CLASES SOCIALES EN LA BOLIVIA PLURICULTURAL 

Newspaper WordPress Theme
spot_img

                                                                                                      Max Murillo Mendoza 

Los procesos sociales vividos después del neoliberalismo, brotaron en cierto sentido hacia una inclinación de la balanza a lo cultural, olvidando casi por completo la noción de clase social que ayudaba a explicar la cuestión social y política en Bolivia. En estas líneas quisiera rescatar todavía las nociones de clase, pues porque siguen nomás en las raíces conceptuales para explicar lo que sucede en estas coyunturas históricas.  

En realidad el término clase social, no sólo implica posicionamiento económico en la estratificación clasista, sino y sobre todo (quizás en términos de Gramsci) de costumbres, de visiones, de miradas culturales, de gustos y cómo no de todos esos elementos que son difíciles de describirlos así nomás desde lo micro. Por ejemplo en el tema racista, los puntos a describir en las costumbres clasistas en Bolivia, son realmente muchos. 

En esa línea, las clases sociales en Bolivia: altas, medias, bajas siguen siendo reales. Y tan reales con sus propias lógicas de comportamientos ideológicos, sociales, costumbristas. Que en lógicas o términos políticos, siguen siendo los eslabones y obstáculos para en lo profundo no hayan diálogos y consensos sociales enormes. Es decir, en lo micro de la vivencia boliviana, son elementos que siguen siendo poco atendidos desde las ciencias sociales; pero que son definitivos y decisivos si es que queremos una convivencia realmente civilizada.  

Sabemos más por experiencia que por ciencia, que las clases altas y medias racistas y pigmentocráticas históricamente, no han cedido esos comportamientos racistas. Que implican también formas y maneras de seguir siendo lógicas de segregación y maltrato social, como formas de explotación económica y también social. En los estallidos sociales precisamente de estos años, dichas formas y actitudes han salido a flote otra vez, poniendo en entredicho los avances que se habrían realizado al respecto. En el fondo de los comportamientos clasistas, no se han modificado esos protocolos, por así decir. En pocos años no se puede cambiar siglos de costumbres, de maneras de ser y ser. 

En todos estos últimos años, hemos olvidado ese asunto de clase por la intermediación cultural; sin embargo, es importante seguir considerando que las clases sociales siguen tan objetivas como antes, es decir con sus propias lógicas y maneras de ser desde las costumbres y las determinaciones a lo largo de los siglos. Y como insisto en el caso boliviano, clases sociales que implican en sus insumos costumbres, visiones, ideologías, formas políticas y maneras de ser muy propias.  

Ciertamente el gran ejercicio que en los tejidos sociales debemos hacer, es cómo construir puentes entre las clases sociales, para los consensos más grandes. Consensos que requerimos para ponernos de acuerdo en las estrategias de Estado y Nación, que permitan esos sueños de seguir tejiendo Estado con estructuras institucionales estables y sostenibles. Pues hay clases sociales incluso en las naciones quechuas y aymaras: altas y bajas, es decir ricas y pobres. 

Por donde se lo vea nuestra complejidad no es excusa. Requiere de una atención extrema y rigurosa desde las ciencias sociales, desde la historia sobre todo para revisar los procesos sociales y clasistas desde la colonia y la república. Sólo advierto en estas pocas líneas, que hemos arrinconado a los conceptos de clase social y económica, por mucho entusiasmo en los temas culturales de estos años. Entusiasmo real y justificable finalmente; pero que no explican los fondos reales en sentido de clase. 

Las clases sociales en Bolivia, siguen nomás siendo las estructuras reales y objetivas ya identificadas desde hace mucho. Los ricos siguen siendo ricos nomás. Los proletarios y pobres siguen siendo proletarios y pobres nomás, a pesar de los avances y triunfos en los derechos laborales de estos últimos años. De hechos los proletarios actuales incluso son profesionales, con altas calificaciones universitarias o técnicas; pero que no han roto de ninguna manera las estructuras de clase.  

Lo que más me preocupa es que dichas clases no han roto los estigmas de ausencia de diálogos, de consensos ni siquiera en lo micro. Hemos supuesto que eso se resolvería vía entusiasmo de estos años. Pues la realidad siempre es más dura que los deseos. El peligro sigue estando latente: guerra de clases. Porque la pobreza y la marginalidad lleva a posibles consideraciones de estallidos sociales, que se justifican desde la búsqueda de dignidad y por lo menos algo de justicia social.  

Las clases altas y medias no han dado el examen final de contemplar este país, desde las miradas de la inclusión. Eso no sólo es un punto de vista económico, sino y sobre todo ideológico, político, social, cultural y civilizatorio: de compartir este país de igual a igual. Sin miradas coloniales ni clasistas; sino por lo menos democráticas. Y está por verse si esas clases altas y medias aprendan de la historia, de sus propia experiencia y sabiduría. Sino pues, se viene nomás la repetición de las experiencias de los otros siglos: enfrentamientos y vigencia del odio y rencor clasistas. 

                                                                                                     La Paz, 12 de agosto de 2023 

spot_img

Artículos Relacionados

LAS MÁS LEIDAS

spot_img
spot_img