Todo gobierno que comienza una nueva etapa despierta esperanzas, pero también resistencias. Y cuando el respaldo popular es claro, como el que hoy tiene Rodrigo Paz Pereira, también aparecen intereses que buscan desestabilizar, entorpecer o sembrar dudas.
Los recientes hechos que han generado preocupación —primero el caso de la gasolina adulterada y luego la caída de un avión— no pueden analizarse únicamente como eventos aislados o simples errores administrativos. En momentos políticos sensibles, los errores cuestan caro, pero las infiltraciones cuestan aún más. Y en Bolivia, la historia ha demostrado que las “manos negras” no son una metáfora exagerada, sino una práctica que ha operado muchas veces desde dentro.
Cuando se producen situaciones que afectan la seguridad de la población o la confianza pública, lo primero que se erosiona es la credibilidad del Gobierno. Y la credibilidad es hoy uno de los activos más importantes que tiene Rodrigo Paz. Su liderazgo no solo depende del discurso o del respaldo ciudadano, sino de la eficiencia, la transparencia y el control firme de su equipo.
No se trata de caer en teorías conspirativas, sino de actuar con prudencia y firmeza. En toda estructura estatal pueden permanecer funcionarios leales a gestiones pasadas, operadores políticos con agendas propias o grupos que no ven con buenos ojos los cambios. La transición no siempre limpia completamente los cimientos del poder. Y es allí donde el riesgo se vuelve real.
Rodrigo Paz debe entender que gobernar no es solo tomar decisiones hacia afuera, sino también depurar hacia adentro. Revisar procesos, auditar responsabilidades, fortalecer los mecanismos de control y rodearse de personas cuya lealtad esté con el país y no con intereses subterráneos es hoy una tarea impostergable.
La ciudadanía no quiere excusas ni enfrentamientos innecesarios. Quiere resultados, seguridad y estabilidad. Pero también exige claridad cuando algo falla. Si hubo negligencia, debe sancionarse. Si hubo sabotaje, debe investigarse hasta las últimas consecuencias. Y si existen infiltrados, deben salir del aparato estatal antes de que el daño sea mayor.
Bolivia atraviesa un momento delicado, donde cada error se amplifica y cada rumor se convierte en incertidumbre. Por eso, más que nunca, el Gobierno debe blindarse institucionalmente. No basta con tener buenas intenciones; se necesita control, disciplina y firmeza.
El respaldo popular es una fortaleza, pero también una responsabilidad. Y para preservarlo, Rodrigo Paz debe asegurarse de que dentro de su propio Gobierno no se estén gestando las grietas que la oposición o intereses ocultos podrían aprovechar.
Gobernar es confiar, pero también vigilar. Y en tiempos de cambio, la vigilancia interna es tan importante como la visión de futuro que proyecta nuestro presidente tarijeño.





