por: Max Murillo Mendoza
Este año cumplimos 200 años como país. No creo que festejar sea un panorama feliz para todos los bolivianos. Porque hay historias no resueltas: colonia, república. Historias que tienen que ser resueltas no por la política, que es un rotundo fracaso, sino por los consensos sociales colectivos en la construcción de espacios estatales y privados, que sean inclusivos y absolutamente democráticos. Ciertamente desafíos enormes como cruciales.
Por tanto, los puntos de vista que tenemos sobre el bicentenario son distintos. Esos puntos de vista, sin embargo, tienen que ser respetados. De eso se trata la democracia, de eso se trata consensuar desde distintos puntos de vista, a pesar de que eso mismo no resuelve las injusticias del pasado.
El Bicentenario de todos modos es un recordatorio. En otros países, como en Perú, se han debatido con fuerza el sentido de su bicentenario. Varios historiadores no compartieron festejar porque en sus visiones nunca hubo independencia, sino sólo continuidad de las lógicas coloniales llamado república. En cambio otros sí defendieron la independencia, pues a pesar de todo se inició una nueva etapa en la vida del Perú, con sus luces y sombras que requiere un tratamiento real y con sus propias metodologías.
En nuestro caso no hay todavía debates abiertos al respecto, sino opiniones muy aisladas porque estamos abrumados por la politiquería cotidiana. No existe un libro objetivo con este motivo, sea a favor o en contra. Las universidades si bien hacen esfuerzos al menos en trabajos puntuales, no son posiciones abiertas desde la crítica y las visiones más objetivas, precisamente desde la investigación científica.
Ojalá se produzca por fin dichos debates. Debates ausentes de la vida intelectual y social en nuestro país, que ha sido copado por la politiquería indecente e ignorante. Pues sería prudente animar esos debates necesarios, para el conocimiento real de los hechos históricos, tan manipulados por el espectro politiquero desde hace muchos años. Ojalá la academia cumpla por fin su papel necesario.
Pues nuestros desafíos son inmensos. Desde varios ángulos, sólo la cuestión del Estado es ya enorme, desde su creación y proceso que no hemos consolidado ni por asomo. No tenemos políticas de Estado en casi nada. En definitiva no tenemos un Estado al menos moderno, con las reglas de juego claras para todos los bolivianos. En seguida las cuestiones económicas como la minería, donde también la ausencia de políticas claras y transparentes ayudarían mucho en el desarrollo del país. O las cuestiones de la agricultura, para la autodeterminación alimentaria, que tampoco tenemos lamentablemente.
Sólo por nombrar algunos aspectos claves que requieren ser atendidos, desde todas las ópticas posibles y por todos los especialistas capaces de aportar. Ya no es sostenible lo ideológico como campo preferido, para definir políticas o estrategias de Estado. Eso ha sido un fracaso en nuestra historia. Tenemos que abrir las compuertas de todos los espacios, sociales, de clase e incluso de naciones, para por fin hacer país y Nación.
El Bicentenario tiene que ser un espacio de balances. En el buen sentido autocríticas de todos los procesos sociales y económicos que hemos tenido. Porque tenemos demasiados fracasos, aspectos que han dejado un manto de sufrimiento, de hambre, de miseria, de incertidumbre en todos los sectores. Son los más pobres los que más sufren las consecuencias de tantos fracasos. Fracasos en el que nadie rinde cuentas.
El grado de impunidad como costumbre de nuestra sociedad es cruel y antihumano. Nadie rinde cuentas de los fracasos políticos o económicos. Nos gastamos miles de millones de dólares en experimentos sin resultados, donde los culpables tienen la costumbre de no rendir cuentas. Nuestra historia está plagada de desastres económicos y políticos; pero los culpables increíblemente siguen siendo politiqueros comunes.
Bolivia ha tenido cientos de masacres a lo largo de su historia. Sobre todo de obreros, indígenas y campesinos; pero ningún culpable ha sido juzgado y sentenciado. Somos un país muy extraño, donde podemos discursear de democracia y derechos humanos; sin embargo, tenemos en lo cotidiano el país más violento del mundo como costumbre.
Pues sí. El Bicentenario tiene que ser un año de balances sinceros de nuestra trayectoria como país. Por supuesto que tenemos cosas positivas que hay que cuidar y proteger. En general nos movemos en la nebulosa de lo negativo, de la miseria, el hambre y las pocas oportunidades que generamos para el trabajo y los emprendimientos empresariales. Necesitamos realizar balances al menos en los aspectos que más se ven o se proyectan como impacto.
Necesitamos también balances políticos. No de iglesias ideologizadas y ciegas ante la historia, sino de sectores académicos que den perspectivas más reales a la sociedad. Donde la opinión de las nuevas generaciones sea la más importante, pues a las viejas generaciones fracasadas y degeneradas sólo les queda el cementerio de la historia. Han hecho todo mal y sus resultados deben ser juzgados por lo menos por la historia.
Aprovechemos este año del Bicentenario para mirarnos, en el espejo de nuestra historia, con sinceridad y perspectivas. No llegamos en buenas condiciones; al menos seamos críticos con nosotros mismos.





