La guerra de las mentiras: la desinformación alimentó 50 días de conflicto, bloqueos y polarización

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Iván Ramos – Periodismo que Cuenta

Mientras Bolivia atraviesa 50 días de bloqueos, enfrentamientos, escasez de combustible, dificultades para el abastecimiento y una creciente tensión política, una batalla silenciosa se libró paralelamente en las redes sociales. No hubo barricadas ni dinamita. Tampoco marchas ni bloqueos físicos. La disputa fue por la verdad.

Miles de bolivianos recibieron diariamente mensajes en WhatsApp, Facebook, TikTok, X, Threads y otras plataformas que mezclaban rumores, fotografías antiguas, audios manipulados, videos fuera de contexto, documentos falsificados e incluso imágenes creadas con inteligencia artificial.

La desinformación dejó de ser un fenómeno exclusivamente digital para convertirse en un actor más dentro del conflicto, capaz de influir en percepciones, decisiones y comportamientos colectivos.

Los verificadores coinciden en que el fenómeno alcanzó niveles pocas veces vistos en el país. A medida que aumentaba la tensión social, también crecía el volumen de contenidos engañosos que circulaban a gran velocidad por teléfonos celulares y redes sociales.

UNA AVALANCHA DE CONTENIDOS ENGAÑOSOS
Marcel Blanco, periodista y verificador de Bolivia Verifica, sostiene que la desinformación fue una constante durante las movilizaciones. Según explica, desde los primeros días comenzaron a reaparecer cuentas que permanecían inactivas y se multiplicaron perfiles dedicados a difundir narrativas políticas extremas, muchas veces utilizando información manipulada o fuera de contexto.

«En este mes fácilmente se han verificado unos 60 contenidos durante el conflicto. Todos los días emitimos informes sobre desinformación», señala.

Blanco advierte que el problema no se limita a la invención de noticias. Por el contrario, una gran parte de los contenidos engañosos utiliza elementos reales para construir conclusiones falsas. Fotografías auténticas, videos verdaderos o declaraciones reales son extraídas de su contexto original y reutilizadas para respaldar narrativas completamente distintas.

«La mayoría es información real, pero sacada de contexto», explica. Y precisamente allí radica uno de los mayores desafíos para quienes intentan combatir la desinformación, porque aquello que contiene una parte de verdad suele resultar más creíble que una mentira completamente inventada.

LO FALSO TAMBIÉN MOVILIZA
Durante los bloqueos circularon versiones sobre una supuesta privatización de la educación, el cierre de empresas públicas, nuevos impuestos para comerciantes minoristas y acuerdos especiales para la venta de combustibles a determinados sectores. Muchas de estas afirmaciones terminaron instalándose en conversaciones cotidianas y fueron asumidas como ciertas por personas que participaban en marchas y bloqueos.

Joaquín Martela, periodista, investigador y verificador independiente, asegura que pudo constatar personalmente el impacto de estos contenidos durante las movilizaciones.

«Preguntaba a algunas personas por qué marchaban y me respondían que iban a privatizar la educación o que les cobrarían impuestos por vender tomate o cebolla. Todo eso era falso», relata.

Para Martela, detrás de estos contenidos existe una intención concreta. No se trata únicamente de errores o confusiones. En muchos casos, la finalidad es provocar una reacción emocional capaz de movilizar a la gente.

«Cuando alguien manipula información busca provocar una reacción. Busca enojo, miedo, rabia o movilización social», sostiene.

LOS EJEMPLOS QUE MARCARON EL CONFLICTO
La lista de contenidos engañosos detectados durante la crisis es extensa. Circularon supuestas cartas de renuncia atribuidas a ministros de Estado que nunca existieron. También aparecieron capturas de pantalla falsas con declaraciones inexistentes de autoridades, comunicados falsificados con logos institucionales y listas de fallecidos o heridos que carecían de respaldo documental.

Uno de los casos más difundidos fue un video grabado en un punto de bloqueo donde se afirmaba que Bolivia había comprometido viviendas y propiedades privadas como garantía para créditos internacionales. Otra publicación aseguraba que el Gobierno había solicitado 75 mil millones de dólares al Fondo Monetario Internacional y que los ciudadanos podrían perder sus bienes para cubrir esa deuda. Ambas versiones fueron verificadas y resultaron falsas.

También se detectaron imágenes generadas con inteligencia artificial utilizadas para ilustrar hechos de violencia sin aclarar su origen digital. En otros casos se reutilizaron fotografías antiguas de protestas o conflictos pasados para hacerlas pasar por acontecimientos recientes, una práctica recurrente que busca reforzar determinadas narrativas aprovechando el impacto visual de las imágenes.

Incluso circularon discursos de odio que calificaban a determinados actores políticos o sociales como «españoles», «croatas» o «extranjeros», alimentando prejuicios y profundizando la polarización en un contexto ya marcado por la confrontación.

LA DESINFORMACIÓN TAMBIÉN ALCANZÓ AL GOBIERNO
Uno de los aspectos más relevantes del fenómeno es que la desinformación no tuvo una sola fuente de origen. Los contenidos engañosos no provinieron únicamente de actores políticos, grupos movilizados o usuarios anónimos en redes sociales.

Los verificadores también observaron casos vinculados a autoridades estatales. Martela recuerda que durante el conflicto se difundió un audio atribuido a Evo Morales como prueba de una estrategia de cercos y bloqueos. Posteriormente se estableció que el material correspondía a otro momento y había sido presentado fuera de contexto.

A ello se sumó la polémica por una imagen difundida desde el Ministerio de Salud que utilizó inteligencia artificial para ilustrar hechos de violencia contra ambulancias sin aclarar adecuadamente que se trataba de una recreación digital basada en acontecimientos anteriores.

«Cuando esto viene de una autoridad, la situación es mucho más grave», advierte Martela, porque la ciudadanía suele otorgar mayor credibilidad a la información proveniente de instituciones públicas.

La principal conclusión es que la desinformación no tuvo color político. Apareció desde distintos sectores, con diferentes intereses y orientaciones ideológicas, demostrando que la manipulación informativa puede convertirse en una herramienta utilizada por múltiples actores cuando la confrontación política se intensifica. /ERBOL

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