por: Max Murillo Mendoza
El mundo, no cabe duda, está en una encrucijada e incertidumbre total,
respecto de las coordenadas económicas y políticas. Todo eso ha
coincidido con la hecatombe de los distintos socialismos, a lo largo
del mundo. Que en la mayoría de los casos han terminado en corruptelas
generalizadas, como en el caso de Venezuela, Argentina, Nicaragua,
Ecuador y Bolivia. En Bolivia eso de “reserva moral” sólo era una
trampa para asaltar las arcas del Estado, a nombre de extrañas
creencias de que algunos sujetos están destinados al altar del poder,
porque el destino manifiesto así lo dice. Los resultados han sido
demasiado evidentes: corrupción generalizada y socializada.
Por supuesto que no habrá crítica de dichos procesos. Porque no hay
crítica donde no existe consciencia básica de los sucesos reales. En
general, en América Latina, la costumbre es que los demás tienen la
culpa, nunca el culpable o los culpables. Por eso la ausencia de
crítica básica. En lo intelectual todavía peor. En realidad, en
Bolivia no tenemos intelectualidad, sino militancia por la
sobrevivencia.
En resumen, nos encontramos en la incertidumbre absoluta como
sociedad. Si bien el mundo está también desordenado y caótico; lo
nuestro es enfermedad propia. Es virus propio. Es brutal costumbre de
no tener un destino institucional y estratégico. El caos y la
desestructuración económica como social, con sus colaterales en los
constantes conflictos sociales que se desbordan en republiquetas
independientes, de manera irracional y anti nacional.
Por tanto, los bolivianos ya tenemos en la sangre los genes de la
incertidumbre como método de vida. Es decir, somos especialistas en la
sobrevivencia. Pues la sobrevivencia, el día a día como arte de saltar
obstáculos de toda índole: económica, social, corrupta, politiquera,
burocrática, etc, hace que sean insumos bolivianos muy típicos de
nuestra manera cultural, para seguir vigentes en este país.
En Bolivia la incertidumbre se hace inercia, como enfermedad social y
cultural que cruza clases sociales y todas las culturas. Pero con
enormes y brutales circunstancias e injustas en las clases bajas y
pobres. Sobre todo, en los niños, mujeres, ancianos y jóvenes sin
ningún apoyo de nuestra sociedad. Poblaciones que son las enormes
mayorías de nuestro país. Al final, la clases altas y medias tienen
más posibilidades de mejor sobrevivencia en estas circunstancias, para
todos absolutamente injustas.
Pero debe estar claro que lo inseguro, vulnerable e incierto en lo
cotidiano, es catástrofe total como modo de vida. Entra en el
denominativo de increíble; pero cierto. La especialidad de la
sobrevivencia como sociedad, no es recomendable desde ningún punto de
vista. Es antihumano. De hecho, no es ético y moral. Porque todo eso
nos lleva a optar por formas de sobrevivencia en la ilegalidad, en
aquellas economías subterráneas del narcotráfico, del contrabando, de
la minería ilegal o la destrucción de nuestros bosques y selvas.
En esta cruel costumbre de la sobrevivencia, seguimos siendo potencia
en todo desde siempre. Potencialmente somos un país rico. Pero, a
estas alturas ya debería ser un insulto seguir siendo potencia y no
realidad.
Sin embargo, cortar de raíz estas tragedias costumbristas y mentales
no tienen recetas. Los discursos no alcanzan para cambiar estas
costumbres, enraizadas hasta los tuétanos de nuestro espíritu. Tienen
que ver con estructurales maneras de modificar la política y el
sistema educativo boliviano. Para enterrar ese pesado pasado que no
permite cambiar, modificar, lanzarnos a otros escenarios distintos y
desafiantes.
Existen experiencias mundiales, como la de Corea del sur o Singapur y
otros países, que salieron de la miseria y la pobreza hacia estándares
más interesantes en lo económico y social. Cambiaron totalmente sus
instituciones y Estados, para saltar de la miseria material y humana y
convertirse en países que pueden ofrecer un mejor presente y futuro a
sus poblaciones. Quizás sea hora de copiar algo de eso para nuestro
país. Pues no existen los inventos milagrosos, sólo el devenir de la
experiencia humana.
Y ante la trampa de que todo es complejo y difícil, es todo lo
contrario. Sólo es asunto de voluntad política y fuerza moral para
cambiar las cosas. Pero no tenemos líderes a la altura de esos insumos
patrióticos, motores y posibles para cambiar y romper la enfermedad de
la incertidumbre. El miedo es complicidad para no cambiar nada. Todos
los análisis y comentarios de los analistas nos llevan al desánimo
generalizado: todo es complejo y difícil. Es decir, nada se puede
hacer ante la furia de la inercia, de la incertidumbre y la ausencia
del principio de autoridad. Pues, semejantes mentiras son parte del
sistema corroído y podrido de la incertidumbre boliviana.
Nuestro país, nuestra patria se ha acostumbrado peligrosamente a la
brutalidad de la incertidumbre. Porque eso desde siempre favorece a
los negociantes del caos, del desorden, de la destrucción
institucional, de la fuerza bruta e irracional. Pero eso se puede
romper como nos han demostrado tantos países en el mundo. Necesitamos
romper esa maligna maldición de la incertidumbre, al final los métodos
ya no importan. Los resultados sí los necesitamos.





