La Loma de San Juan: la capilla, los túneles y el relato de un duende
En la antigua villa que hoy es Tarija, donde las campanas de San Juan tiemblan sobre las quebradas y la neblina desciende como un velo de luto entre los viñedos y molles, existe un relato que los ancianos apenas se atreven a murmurar junto al fuego. Dicen que, debajo de la vieja capilla de la loma, existen túneles olvidados donde la humedad huele a muerto y tierra sepulcral. Allí habita una sombra pequeña, un duende vestido con un sombrero negro de alas anchas, tan grande que parece devorarle el rostro.
La Loma de San Juan: la capilla, los túneles y el relato de un duende
La fatalidad es un artífice cruel que trenza nuestras vidas con la misma implacable precisión con la que un sombrerero urde el fieltro. Mi nombre es Andrés, y mi existencia no fue sino el último y más deforme encargo de un hombre arrastrado hasta el abismo por sus demonios.
Mi padre, artesano de oficio, un artista en su trabajo, moldeaba sombreros refinados de copa baja con ala ancha y plana, y cosía ojotas destinadas a recorrer caminos que jamás se iba a transitar. Pero su verdadera maestría residía en el engaño; la chicha, ese vicio que se bebe a sorbos de olvido, convirtió su taller en un templo de adulterio, deudas y estafas.
Cuando vine al mundo, mi llegada no fue una bendición, sino una acusación hecha carne, nací raquítico, con un brazo semejante a una madeja de lana cruda, enredada, de tonos y pálidos, débil e inútil. La piel que me cubre posee blancura cadavérica, como si la sangre hubiera huido de estas venas hace siglos, dejando solo un manto de cera funeraria que la luz rechaza. Mi rostro profundamente alterado, ostenta orejas desmesuradas y finas como alas de quiróptero, que se yerguen hacia las tinieblas, ávidas de cada susurro de risa ajena, como si escucharan el tiempo mismo desmoronarse. Pero son mis ojos lo que parecieron detener su aliento: dos cuencas negras como una quebrada sin fondo, donde la luz muere sin eco; orificios casi sin iris ni reflejo, que parecen que no ven, sino que absorben
Mi padre no vio en mis facciones el milagro de la vida, sino el inventario de todas sus bajezas. Yo era el espejo de sus vicios y engaños, la encarnación de su alma endeudada.
Al verme por primera vez a semanas de mi desafortunado nacimiento, —“¡Malhaya, ‘ste es el malhechu por mi malavida!” —exclamó él, con el aliento saturado de alcohol y mozas —. “¡Wawa, injeliz, malpariu! ¡Taitita, has puenidu tuitus mis pecaus baju la luz, pa’ que los veya”.
En un arrebato de desesperación absoluta, queriendo destruir el espejo que le devolvía su propia fealdad moral, sus manos arremetieron contra mi madre, la dulce Isabel. Ella, que intentó ser el único velo entre mi deformidad y su odio, sucumbió en un silencio de sangre. Tras el horror, mi padre, en un gesto de piedad tardía y macabra, tomó de su taller el pedido que lo había realizado un elegante caballero, una pieza singular: un sombrero de alas vastas, grandes y caídas.
Me lo encajó hasta donde no pudo más. Sus alas, como las de un “silbaco” herido, proyectaron una sombra tan profunda y densa que devoraban mi rostro por completo. Me abandonó en la pila de la capilla de San Juan, huyendo del espectro de mi madre y de la realidad de mi semblante, subió a la cima de la loma. Allí, vio sus ojotas, sintió tan lejano el cielo y tan cerca el abismo de la quebrada, comprendió que no había sombra lo suficientemente larga para ocultar sus pecados, se entregó al vacío, al silencio de una roca.
En la capilla devota al Santo Bautista, declarado por el santo oficio como salvador de esta villa, los padres dominicos me acogieron y me otorgaron un hogar de enclaustro en los túneles del subsuelo de la capilla. Podría decir que mis años fueron miserables, el alba de mi memoria parecía perpetua, la historia de mis padres era balbuceada constantemente por las personas privilegiada con la luz, conversaciones que caían en este abismo sepulcral sin sol.
Pasaron los años, mis cabellos fueron mis únicos juguetes, y una Biblia, mi única maestra. En sus páginas comprendí la desdicha de aquel que, en el silencio de la vigilia de medianoche, se descubre vagando por los corredores laberínticos de su propia alma, solo para hallar el eco de horas solitarias de una lobreguez opresiva.
¿Y qué decir de aquellas vigilias bajo la sombra del desagüe de la pila bautismal? En las mañanas se escuchaban risas forjadas por bendiciones, seguidas de tiernos llantos mientras el murmullo del agua parecía cantar una canción de cuna. Pero en la noche los muros eran guardias de un panteón olvidado, las ramas retorcidas de una higuera parecían esforzarse para entretenerme, se agitaban en un cielo sin viento, gesticulando como dedos anómalos de un gigante, que me regalaban sus dulces frutos. Pero, tal es el legado que las Parcas —esas tejedoras de la desesperación— han destinado para mí, que el horror es frustrado por mis sueños, tal vez estériles de toda alegría, pero con las puertas abiertas a la esperanza.
