«Cuando la vida pesa demasiado»: sobrevivientes de Tarija cuentan qué los llevó al límite y qué encontraron después

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En Tarija, 185 personas murieron por suicidio durante los últimos cinco años, mientras el INTRAID reportó 54 casos relacionados con conducta suicida entre enero y septiembre de 2026, con mayor concentración entre adolescentes de 10 a 18 años. Detrás de las estadísticas hay historias de depresión, rupturas familiares, pobreza, soledad, violencia, presión social y personas que, después de sobrevivir, todavía intentan entender por qué llegaron a pensar que morir era la única salida.

Hay noches que una persona recuerda durante toda su vida.

No necesariamente porque hayan sido las noches más importantes, sino porque en ellas ocurrió algo que después divide la existencia en dos: el antes y el después.

En un hospital, una camilla en un pasillo. Una madre que llega desesperada. Un padre que no sabe qué decir. Una enfermera intentando mantener la calma. Una persona que, en medio de una crisis, interpreta que todos están tratando de impedirle algo que en ese momento considera su única salida.

Años después, esa misma persona puede mirar hacia atrás y contar la historia de otra manera.

“Ahora puedo decir gracias”.

Tiene 28 años. Su primer intento ocurrió cuando tenía 16. El segundo, a los 18, terminó en una emergencia hospitalaria. Había pasado años sintiendo que su vida no tenía dirección.

“No le tengo miedo a la muerte, jamás le tuve miedo, pero sí le tengo miedo a una vida sin objetivo, sin felicidad ni una meta. Y esa era mi vida”, cuenta.

Habla de frustración, estancamiento y de una sensación que, durante mucho tiempo, nadie a su alrededor parecía comprender.

Muchos podrían pensar que era demasiado joven para sentirse así. Él también sabe que esa edad puede hacer que los adultos minimicen lo que atraviesa un adolescente.

Pero el sufrimiento no siempre tiene una edad visible.

Con ayuda de un psiquiatra llegó finalmente un diagnóstico: depresión.

“Todos esos años estaba sufriendo sin que nadie me entienda”.

El segundo intento lo llevó al Hospital Regional San Juan de Dios. Recuerda la emergencia, el tratamiento médico y su propia reacción frente al personal de salud.

Dice que se puso agresivo. Que no quería continuar viviendo. Que sentía que quienes lo atendían estaban obligándolo a permanecer con vida.

Hoy recuerda también los rostros de sus padres cuando llegaron.

Son imágenes que no desaparecieron.

Con el paso de los años, tratamiento médico y una vida que logró reconstruir, aquella madrugada adquirió otro significado.

“Ahora, con más años encima y con un tratamiento médico, puedo decir gracias”.

Nunca volvió personalmente para decirles a quienes lo atendieron cuánto significó aquella intervención. Ahora dice que es cristiano y que, desde su fe, considera que quienes participaron en salvarle la vida merecen una bendición.

La historia no termina en aquella madrugada.

Y justamente ahí comienza una de las conversaciones más difíciles sobre el suicidio: sobrevivir a una crisis no significa que todos los problemas desaparezcan de inmediato, pero sí significa que existe la posibilidad de que la historia continúe.

Una cifra que tiene 185 rostros

En Tarija, hablar de prevención del suicidio dejó de ser solamente una actividad de septiembre.

Los datos disponibles muestran una problemática que se extiende durante todo el año.

En agosto de 2026 se informó que 185 personas murieron por suicidio en Tarija durante los últimos cinco años. En ese mismo contexto se anunció un programa de prevención de salud mental dirigido inicialmente a unos 4.000 estudiantes de 20 unidades educativas.

La población joven aparece de manera reiterada entre los grupos que requieren mayor atención. Reportes locales señalan que las personas de entre 15 y 25 años están entre los grupos más afectados, mientras que estudios presentados en Tarija han advertido sobre elevados niveles de síntomas depresivos entre adolescentes y jóvenes.

Pero las edades no cuentan toda la historia.

Porque el suicidio no pertenece exclusivamente a los adolescentes.

