por: Raúl Pino-Ichazo Terrazas
Dios no nos la puso fácil con la conflictividad natural de existir; nos crea a todos con la inclinación al Bien, sin embargo, nos concede el libre albedrío que es la causa para que la humanidad se pierda en ilícitos y malas decisiones que dejan su impronta negativa para el resto de la vida.
El libre albedrio es la capacidad del ser espiritual para tomar por sí mismo, de forma unívoca, sin ser precedentemente determinado por nada, una dirección frente a los valores limitados conocidos, para elegir o no elegir el bien limitado o para elegir éste o aquél bien concebidos como limitados.
Aquí ingresa irremediablemente la dependencia del pueblo a la política y su necesario razonamiento cuando debe elegir su estabilidad económica, el futuro de su familia y la de sus hijos. Es una disyuntiva intelectiva que debe ser dilucidada con reflexiones profundas pues la población no puede abandonar todo lo que ha conquistado con su trabajo; propende naturalmente a mejorar su desarrollo humano e identificar los riesgos de los experimentos políticos.
La libertad de la voluntad no significa en modo alguno la capacidad para querer sin causa, como afirman muchos adversarios del libre albedrio sin conocer la verdadera doctrina de la libertad, es decir, no hay querer sin motivo.
La libertad de la voluntad no significa que esta no pueda estar intensamente impresionada y solicitada por los motivos políticos egoístas y de una minoría, desconociendo que todo país debe ser gobernado por la mayoría y estar absolutamente indiferente; tampoco que los hombres, de hecho, quieran siempre vivir libremente debido a que muchas acciones de la vida cotidiana se ejecutan sin consideración de los motivos como las noticias falsas.
De cardinal importancia es que la deliberación necesaria para la elección puede estar limitada y dificultada por las mentiras políticas o por promesas líricas que rayan en los trastornos mentales. El hecho del libre albedrio se infiere sobre todo de sus relaciones con la personalidad ética.
Sin libertad y sin la posibilidad de querer de tal o cual modo, los humanos no pueden razonablemente ser más responsables de las orientaciones de su voluntad ni más digno de premio o castigo de los que es un enfermo de su enfermedad; lo que concluye que, sin libertad, no cabría separar con razón del puro valor de utilidad de la bondad moral o la maldad del querer. El imperativo categórico de Kant sobre la conciencia carecería asimismo de sentido, como también la vivencia de la buena o mala conciencia, la culpabilidad, el arrepentimiento, el remordimiento y otros.
Frecuentemente por un acto de engañarse a sí mismo, por un desconocimiento inconsciente de los motivos, sino por la realidad de la libertad, es posible en numerosos casos predecir con la máxima probabilidad decisiones ulteriores de las personas si se conocen exactamente su carácter, inclinaciones y situaciones; esto se explica por el hecho de que en algunos casos mujeres y hombres escogen justamente aquello que de ordinario responde a sus costumbres, inclinaciones estables o a su consideración de la situación, sobre todo si esta no ofrece ninguna ocasión especial para una elección en contrario.
Cuando no se asume conciencia plena de esta metamorfosis, sobre todo en los políticos se consuman acciones fuera de la ética y del postulado de servicio al ciudadano y se acepta un cargo importante por influencia política, no siendo absolutamente apto para investirlo, perjudicando directamente al pueblo en su desarrollo humano. Todo político y servidor público debe imperiosamente entender que se gobierna en beneficio exclusivo del pueblo, parafraseando a Aristóteles.
Abogado, posgrados en Filosofía y Ciencia Política (Maestría, Cides-UMSA)Arbitraje y Conciliación, Alta Gerencia para abogados(UCB-HARVARD), Interculturalidad y Educación Superior, Derecho Aeronáutico, doctor honoris causa con tesis aprobada, profesor universitario en pre y posgrado.





