Es jueves por la mañana en el “Poderoso P4” y el taller ya está en marcha. La sierra circular corta sin pausa, la cepilladora levanta viruta y el ruido constante arma una rutina que aquí se respeta. No hay apuro desordenado: hay ritmo.
Un interno barniza sillas con cuidado. No se salta pasos. A su lado, otro ajusta tornillos en un gavetero, concentrado, como si cada detalle importara más de lo que parece. Al fondo, las mesas están alineadas, listas para el último sello: “Poderoso P4”. Mañana saldrán rumbo a la unidad educativa Tujsupaya, en Sucre.
Jhonny Germán camina entre las máquinas, da indicaciones breves, corrige, observa. No levanta la voz. El trabajo fluye. Aquí nadie cobra. Es trabajo completamente gratuito. Nadie recibe un centavo. Y, sin embargo, cada mueble sale con precisión, con cuidado, como si en cada pieza se jugara algo más que un encargo.
“Restaurar un pupitre es restaurar la dignidad”, dice José mientras lija una superficie. No se detiene. Mario, desde otra mesa, comenta que cada mueble terminado es una prueba. Pedro agrega que el trabajo honesto es lo único que les permite pensar en otra vida. No lo dicen para la cámara. Lo dicen mientras trabajan.
La junta escolar, encabezada por Diego Lambertín Zapata, buscó esta colaboración. No es la primera vez. Hay confianza en el trabajo del pabellón. Durante semanas, los internos fabricaron y reacondicionaron cerca de 300 muebles: sillas, mesas y estantes sin cobrar por el trabajo.
El director del penal de San Roque, el teniente coronel Alfredo Rolando Miranda Melgar, supervisa el proceso. Habla de seguridad, pero también de oportunidades. Sostiene que estos espacios pueden servir para algo más que el encierro.
El viernes, a las nueve de la mañana, los camiones llegan al colegio. Descargan los muebles uno a uno. Están nuevos. En el patio, los estudiantes esperan.
Esther, de diez años, se acerca a una de las mesas. Pasa la mano por la superficie, se sienta y sonríe. No dice nada, pero se queda un momento más de lo necesario. A su alrededor, los demás niños prueban las sillas, se acomodan, se ríen.
En un colegio donde los muebles estaban desgastados, el cambio es evidente. Los profesores lo dicen sin rodeos. “Ahora nuestros niños se van a sentir contentos, van a poder trabajar mejor”, comenta la profesora Maritza Arancibia, mientras observa a sus estudiantes ocupar los nuevos muebles.
El director, Fidel Huanaco, no oculta la emoción. Agradece el trabajo del pabellón 4 y lo llama un servicio directo a los niños y adolescentes del colegio. “No hay palabras suficientes”, dice.
El profesor Iver Cerezo insiste en lo mismo: el beneficio es para los estudiantes. Agradece a nombre de docentes, padres y alumnos. La idea se repite: esto cambia el día a día en el aula.
Desde los padres de familia, Diego Lambertín Zapata valora el gesto. “Nuestros niños ahora pueden sentirse útiles, cómodos. Prácticamente son muebles nuevos”, señala. Habla en nombre de las familias que ven el cambio no como un lujo, sino como una necesidad cubierta.
Además de los muebles, llegan chocolate y buñuelos. También sin costo. También donados por los internos. Es un detalle, pero marca la jornada. Los niños celebran. Los padres sonríen. Los docentes acompañan.
Los internos no están presentes. Pero están en cada mesa, en cada silla firme, en cada superficie bien terminada.
Las autoridades educativas recuerdan que no es la primera colaboración. Ya ocurrió con otra unidad educativa, donde incluso hubo intercambio: víveres, material de limpieza, apoyo para quienes hicieron el trabajo. Una cadena que se sostiene.
Por la tarde, en el “Poderoso P4”, las máquinas se detienen. Hay una pausa. Se arma una actividad con música. Algunos cantan, otros escuchan. Es otro ritmo, distinto al del trabajo.
En medio de ese ambiente, uno empieza a rapear, otro se anima a leer un texto, alguien más baila. Hablan de compañía, de estar y no estar solos. Nadie interrumpe. El taller cambia por un momento: ya no es ruido de máquinas, es aplauso cerrado y miradas que se sostienen.
El trabajo ya salió de la cárcel. Ahora está libre, en las aulas.
Y en ese recorrido —de la madera al pupitre, del encierro al aula— algo también encontró su lugar./Erbol