Una persona de 58 años también puede llegar a sentir que no existe una salida.

“¿Qué iba a ser de mí?”

Tiene 58 años y todavía recuerda con claridad el momento que la llevó a tomar una decisión que hoy intenta comprender desde otra perspectiva.

Su historia comenzó con una ruptura.

Su esposo decidió terminar la relación para irse con otra mujer, con quien ya tenía un hijo.

Para ella no se trataba únicamente de perder una pareja.

Había una dependencia emocional, pero también económica.

“¿Qué iba a ser de mí?”, se preguntó.

La angustia por el futuro se mezcló con la sensación de haberlo perdido todo.

“Lo más fácil que vi fue irme”.

Sobrevivió.

Quedaron secuelas físicas y emocionales. Asegura que durante un tiempo no se arrepintió de lo ocurrido. Hoy interpreta aquella experiencia de otra manera.

“Ahora pienso que todo pasa por algo. Dios dijo que por alguna razón me tenía que quedar aquí. Aún no sé por qué, pero aquí sigo en la lucha”.

Su relato muestra una dimensión que a veces queda fuera de las estadísticas: las crisis suicidas también pueden aparecer en adultos que enfrentan rupturas, dependencia económica, abandono, duelos o cambios radicales en su proyecto de vida.

No existe una sola edad para sentirse sin salida.

Tampoco existe una sola causa.

El propio INTRAID ha insistido en que la conducta suicida es multifactorial y puede estar relacionada con pobreza, conflictos intrafamiliares, problemas emocionales, bullying y dificultades en las relaciones sociales.

La Organización Panamericana de la Salud también advierte que detrás de la problemática pueden confluir depresión, consumo de sustancias, violencia, abuso, discriminación y dificultades para acceder oportunamente a servicios de salud mental.

El joven que dejó su casa para estudiar y trabajar

Tiene 20 años.

No nació en Tarija. Llegó desde una provincia para estudiar y trabajar porque su familia tiene dificultades económicas y existen deudas que deben pagar.

Extraña su casa.

Extraña a sus padres.

Extraña incluso a sus animales.

Pero volver a visitarlos significa gastar dinero que podría destinarse a las deudas.

Entonces se queda.

Trabaja.

Estudia.

Aguanta.

Y, poco a poco, la soledad comienza a pesar más.

“No tengo amigos ni compañeros en el trabajo”.

En la universidad, además, recibe burlas por su ropa y sus zapatos.

Hay días en los que decide no comer para ahorrar.

No quiere revelar dónde trabaja. Tampoco quiere que su historia sea utilizada para identificarlo.

Habla de presión económica, aislamiento y cansancio.

Un día quedó solo en su habitación durante una crisis.

Después recuerda haber imaginado a sus padres.

“Los vi como si fuera un sueño”.

Eso, dice, fue suficiente para que intentara salir de aquella situación.

La casera llamó a los bomberos. Fue trasladado a un hospital y posteriormente derivado al INTRAID porque no tenía dinero para acceder a profesionales privados.

Habla de los trámites, las fichas y las esperas. También reconoce algo que para él ha sido fundamental: sentirse escuchado.

“Es el único lugar donde me siento escuchado realmente”.

Dice que las enfermeras lo saludan, que son amables y que esa atención humana también importa.

No volvió a tener un intento, pero reconoce que la soledad y la presión económica siguen presentes.

Su mensaje es sencillo:

“Piensen más allá de irse, a quién dejan atrás”.

Su historia pone sobre la mesa otra pregunta: ¿qué ocurre cuando una persona necesita ayuda, pero el costo, la distancia, el trabajo, los estudios o la falta de una red familiar cercana hacen que pedirla parezca imposible?

Cuando una pelea parece el fin del mundo

Tiene 25 años y habla de su historia con una mezcla de vergüenza y arrepentimiento.

“No es nada emotiva tal vez. Debo ser la persona más egoísta que llegaste a entrevistar”.

Aquella noche estaba tomando con su novio.

Discutieron.

Se insultaron.

La pelea continuó incluso después de llegar a la casa.

