Las motocicletas son hoy un medio de transporte fundamental para miles de tarijeños. Son prácticas, económicas y, utilizadas correctamente, representan una alternativa de movilidad válida y necesaria. El problema no son las motos. El problema es el creciente descontrol de quienes han decidido conducirlas como si las calles de Tarija fueran un territorio sin normas.
Cada día es más evidente que una parte de los motociclistas incumple las disposiciones más elementales de Tránsito. Se circula sin respetar señales, se realizan maniobras peligrosas, se transita por lugares indebidos y, en algunos casos, la velocidad y la imprudencia parecen imponerse por encima de la seguridad de peatones y conductores.
A esto se suma uno de los mayores reclamos de la ciudadanía, el ruido ensordecedor provocado por motocicletas con escapes libres o modificados. Basta caminar por el centro de la ciudad o recorrer cualquier avenida para comprobar cómo el ruido de algunos vehículos se ha convertido en una forma permanente de contaminación acústica. No se trata de una simple molestia. Es una falta de respeto hacia quienes viven, trabajan, estudian o necesitan descansar.
Pero el desorden no termina cuando la motocicleta deja de circular. Muchas se estacionan donde sus conductores encuentran un espacio, apropiándose de aceras, esquinas, entradas y espacios destinados a peatones o vehículos. En algunos sectores, decenas de motocicletas ocupan grandes extensiones de la vía pública sin que exista una organización adecuada ni un control efectivo.
Una vez más, es necesario insistir, no se trata de perseguir a los motociclistas ni de cuestionar un medio de transporte. La mayoría utiliza su motocicleta de manera responsable, cumple las normas y trabaja honestamente con ella. Pero una ciudad no puede permitir que el incumplimiento de unos pocos termine perjudicando la seguridad y la tranquilidad de todos.
Las normas existen. Lo que falta es hacerlas cumplir.
No sirven los operativos de unos cuantos días que desaparecen después de la primera semana. Tarija necesita controles permanentes. La Policía, Tránsito y las autoridades de transporte vial deben asumir sus responsabilidades y coordinar acciones efectivas para controlar los escapes libres, exigir el uso de las medidas de seguridad, sancionar las infracciones y ordenar el estacionamiento de las motocicletas.
También es necesario que los propios conductores comprendan que la libertad individual termina donde comienza el derecho de los demás. Nadie tiene derecho a convertir su vehículo en una fuente de ruido insoportable ni a utilizar las calles y aceras como si fueran espacios privados.
Tarija merece recuperar el orden.
No podemos seguir normalizando que una motocicleta circule a toda velocidad, con un ruido ensordecedor, ignorando señales y luego se estacione donde mejor le parezca. La ciudad debe tener reglas y esas reglas deben cumplirse.
El problema está identificado desde hace mucho tiempo. Las quejas de los vecinos son constantes. Las consecuencias son visibles. Lo único que parece faltar es la decisión de actuar de manera sostenida.
Las autoridades no pueden esperar a que ocurra una tragedia para recién endurecer los controles. La prevención también es una forma de proteger vidas.
La motocicleta no es el enemigo. La irresponsabilidad, el abuso y la falta de control sí lo son.
Y ha llegado el momento de que Tarija deje de tolerar el descontrol. Porque vivir en una ciudad ordenada, segura y tranquila no debe ser un privilegio, debe ser un derecho de todos los ciudadanos.





