En Bolivia está ocurriendo algo preocupante: nos estamos acostumbrando a la escasez. Primero se empezó con la falta de dólares, luego vino el uso de las tarjetas de crédito tanto para pagos nacionales como su uso en del exterior, después de hidrocarburos -gasolina y diesel- y ahora hasta de algunos alimentos, pero lo mas preocupante es que ya no solo no nos sorprende sino que parece que lo hemos normalizado. Y eso es un grave error.
Un país no puede caminar hacia adelante resignándose a vivir con carencias básicas. No podemos aceptar como “natural” hacer filas para cargar combustible, pagar precios cada vez más altos por productos de primera necesidad o ver cómo la economía se paraliza por la falta de divisas. Esa resignación nos debilita como sociedad, porque en lugar de exigir soluciones, nos adaptamos a la crisis como si fuera parte del paisaje.
El Gobierno tiene la responsabilidad de garantizar estabilidad hasta su ultimo día que le toque gobernar, y la ciudadanía tiene el derecho –y también el deber– de reclamarla. No se trata de crear miedo, sino de reconocer que vivir con menos derechos, menos oportunidades y menos certezas nunca puede ser lo normal.
Bolivia necesita recuperar la confianza, la producción y la certeza de que trabajar y esforzarse vale la pena. No nos acostumbremos a la escasez por ende exigir soluciones es la única forma de avanzar.