Él dijo que terminarían la relación.

Ella sintió que no podía soportarlo.

En medio de una crisis tomó una decisión impulsiva.

Hoy lleva en los brazos las cicatrices que le recuerdan aquel momento.

Las llama “mis dos amigas”, aunque detrás de esa expresión existe una historia que todavía duele.

“Quería obligarlo así a quedarse conmigo”.

No pensó en su madre.

Tampoco en su abuela.

Después de permanecer internada en el INTRAID durante algunos días, la relación terminó de todas maneras.

Ella quedó con las consecuencias.

Su madre ya no la mira de la misma forma, asegura.

Su abuela, antes de fallecer, nunca llegó a perdonarla completamente.

“Si me arrepiento”.

Y luego lanza un mensaje dirigido especialmente a los jóvenes:

“No hagan eso, chicos”.

Su relato recuerda algo que los especialistas repiten: una crisis puede ser transitoria, mientras que sus consecuencias pueden permanecer durante años.

Por eso la prevención no consiste únicamente en hablar del suicidio cuando ocurre una tragedia. También implica enseñar a reconocer una crisis, manejar conflictos, buscar ayuda, reducir el acceso a medios letales durante una situación de riesgo y construir redes de apoyo antes de que una persona llegue al límite.

54 casos relacionados con conducta suicida en 2026

El problema continúa apareciendo en los registros locales.

Hasta septiembre de 2026, el INTRAID reportó 54 casos relacionados con conducta suicida atendidos desde enero. La cifra incluye autolesiones, ideación suicida, pensamientos negativos y otros cuadros o patologías asociados a la conducta suicida.

La mayor concentración corresponde al grupo de 10 a 18 años, mientras que los casos de personas adultas representan una proporción menor.

El dato requiere una precisión: estos 54 casos no equivalen a 54 intentos de suicidio ni a 54 muertes. Se trata de una categoría más amplia de situaciones relacionadas con conducta suicida atendidas por la institución.

La diferencia es importante porque hablar de salud mental únicamente a partir de muertes deja fuera a miles de personas que atraviesan crisis, autolesiones, ideación suicida o cuadros depresivos y que pueden recibir ayuda antes de que ocurra una tragedia.

El INTRAID, entre la demanda y los límites del sistema

Las historias también llevan inevitablemente hasta las puertas del Instituto de Prevención, Tratamiento, Rehabilitación e Investigación de Drogodependencias y Salud Mental, INTRAID.

El instituto atiende problemas relacionados con salud mental y consumo de sustancias y recibe pacientes de Tarija, sus provincias y también de otras regiones del sur del país.

En octubre de 2024, su dirección ya había advertido públicamente sobre alta demanda y escasez de recursos humanos, señalando que los turnos podían otorgarse con esperas de dos a tres semanas.

En 2025, especialistas del instituto alertaron además sobre el incremento de problemas relacionados con depresión, ansiedad y adicciones, y señalaron que algunas personas llegan a consulta cuando los cuadros ya están avanzados.

En cuanto a las internaciones, un reporte de 2026 recogió que predominan los trastornos relacionados con el consumo de alcohol y drogas, seguidos por cuadros psicóticos, discapacidad intelectual asociada a trastornos mentales y episodios depresivos graves. En consulta externa aparecen con frecuencia ansiedad, depresión, conflictos familiares y problemas vinculados al consumo de sustancias.

Esto ayuda a explicar por qué hablar de un INTRAID “colapsado” no debe entenderse únicamente como una frase dramática: la institución viene enfrentando desde hace años una presión creciente sobre sus servicios, relacionada con salud mental y consumo de sustancias.

Organizaciones juveniles y actores sociales también han advertido que la capacidad de atención resulta insuficiente frente a la demanda y han pedido mayor infraestructura y profesionales.

El desafío, por tanto, no consiste únicamente en abrir más espacios cuando ocurre una emergencia.

También está en evitar que las personas lleguen a ese punto.

