“El Chapaco Alzao”, un himno a la Identidad tarijeña

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La canción «El Chapaco Alzao» es mucho más que una simple tonada o una pieza del folclore regional; constituye un auténtico himno de profundo arraigo y orgullo para el pueblo chapaco de Tarija, un manifiesto poético de identidad, resistencia, reivindicación y justicia que revela al chapaco en toda su dimensión: con sus valores, su idiosincrasia, sus costumbres y sus tradiciones, todas ellas marcadas por un amor incondicional hacia la tierra que lo vio nacer.

Su historia es el resultado de la feliz conjunción de dos talentos excepcionales. La letra pertenece al destacado escritor, periodista y entrañablemente conocido como «el poeta de los niños», Óscar Alfaro (1921-1963). Sus versos, escritos originalmente como poema, capturan con maestría el espíritu combativo, la dignidad inquebrantable y el amor telúrico del campesino chapaco por la tierra que trabaja y que lo sostiene. A finales de la década de 1960, el músico y compositor tarijeño Eduardo Farfán Mealla (1947-2020) tomó el poema de Alfaro y le puso música, que realzaba la fuerza lírica de los versos. Farfán fue fundador del grupo Los de Sama, además de un activo miembro de la Sociedad de Etnografía e Historia de Tarija. Precisamente con Los de Sama, la canción vio la luz pública de manera triunfal en el Festival de la Canción de Protesta en Sucre, en 1969. A partir de ese momento, «El Chapaco Alzao» se difundió rápidamente por todo el territorio boliviano, trascendiendo fronteras y consolidándose como un pilar indiscutible del acervo cultural tarijeño y como una de las expresiones más genuinas de la identidad chapaca.

La composición construye, desde sus primeros versos, una figura arquetípica de raíces ancestrales. El profundo cariño del chapaco por su terruño se manifiesta en una fusión simbólica entre el cuerpo y el paisaje: los verdes del valle y el reflejo platinado del cielo en los ríos se convierten en el poncho y la faja del vestir autóctono. En esta simbiosis, el paisaje deja de ser un entorno externo para volverse piel; el hombre no habita la tierra, sino que la tierra lo habita a él.

En el centro emocional del poema emerge la figura de la moza, «brotada del valle». Esta imagen condensa la razón de ser más íntima del «Chapaco Alzao», el amor transformado en arraigo eterno. Se trata de un estoicismo que nace de la ternura, del vínculo sagrado con la mujer provista del don de dar vida. El verso que anhela que ella «florezca en un hijo» equipara la procreación con la cosecha: el heredero es el fruto humano del valle. Así, el ciclo de la vida humana y el ciclo de la agricultura se funden en una sola verdad inapelable. El hombre no lucha ya por un pedazo de polvo, sino por la continuidad de su estirpe sobre esa tierra que guarda, a la vez, en sus entrañas como matriz y sepultura.

El poema alcanza su máxima intensidad dramática cuando la amenaza latente se materializa en la figura del «doctorcito». Con profunda ironía, la voz poética contrapone la ley escrita al sudor derramado sobre el surco. Se libra allí una batalla retórica en la que el poder de la palabra poética y la verdad inobjetable del trabajo manual derrotan, al poder burocrático, la victoria se brinda por la dignidad inquebrantable de un árbol humano que ha decidido, para siempre, no ser trasplantado.

La estrofa que proclama «Aquí yo me planto firme como un árbol…» constituye un juramento de arraigo absoluto. No es la promesa de un guerrero que luchará hasta alcanzar la victoria; es la promesa de un hombre que ha decidido que su cuerpo y su tierra conforman una sola sustancia indivisible. Sabe que puede ser destruido, pero elige la destrucción antes que la renuncia a su identidad. Es el instante preciso en que la canción de protesta se eleva a la categoría de tragedia clásica: el héroe consciente de su destino, que prefiere morir de pie a vivir de rodillas. El árbol, al final, no se arranca: se muere erguido sobre sus raíces.

En la imagen del chapaco plantado, encontramos a un hombre solo, de pie sobre su terruño, con un relámpago colgándole de la faja y dos puñales brillándole en las cuencas de los ojos. Es el arsenal poético del desposeído. Y ese hombre, pertrechado únicamente con ese arsenal mínimo y absoluto, la mirada afilada y el rayo telúrico de la tormenta, declara que no existe fuerza en el mundo capaz de hacerle soltar el suelo que pisa. Porque ha comprendido, desde la sabiduría profunda de quienes nada poseen, que el miedo es la herramienta primordial de la opresión. El «Chapaco Alzao» ha desterrado el miedo de su pecho, y sus ojos, convertidos en acero, lo dicen todo sin necesidad de palabras.

A lo largo del poema, mediante una serie de preguntas retóricas y comparaciones con elementos naturales, se desmonta la legitimidad de la propiedad privada sobre la tierra. El lenguaje coloquial es la marca de autenticidad de un pensamiento que procede de la experiencia directa del hombre con su entorno.

Los últimos cuatro versos representan el cierre perfecto de una argumentación que ha escalado desde la queja personal hasta la impugnación universal. Son el momento cumbre en que la voz del chapaco se funde con la voz de la naturaleza misma para dictar una sentencia inapelable contra el orden establecido. A través de dos interrogantes imposibles de responder «¿Quién es el que pone linderos al aire? ¿Y quién se hace dueño del agua del río?», el poema evidencia el absurdo de pretender poseer lo que por esencia es libre. La conclusión, constituye un silogismo devastador: si los elementos esenciales para la vida, no admiten dueño, entonces el suelo que se pisa, tampoco admite patrones, por lo que, las palabras finales resuena como un trueno “Y como no hay dueños pa’l aire ni el agua, tampoco hay patrones pa’l suelo que piso”.

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