LA MARCHA POR LA VIDA Y LA HISTORIA DE TRAICIONES

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por: Max Murillo Mendoza

Mi padre, dirigente de base, en coherencia con las determinaciones de
los sindicatos mineros de Catavi y Siglo XX, participó en la marcha
por la vida junto a sus casi 10 mil compañeros pidiendo que no se
cierren las minas nacionalizadas. Eran las jornadas de agosto de 1986.
Pero él siempre nos alertaba con sus broncas de trabajador de base:
las dirigencias nunca quisieron cambios y revoluciones, sólo mantener
sus privilegios en las cúpulas dirigenciales.

Cuando fracasó esa marcha y se vino el despido de los mineros junto a
sus familias, que fue una de las tragedias humanas menos investigadas,
mi padre se enfrascó en una terrible discusión con Filemón Escobar, a
quién le dijo en su rostro que era uno de los traidores de esas
jornadas. Pues, eran amigos desde siempre; pero esos momentos no eran
para menos. Con el paso del tiempo, después de la muerte del
proletariado minero. Mi padre y su familia ya en Cochabamba, cuando
buscaba trabajo y nadie le recibía, porque era un “comunista de las
minas”, se dedicó algunos momentos a reflexionar sobre ese pasado
minero. Estas líneas son el recordatorio de esas conversaciones.

Contaba él que el día de las traiciones, el ejército había desplegado
todo su poder en Cala Marca. Todavía los mineros estaban dispuestos a
morir, pues ya no perdían nada. El ambiente era caldeado y de mucha
bronca. La noche anterior se olía un ambiente de traiciones, porque se
desplegaron rumores de que había que negociar. Esas eran las órdenes
de los dirigentes. Por supuesto que las bases no estaban de acuerdo,
que los semejantes sacrificios hasta llegar a La Paz, no debían ser en
vano sino en favor de algo positivo.

De hecho, el día de la derrota frente al ejército, ningún dirigente
estaba con las bases. Pues ya sabían o habían negociado la rendición
de los mineros, a espaldas de los mineros. Las excusas: salvar vidas y
mejores condiciones económicas para los despidos. Como siempre, se
rumoreaba también de los famosos maletines de dólares. Costumbre muy
boliviana en la política. Lo cierto es que ese día nada se pudo hacer,
las direcciones ya habían negociado la rendición de las bases.

En el retorno a los campamentos mineros, sólo quedó la bronca y la
nostalgia de los buenos tiempos, acompañados de música y farra. Era el
despido de la minería nacionalizada. La bronca de mi padre con Filemón
Escobar se dio algunos años después en Cochabamba. Yo vi esa discusión
casi enardecida entre los dos; después se calmaron y siguieron
recordando aquellos años. Filemón ciertamente tenía sus razones de
aquellas jornadas; pero no la suficiente objetividad de los hechos.

Mi padre, ahora un viejito de casi 90 años, sigue pensando lo mismo:
fue una traición de las dirigencias cupulares, privilegiadas y
burguesas. Como dice él. Que jamás buscaron cambios y revoluciones.
Que disimulaban. Que actuaban. Sólo aprovechaban sus situaciones de
privilegios, sean económicos, de becas para sus hijos y parientes,
etc, etc. Porque esos privilegios, pues nunca tendrían en una
revolución. Decía mi padre.

En la distancia imperdonable del tiempo, con la poca costumbre de la
crítica quizás por el miedo a reconocer terribles errores y culpas, se
sigue nomás recordando aquellas jornadas como si fueran un mito. Algo
glorioso y apoteósico. Hipocresía de quiénes encubren los verdaderos
hechos y la derrota humillante de ese proletariado que había hecho
nada menos que la revolución del 52. La única revolución que Bolivia
tuvo en su historia.

Ese proletariado que fue sacrificado por las cúpulas dirigenciales,
expulsados de los campamentos mineros hacia todas las ciudades del
país, donde nunca les recibieron bien. Que pagaron un precio muy alto
por su patriotismo y entrega desprendida a todo el país. Y pues, hoy
se les recuerda como si aquellas bases fueran idílicas y parte de las
bellas jornadas revolucionarias. En fin.

La intelectualidad pequeño burguesa, que es parte de este engranaje de
las traiciones, jamás se puso ni siquiera a sospechar de todo eso. Se
dedicó más bien de enaltecer a los traidores, como grandes dirigentes
mitificados y glorificados. Las bases no merecen mayor atención. Son
sólo los desconocidos por la historia, los anónimos que dieron su
sangre para la plusvalía burguesa de las dirigencias. De ellos por
supuesto nada se escribirá, porque no son historia.

De aquellas jornadas ciertamente heroicas, quedan muy pocos en las
ciudades. Familias destruidas en las migraciones a las ciudades,
historias de incorporaciones a otras batallas, recuerdos no muy
alegres ni mucho menos, sino de sufrimientos. Quizás sobre esos
cadáveres la historia tendría que hacer un ejercicio distinto, de ver
lo micro de aquellas vidas que sólo soñaban en un país más justo. Pero
que las dirigencias, tan privilegiadas por la historia, sean
estudiadas por instrumentos donde la crítica sea la lupa más
utilizada.

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