Una ley existe. El reglamento todavía es una deuda

Tarija cuenta desde octubre de 2024 con la Ley Departamental N.º 493 de Salud Mental en el Marco de Derechos Humanos.

La norma establece un sistema integral de salud mental y contempla mecanismos de coordinación institucional, promoción, prevención, atención y protección de derechos. También prevé un Comité Departamental de Salud Mental y un Observatorio Estadístico, además de acciones vinculadas con la prevención y detección temprana en el ámbito educativo.

El problema aparece en el siguiente capítulo.

La reglamentación.

En diciembre de 2025, el Consejo Social de Salud denunció que la ley llevaba más de un año sin reglamento de aplicación. En octubre de ese mismo año, representantes del sector ya habían reclamado que la falta de reglamentación impedía poner en marcha varios de los mecanismos previstos.

La situación continuó durante 2026.

En febrero, el Comité Departamental de Salud Mental señaló que una de sus prioridades era precisamente lograr la reglamentación de la Ley 493 y fortalecer la prevención y detección temprana.

En julio, la Asamblea Departamental informó sobre una mesa técnica interinstitucional y social destinada a trabajar en la reglamentación de la norma.

Y en septiembre, el Comité Departamental volvió a plantear a la Gobernación la realización de una cumbre para construir un plan de acción interinstitucional. Su presidenta señaló que la propuesta de reglamentación ya había sido trabajada, pero todavía no se había concretado su aprobación.

Es decir: Tarija tiene una norma departamental específica sobre salud mental, pero su implementación ha sido cuestionada públicamente por la falta de reglamentación.

En el ámbito municipal existen otras herramientas relacionadas con protección y atención social, aunque no equivalen a una ley municipal integral y específica de prevención del suicidio.

Por ejemplo, la Ley Municipal N.º 404 permitió la implementación de la línea gratuita 175 “Mujer no estás sola”, destinada a brindar atención y contención a mujeres víctimas de violencia y también apoyo en situaciones de crisis emocionales.

En febrero de 2026, el Comité Departamental de Salud Mental planteó además la necesidad de promover normas municipales que permitan recuperar gabinetes psicológicos en unidades educativas mediante iniciativas como “Escuela Sana”.

Mientras tanto, en agosto de 2026 se puso en marcha un programa que llegará inicialmente a 20 unidades educativas y aproximadamente 4.000 estudiantes, con talleres de prevención, detección de casos y derivación a atención especializada.

La diferencia entre tener una norma y conseguir que esa norma funcione en hospitales, colegios, barrios y comunidades puede parecer burocrática.

Para alguien que está pensando en quitarse la vida, no lo es.

El problema de no tener datos completos

Otra dificultad aparece cuando se intenta responder una pregunta básica:

¿Cuántas personas están atravesando realmente una crisis de salud mental en Tarija?

Un reporte publicado en junio de 2026 advertía que el departamento todavía enfrenta problemas para contar con información sistematizada que permita conocer con precisión cuántas personas padecen depresión, cuántos intentos de suicidio se registran anualmente o qué municipios concentran los mayores factores de riesgo.

La Ley 493 contempla precisamente la creación de un Observatorio Estadístico de Salud Mental.

La falta de información consolidada dificulta comparar periodos, identificar zonas críticas, conocer edades y género con precisión, evaluar programas y determinar dónde deben concentrarse los recursos.

Porque prevenir también significa medir.

No existe una sola causa

Las historias de los cuatro sobrevivientes muestran algo que también aparece en los informes institucionales: no existe una explicación única.

Una persona puede estar enfrentando depresión.

Otra, una separación.

Otra, violencia.

Otra, pobreza.

Otra, consumo problemático de alcohol.

Otra puede sentirse completamente sola.

Y otra puede experimentar varias de esas situaciones al mismo tiempo.

Por eso los especialistas hablan de una problemática multifactorial. El INTRAID ha mencionado entre los factores presentes en los casos atendidos la pobreza extrema, los conflictos familiares, los problemas emocionales, el bullying y las dificultades con los pares.

La salud mental tampoco puede separarse del consumo de alcohol.

