TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN EN LA DISTANCIA

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por: Max Murillo Mendoza

Recuerdo bien aquellas comunidades eclesiales de base, en el
entusiasmo revolucionario de los años 70 y 80 del anterior siglo,
cuando la joven revolución nicaragüense y los teólogos de la
liberación en boga. Sobre todo, brasileños y centroamericanos. Como
todo entusiasmo, también era moda en el buen sentido. En muchos casos
las liturgias de domingo, se convirtieron en asambleas del partido
para tener lecturas de un Cristo revolucionario.

En la distancia del implacable tiempo, prefiero aquella iglesia
inquieta y en movimiento muy a pesar de sus limitaciones y errores.
Pues somos nomás humanos, demasiado humanos. Hoy, la iglesia
tradicional católica es un monumento a la inutilidad, a los rezos sin
sentido y sin mensaje cristiano. La iglesia católica es un museo
viejo, sin ideas, sin nociones de cristianismo y lo peor de todo: sin
perspectivas religiosas que den respuestas a estas épocas convulsas.

Las encíclicas del Papa intentan salvar un poco ese rostro envejecido
y sin ideas. Sin compromisos cristianos reales. Pero realmente no es
suficiente, porque el poder terrenal de la iglesia es enorme. Sus
obras son importantes, no cabe duda. Sin embargo, esos espacios sin
mensajes ni compromisos cristianos simplemente no sirven para nada.

La teología de la liberación tuvo la enorme capacidad de movilizar a
sus bases, sobre todo a las más comprometidas por un mundo mejor,
mediante consignas impresionantes que llenaban estadios y calles.
Rezar no era suficiente para cambiar y transformar la realidad. La
iglesia no debería ser opio para el pueblo, sino iglesia para
revolucionar el mundo. Para transformar el mundo. Las reflexiones de
los teólogos de la liberación hicieron temblar las estructuras mismas
de la iglesia.

Qué pena que la iglesia latinoamericana no se haya separado del
Vaticano en aquel momento. Hubiera tenido mucho sentido. Porque el
Papa polaco, tan militante en sus creencias anticomunistas condenó y
proscribió a la iglesia latinoamericana. Pero eso ya es otra historia.

Hoy, la iglesia católica es un recuerdo lejano de aquellos gestos
inquietos y militantes por los cambios sociales. En Bolivia los
obispos y arzobispos apenas balbucean en sus sermones, palabras vacías
sin ni siquiera al menos repetir lo que dice la biblia. Patéticos
viejitos hablando al viento, alejados completamente de nuestras
realidades que están en sus narices.

Ya no existen las comunidades eclesiales de base. Las puertas de la
iglesia se han cerrado. Sus espacios se vacían de gente y sólo quedan
ecos que en nada aportan a los sucesos de nuestro país. Además, con
los terribles acontecimientos de los abusos sexuales, han cerrado
todavía más sus puertas y prefieren esperar mil años más para hacer
algo.

Cierto que están en deuda ética y moral, en deuda cristiana por todos
los horrores de los abusos sexuales a niños y jóvenes. Deuda que no
será pagada, por lo menos en estos tiempos turbulentos. El silencio es
su cómplice y el cierre de sus puertas sólo disimula con las misas de
costumbre, sin sentido alguno, sin alma cristiana y sin ningún síntoma
de cambio para estos tiempos.

Cómo tenían razón los teólogos de la liberación: con sólo rezar no se
cambian las estructuras sociales, no se transforman las realidades. Se
requiere mucho más que rezar para mover almas hacia un mundo mejor.
Teólogos de la liberación condenados al silencio, expulsados de la
iglesia e incluso excomulgados por las estructuras dedicadas sólo al
rezo y la comunión.

Las estructuras envejecidas mental y físicamente de la iglesia, ya no
son esperanzas de cambios en Bolivia. Son parte de los museos de los
recuerdos, dedicados a la contemplación de la muerte y el egoísmo
humano. De la veneración abstracta de aquel Cristo crucificado por su
rebeldía y herejía contra las clases altas judías, hipócritas e
injustas de aquellos tiempos.

Los jóvenes poco tienen que ganar en esta iglesia actual. Que, en
tiempos turbulentos y necesitados de respuestas, la iglesia es un
montón de momias balbuceantes en misas que parecen cementerios. Los
jóvenes prefieren rezar en redes sociales, que escuchar a viejos sin
ideas y sin sintonía con estos tiempos brutales y desestructurados.

Aquella coyuntura de la teología de la liberación, fue una respuesta
concreta y justa en aquellos tiempos también injustos y de dictaduras
sangrientas. Fue el aporte de aquellos curas y monjas que no estaban
dispuestos sólo a perder tiempo con rezar. Que se arriesgaron imitando
el ejemplo de ese Cristo rebelde y hereje. Muchos de ellos murieron
por esas causas. Fueron torturados y encarcelados. Pero fueron
coherentes con su época y sus exigencias.

Muchas veces la historia da sorpresas. En esa esperanza, esperar algún
milagro en estos tiempos violentos y sangrientos vale la pena. Quizás
aparezca algún santo que revolucione y cambie el destino de la
iglesia, de sus dogmas ancladas en el pasado de rezos sin respuestas a
tantas preguntas de estos tiempos turbulentos, injustos,
anticristianos y lleno de historias donde los demonios son los dueños
del poder mundial.

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