En esta esperanza, hallo fe, casi de mártir. Me aferro con la tenacidad de un náufrago a encontrar compañía, y comprendo el peligro que se acecha en el olvido. Cada vez que mi pensamiento amenaza con cruzar las rejas e ir más allá, hacia el encuentro inevitable con otro, me obligo a habitar esta oscuridad desoladora pero conocida.
Después de disfrutar un día lleno de risas provenientes desde la luz y no poder conciliar el sueño leí una y otra vez los evangelios, hasta caer rendido, solo la voz de mi madre que me llamaba por mi nombre logró despertarme, para descubrir que la noche había caído de nuevo y que el viejo candado no se hallaba cerrado. Los sueños nacidos desde mi esperanza rompieron las ataduras de mis miedos. Alcé mi sombrero y, con paso calmo y tembloroso, pisé un camino de lajas; respiré un nuevo aire, me despedí del olor fétido y húmedo de mi rincón. Inicie el ascenso por aquellos viejos peldaños, entre pequeñas luces que se filtraban por las grietas del techo. Cuando terminé, la oscuridad reinó por completo. Me vi obligado a arrastrarme por el suelo y en un acto desesperanzador una nueva luz ilumino un laberinto lleno de túneles. En vano extendí mis manos por sus entradas, solo hallé piedra ciega, una muralla infinita que me separaba del mundo de las luces. Tal vez, no estaba subiendo hacia la luz, sino profundizando en la estructura misma de lo que, al parecer llegaría a ser mi propia sepultura.
De pronto, me vi desesperado, corriendo en una interminable y espantosa búsqueda por aquellas paredes cóncavas. Al notar que mis pisadas levantaban menos polvo en uno de los túneles decidí continuar ese sendero. Al llegar al final de la pared vi una claraboya con una puerta de madera. Alcé mi mano útil y pude mover las maderas. Caminé hacia un cuarto donde se alzaba un altar con un Cristo agonizando. Me horroricé ante tal espectáculo; corrí hacia el portal mientras el llanto se adueñaba de mí. El portal pesaba demasiado; mis intentos para abrirlo fueron en vano. Me acurruqué en el único lugar que me sentí protegido, ante los pies de la Madre de Nuestro Señor
El estruendo de la puerta abriéndose me despertó. El miedo me llevo a protegerme detrás de la Virgen. Entró un caballero elegante, acompañado de un grupo de niños. Los pequeños me rodearon; mi extraña vestidura despertó su curiosidad. Y como un cuchillo que disecciona lo que no comprende, me despojaron de mi sombrero y del hábito. Al descubrir lo que las alas del sombrero ocultaban, un pavor irracional se apoderó de ellos. No vieron mi tristeza; solo vieron el pecado de una trágica historia, el “pecado” de mi padre hecho carne.
—“¡Monstruo! ¡Veyan sus ojos!” —gritaron.
Corrí a la pila bautismal, donde me alcanzó la primera piedra, me lapidaron con la furia de quienes creen defenderse de una maldición. De todos los impactos de mi vida, ninguno fue tan demoníaco como la soledad insondable que sentí en cada golpe. Nada de lo soportado antes podía compararse a este terror de lo que ahora estaba viviendo. El elegante caballero me ocultó con mi sombrero. Morí abrazado a la sombra de mi propio sombrero, en un silencio absoluto.
Mi sombrero, fue mi único compañero de vida, un inquilino silencioso de mi celda interior, cuya presencia intuyo tras el espejo de mi propia conciencia. Temo que, si lo dejo, veré por fin mi rostro, el pecado de aquel que camina a mi lado en la oscuridad, compartiendo mi sangre, pero no mi alma. Porque sé, con la certeza racional de un condenado, que el horror que recuerdo no es nada comparado con el horror que soy.
Una noche desperté al pie de la higuera, las uñas y dedos de mi mano útil estaban negros como viejas garras de hierro, heridas, llenas de tierra sepulcral, Me animaron las risas de un niño que jugaba feliz a las escondidas en los alrededores de la capilla. Parecía un buen niño pensé, no tenía piedras en las manos; él amaba jugar entre las sombras, de pronto un grito lo llamó – ¡Simón! – era su madre, corrió a sus brazos y se se llenaron de cariños y abrazos.
Le espere en la higuera, no sé cuántas noches. Cuando lo vi a los lejos lo llamé – ¡Simón! – con la voz de su madre. Nos encontramos y jugamos a los pies de la loma, donde se encontraba una roca. Lo atraje a mi rincón secreto, queriendo que alguien habitara conmigo esta penumbra. Desde este rincón oscuro, observo cómo se repite la historia, una y otra vez, de encierro y muerte.
Debajo el suelo bendecido, en estos túneles olvidados por Dios, siento que la Mamita de Nuestro señor en cada noche nos alcanza su amor maternal. Ya no necesito ocultar mi rostro. Aquí no hay pecados ni miedo. Solo quedamos nosotros, pequeñas sombras olvidadas en el tiempo, habitando un cuento donde el dolor y la soledad han encontrado, finalmente, un lugar donde descansar bajo la sombra eterna de la paz.