En Tarija, especialistas han alertado sobre el inicio cada vez más temprano del consumo de bebidas alcohólicas y sus vínculos con violencia, abandono, deserción escolar, bullying, estrés y ansiedad.

En septiembre de 2026, la Defensoría de la Niñez también informó sobre un incremento del consumo de alcohol entre menores y señaló la coordinación con el INTRAID para atender estos casos.

El país también comienza a cambiar el enfoque

Bolivia cuenta actualmente con un Plan Plurinacional de Salud Mental 2026-2030, aprobado mediante Resolución Ministerial N.º 0531.

El documento propone llevar la atención de salud mental hacia el primer nivel de atención, fortalecer la prevención y establecer acciones específicas frente al suicidio, el ciberacoso y otros factores que afectan especialmente a niños, adolescentes y jóvenes. También plantea la integración de la atención de salud mental al Sistema Único de Salud.

La OPS, por su parte, ha señalado que Bolivia avanzó en la construcción de un Plan Nacional de Prevención del Suicidio y ha insistido en la necesidad de abordar el problema desde una perspectiva comunitaria, con redes de apoyo y acceso oportuno a profesionales capacitados.

Pero entre una política escrita y una persona que necesita ayuda existe un largo camino.

Ese camino pasa por el colegio.

Por la familia.

Por el centro de salud.

Por el hospital.

Por el psicólogo.

Por el psiquiatra.

Por la capacidad de pagar o no pagar una consulta.

Por el tiempo disponible.

Por la distancia.

Por la posibilidad de hablar sin ser juzgado.

Y, muchas veces, por una sola persona que decide preguntar:

“¿Estás bien de verdad?”

¿Qué puede hacer una familia?

Las señales no siempre son evidentes.

El Ministerio de Salud recomienda prestar atención a cambios importantes en el comportamiento, aislamiento progresivo, expresiones de desesperanza o deseos de desaparecer, alteraciones bruscas del estado de ánimo, cambios en el sueño y el rendimiento académico, entre otras señales.

Pero escuchar no significa interrogar.

Tampoco significa decir “hay gente que está peor”, “tienes que ser fuerte” o “eso es solamente una etapa”.

Significa quedarse.

Preguntar.

Tomar en serio lo que la persona está diciendo.

Y facilitar que reciba atención profesional.

Una persona que atraviesa una crisis suicida no necesita necesariamente que alguien encuentre las palabras perfectas.

Muchas veces necesita que alguien no se vaya.

La prevención también está en cómo se cuenta la historia

Para un medio de comunicación, hablar de suicidio implica una responsabilidad adicional.

La Organización Mundial de la Salud advierte que la manera de informar puede influir tanto positiva como negativamente en la prevención. Recomienda evitar la descripción explícita de los métodos, los lugares, imágenes relacionadas con el hecho y los titulares sensacionalistas.

También recomienda ofrecer información sobre ayuda, contar historias de recuperación y evitar reducir un suicidio a una sola causa.

Por eso esta historia no explica cómo ocurrieron los intentos.

No muestra escenas.

No convierte una crisis en espectáculo.

La mirada está puesta en quienes sobrevivieron.

Porque ellos tienen algo que las estadísticas no pueden contar:

lo que ocurrió después.

El hombre que a los 16 años no encontraba un objetivo y que hoy agradece que lo hayan salvado.

La mujer de 58 años que pensó que su vida había terminado después de perder a su esposo y que hoy dice que continúa “en la lucha”.

El joven de 20 años que dejó su provincia, llegó a Tarija por necesidad y todavía pelea contra la soledad y la presión económica.

La mujer de 25 años que lleva cicatrices en sus brazos y reconoce que una crisis no logró conservar una relación, pero sí dejó heridas que permanecieron.

Cuatro edades.

Cuatro historias.

Cuatro razones diferentes.

Y una misma conclusión:

una crisis puede hacer que la muerte parezca una salida, pero una crisis no es toda una vida.

Cuando la emergencia termina, comienza otra batalla

El problema de la prevención no termina cuando una ambulancia llega.

