por: Max Murillo Mendoza
China necesitó sólo 50 años para pasar de la miseria y pobreza, a ser
uno de los países más poderosos del mundo. Tuvo que aprender de sus
propios fracasos para emprender sus estrategias de Nación, en todos
los campos posibles de las competencias mundiales. El precio que pagó
por supuesto fue muy alto, experimentando ideologías que sólo le
llevaban a la miseria, a las visiones totalitarias destruyendo sus
propias realidades.
Más allá de las discusiones bizantinas sobre su modelo de desarrollo,
sobre el modelo de Estado, pues los resultados que consiguió como
Nación simplemente son espectaculares. Aprendieron también de otras
realidades, copiaron en muchos casos; en otros adaptaron de otras
realidades a las suyas propias. En definitiva, lograron resolver sus
propias contradicciones, pues los resultados son espectaculares.
Nosotros vamos de tumbo en tumbo, de épocas en épocas, sin poder
resolver nuestras contradicciones internas. Ni con ideologías
prestadas; menos con nuestras propias logramos avanzar. Siempre
estamos en una inercia histórica, donde el aburrimiento y mediocridad
extrema son los acompañantes de siempre. Las excusas son las
costumbres culturales de todas las épocas.
No es pesimismo. Es la realidad consumada. No aprendemos de nuestros
propios errores, sangre de por medio, quizás por la sobrevivencia y la
corrupción extrema de un país pobre y del tercer mundo. Donde pensar
en el presente y futuro no existe, precisamente porque no está
resuelto ni siquiera la soberanía alimentaria.
Hoy es 10 de octubre. Día de la democracia porque un día como hoy se
logró recuperar la democracia. Después de dos décadas de dictaduras
militares, que fueron tiempos realmente terribles, donde la corrupción
y la impunidad fueron las cartas cotidianas bañadas de sangre,
asesinatos, torturas y desapariciones forzadas de cientos de
ciudadanos. Aspectos que hasta hoy no se han investigado y sancionado,
sino como cosméticos de vez en cuando para los discursos de moda.
Después de 44 años de la recuperación de la democracia, pues no
aprendemos de nuestros errores. Repetimos como canción conocida los
mismos errores. De hecho, hoy nos encontramos con las mismas
preguntas, con las mismas incógnitas y todavía peor: sin esperanzas
hacia el sistema democrático, que no ha resuelto aquellas necesidades
postergadas y puestas en mesa hace 44 años.
El Estado sigue siendo una entelequia que no responde a nuestras
realidades, a nuestras necesidades históricas y culturales. Con
lógicas obsoletas y burocracias medievales, que sólo frenan los sueños
e inquietudes de sus poblaciones. Seguimos siendo un país encerrado en
sus montañas, es decir encerrado en sus mentalidades absolutamente
estancadas en sus mitos, de que el mundo debe girar en función de esos
mitos. En realidad, no somos nada ni siquiera en nuestro propio patio
Sudamericano.
En suma, la democracia que fue sangre y sacrificios de gente anónima,
no construyó algo nuestro. Siguió siendo eco y fracaso de otras
épocas. No hubo análisis ni creatividad de las cúpulas políticas, sino
repetición de lo mismo. Pero las cúpulas de todos los signos por
supuesto que se enriquecieron, que aprovecharon como siempre de los
sacrificios de las bases. Canción muy conocida en nuestra historia.
Vemos a nivel internacional, que China y otras realidades aprovecharon
y avanzaron en sus propias estrategias de Estado y Nación. Hicieron lo
que tenían que hacer para favorecer a sus poblaciones. No ha sido
nuestro caso. Seguimos siendo el país pobre y tercermundista de los
siglos XIX y XX. Lleno de cemento y destrucción de la naturaleza; pero
sin desarrollo y estrategias de Nación. Estado, pues, no tenemos sino
como entelequia y copia burda de los Estados europeos del siglo XIX.
China aprendió de sus propias lecciones, de sus errores que no fueron
pocos y no fueron precisamente sin gente sacrificada. Millones de
hambrientos, millones de muertos en sus contabilidades históricas
fruto de experimentos ideológicos fuera de la realidad. Pero
aprendieron, en definitiva, para tomar otros caminos más positivos y
los resultados son hoy contundentes.
Los fracasos no enseñan en Bolivia. Los fracasos se repiten. Son la
canción favorita de nuestra historia. Una suerte de masoquismo
histórico recorre en nuestras venas, que de vez en cuando hay algo de
esperanzas; sin embargo, volvemos a repetir los mismos errores de
siempre.
Quiénes pagan muy caro dichos errores, son los mismos de siempre:
pobres, marginados, clases medias pobres. Sacrificados en nombre de
ideologías y políticas que en la historia ya no son confiables, sus
resultados sólo demostraron miseria y odio desmedido.
Las nuevas generaciones, si bien son las más afectadas por estos
errores de nuestra historia, tienen el enorme desafío de saltar y
superar el tablero de ajedrez de nuestra historia. Que en sus
contenidos y juego sólo lleva fracasos, sangre, corrupción y ningún
proyecto de Estado y Nación. Las nuevas generaciones tienen el
compromiso de volcar sus esfuerzos en superar, en vencer, las visiones
y poca autoestima histórica que tienen las clases altas, clases medias
altas y grupos políticos ciegos respecto de lo que realmente somos los
bolivianos.





