia, o lo que sus contenidos reales culturales son Nación. Porque las castas señoriales no son de estos territorios, tienen vergüenza de nuestras identidades. Prefieren decir que son descendientes de europeos, norteamericanos o de tierras blanqueadas allende los mares. Sus símbolos patrios están por esos lados. Aquí sólo tienen haciendas, minas, bancos o intereses.
Pues sí, aún seguimos buscando la tierra prometida. Ese Estado que por fin sea el resumen de nuestras nacionalidades, ese Estado que por fin no reprima a nuestras naciones, ese Estado que por fin de oportunidades a nuestras poblaciones y que los mejores habitantes sean los gobernantes. Ese Estado que por fin resuma nuestros nacionalismos étnicos, y todo lo competitivo en ciencias, deportes, artes y literatura. Ese Estado que tenga políticas de Estado para no ver miserables y niños vendiendo en las calles. Ese Estado que por fin tenga justicia y guardianes nuestros, donde la policía no esté ligada a las bandas criminales. Ese Estado por ahora lejano; pero al menos con pulsaciones posibles en las nuevas generaciones.
Y quizás cuando haya Estado en serio, los guardianes de la medalla presidencial estén dispuestos a entregar sus vidas por la historia y sus valores culturales como herencia mayor espiritual, de orgullo y patrimonio también personal.
por: Max Murillo Mendoza