Tampoco cuando una persona abandona un hospital.

Después comienza una etapa menos visible: el seguimiento.

La Organización Mundial de la Salud señala que las personas que ya realizaron un intento requieren especial atención y seguimiento, porque el riesgo puede mantenerse. El acompañamiento comunitario y el contacto continuado con los servicios de salud forman parte de las estrategias de prevención.

Eso significa que salvar una vida no puede reducirse a mantenerla con vida aquella noche.

También significa ayudarla a reconstruir las razones para quedarse.

A veces será tratamiento psiquiátrico.

A veces psicoterapia.

A veces apoyo familiar.

A veces solucionar una situación de violencia.

A veces intervenir frente al bullying.

A veces tratar una adicción.

A veces ayudar a una persona a encontrar un lugar donde pueda hablar sin miedo.

Generalmente será una combinación de varias cosas.

“Aquí sigo en la lucha”

En las historias de quienes sobrevivieron no hay finales de película.

No todos dicen que despertaron al día siguiente felices.

No todos aseguran que sus problemas desaparecieron.

No todos tienen una respuesta para explicar por qué llegaron al límite.

Uno todavía carga con la soledad.

Otra con las secuelas físicas.

Otro con los recuerdos de aquella madrugada.

Otra con las cicatrices que mira todos los días.

Pero están aquí.

Y esa palabra —aquí— puede parecer pequeña.

No lo es.

Porque detrás de ella hay tratamiento, familias, hospitales, profesionales, errores, oportunidades, recaídas, conversaciones y tiempo.

Mucho tiempo.

La prevención del suicidio no consiste en convencer a alguien de que la vida es perfecta.

Consiste en ayudarle a comprender que una vida que hoy duele puede cambiar, que una crisis puede pasar, que pedir ayuda no es una derrota y que ningún problema debería ser enfrentado completamente a solas.

Tarija tiene leyes, programas, instituciones y profesionales.

También tiene una demanda que crece y una capacidad de atención que ha sido cuestionada reiteradamente.

Tiene 185 muertes registradas en cinco años.

Tiene 54 casos vinculados a conducta suicida atendidos por el INTRAID hasta septiembre de 2026.

Tiene adolescentes que necesitan ser escuchados.

Adultos que atraviesan duelos.

Familias que no saben cómo actuar.

Personas que no tienen dinero para pagar atención privada.

Y sobrevivientes que hoy pueden contar aquello que, durante mucho tiempo, no pudieron decir.

Quizás por eso la prevención comienza mucho antes de una emergencia.

Comienza cuando alguien pregunta.

Cuando alguien escucha.

Cuando una familia deja de pensar que hablar de salud mental es una vergüenza.

Cuando un colegio detecta una señal.

Cuando un médico pregunta cómo está emocionalmente su paciente.

Cuando una autoridad convierte una ley en presupuesto, personal y servicios.

Cuando una institución que está al límite recibe los recursos que necesita.

Y cuando como sociedad dejamos de preguntarnos solamente “¿por qué lo hizo?” para empezar a preguntar “¿qué estaba pasando antes y cómo pudimos haberlo acompañado?”

Porque detrás de cada cifra hay una persona.

Y detrás de cada persona que sobrevive, todavía existe una historia que puede continuar.

¿Necesitas ayuda? No estás solo/a

INTRAID – Instituto de Prevención, Tratamiento, Rehabilitación e Investigación de Drogodependencias y Salud Mental

Dirección: calle Junín, a pocos metros del Hospital Regional San Juan de Dios, Tarija.

Teléfono: 466-43157

El INTRAID brinda atención en salud mental, incluyendo atención psicológica y especializada para personas que atraviesan crisis emocionales, depresión, ansiedad, consumo problemático de sustancias y otras dificultades relacionadas con la salud mental.

Si tú o alguien cercano está atravesando una crisis y existe riesgo inmediato de hacerse daño, no lo dejes solo. Busca ayuda profesional y acude a un servicio de emergencia.

Hablar no es molestar. Pedir ayuda no es debilidad. Una crisis puede pasar.

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