Recorrer algunas calles de Virginia o Maryland le evoca a alguien que creció en el valle central de Bolivia. El acento cantado resuena en los parques, el olor a sauce se escapa de alguna ventana los domingos y la nostalgia flota en el aire. La comunidad tarijeña en Estados Unidos ha llegado a crear un rincón que muchos conocen como la segunda Tarija. Pero estar tan lejos del Guadalquivir siempre pesa.
El interés por saber qué pasa en el «pago», escuchar las campanas de San Roque o estar al tanto de los chismes de la plaza principal es una necesidad para no perder la identidad.
Esta comunicación invisible entre el sur de Bolivia y el norte de América sigue viva por la determinación de los migrantes. El tarijeño en el exterior intenta recrear su ambiente, sus sonidos, sus sabores, echando mano de lo que esté a su alcance para sentir que, aunque su cuerpo se encuentre en Arlington, su corazón camina por la calle Sucre.
El reto de la comunicación digital
Pisar suelo americano es un choque cultural y burocrático, sin duda, pues el modelo americano se mueve en otro sentido, en el que la identidad digital es casi tan importante como el pasaporte físico.
Para alquilar un piso, abrir una cuenta bancaria o darse de alta en aplicaciones de servicios, el teléfono móvil es la llave. Las líneas telefónicas importadas desde Bolivia quedan inservibles ante el roaming y la incompatibilidad con los sistemas locales de verificación.
La seguridad informática y el acceso a servicios básicos dependen de una línea local activa desde la primera semana. Muchas plataformas bancarias y gubernamentales solo permiten una autenticación de dos factores con códigos de área locales. Por eso, por una razón técnica y práctica, conseguir un número de Estados Unidos es lo primero que hay que hacer al llegar.
Este requisito posibilita la recepción de los mensajes de texto para la verificación de identidad en aplicaciones laborales, escuelas o simplemente para estar en contacto con otros paisanos que ya radican en el área y así tener una integración más suave al nuevo entorno.
Sintonizando la radio chapaca desde el norte
La radio siempre ha sido una fiel compañera para el tarijeño, pero la diferencia es que ahora la señal no viaja por ondas de radiofrecuencia, lo hace por fibra óptica. Es normal llegar a una casa boliviana en la triestatal de Washington y que lo que se escuche de fondo sea una radio en vivo desde Tarija. Las noticias locales mientras se toma el café de la mañana alivianan la ansiedad de la lejanía.
Los medios lo han comprendido y han ajustado sus canales para atender a esta audiencia distante. Noticieros y radios convencionales ya emiten en HD por la web, conscientes de que significativa parte de su audiencia los escucha desde el hemisferio norte.
Conocer la política local, el fútbol o las fiestas de la zona te abre las puertas para poder chatear con propiedad en el grupo familiar de WhatsApp.
La cocina como refugio de identidad
No hay nada que teletransporte más rápido a un tarijeño a su tierra que el sabor de un buen ají o el aroma del comino recién molido. Los fines de semana son sagrados para preparar platillos tradicionales que llevan tiempo.
Encontrarlos tal cual es una misión casi imposible y muchas familias tienen que viajar kilómetros para dar con el mercado latino que tenga el mote o la papa perfecta para una ranga ranga.
La mesa es el lugar donde se pasan las tradiciones a los hijos nacidos en Estados Unidos; sabores que recordarán por el resto de su vida. Por medio del sentido del gusto, las nuevas generaciones prueban un poco del amor a una tierra que solo conocen en imágenes.
Conservando el calendario festivo
Nadie puede negar que la identidad tarijeña es inseparable de su calendario festivo, y es precisamente por esta razón que las fechas en rojo no se quedan en la frontera.
El pueblo en Estados Unidos se prepara con meses de anticipación para celebraciones como el Jueves de Comadres o el Carnaval. Se alquilan salones comunales, se arman canastas con lo que haya a mano y se baila al son de caja y erke. Estas fiestas tienen una importancia social, que es la de reforzar los vínculos de solidaridad entre paisanos.
Es increíble cómo se repite el ambiente del carnaval en pleno invierno norteamericano. El frío de febrero en el norte no apaga la fiesta. Estos encuentros también tienen el propósito de recaudar fondos, apoyar obras benéficas en Bolivia y presentar en sociedad a las jóvenes de la comunidad.
Y es que continuar con estas tradiciones es la manera más poderosa de expresar que, a pesar de la distancia, Tarija vive en cada abrazo, en cada canción que se canta con el alma bajo el cielo extranjero.





