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jueves, 26 / enero / 2023

Criminal Socialismo del Siglo XXI

por: Eduardo Claure

Durante el siglo XX, diversos regímenes socialistas surgieron en todo el mundo y fueron culpables del extermino de decenas de millones de personas. Un siglo de grandes movimientos políticos que supuso el fin de las monarquías absolutistas, los ‘’káiser’’ y emperadores. A cambio surgió un nuevo tipo de absolutismo que fue en muchas ocasiones, mucho más despiadado y feroz que sus antecesores. El socialismo adoptó diferentes vertientes en un proceso de radicalización de la sociedad que llevó al mundo hacia el abismo. El nazismo, el fascismo y la revolución bolchevique, fueron herederos de la idea de Estado creada por el socialismo, lo que conllevó a la creación de estados totalitarios en un intento de demostrar el poder de la intervención estatal en todos los ámbitos. La represión llevada a cabo por los líderes de estos movimientos, dejó como resultado la muerte, la miseria y la guerra. Este es un relato histórico de cómo ocurrieron los hechos y del legado que seguimos padeciendo en el siglo XXI de lo acontecido hace no muchas décadas, que se desea no vuelvan. Como extensión de aquellos sucesos políticos del Siglo XX, los gobiernos socialistas de América Latina han sufrido en el pasado reciente las más estruendosas derrotas, desde que Chávez en 1999 consolidara el surgimiento del Socialismo del Siglo XXI. A la derrota de Correa en las elecciones locales de Ecuador en 2014, se sumó la caída del Kirchnerismo en Argentina y del chavismo en las elecciones legislativas venezolanas en el 2015. Adicionalmente, la derrota sufrida por Evo Morales al querer prorrogar su mandato, parecía confirmar la teoría del principio del fin del Socialismo del Siglo XXI en América Latina, que tuvo una corta vida de diecisiete años aproximadamente. Tras estos años en el poder, los mandatarios pertenecientes a la corriente del llamado Socialismo del Siglo XXI, reinician el 2016 con un evidente fracaso de sus políticas y el repudio de sus iniciativas en el plano internacional. Muestran síntomas comunes y rasgos particulares de la crisis del sistema político y económico en varios países de la región que han venido implementando este socialismo; entre estos están la rampante corrupción, la deplorable ejecución de políticas públicas y las constantes violaciones a los derechos fundamentales, tales como la libertad de expresión, el irrespeto de la propiedad privada y de los derechos de las minorías políticas, por demás señalar la altísima corrupción, el contrabando y la execrable presencia casi dominante en la economía del narcotráfico y el aumento de los índices de criminalidad aparejada a la pobreza severa, la informalidad y la desocupación. Dieciséis años de crímenes sucedidos bajo diversas figuras o formas, que no se ha detenido en su afán de construir aquella “Patria Grande”, impulsada por Chávez y Fidel, la misma que Evo Morales, impulsa en el Perú, induciendo la división social y política, implantar el racismo aymara y su consabido odio nacido del Trauma del 92 (1492), organizando eventos en provincias peruanas que tuvieron la criminal experiencia del MRTA y Sendero Luminoso que nadie quiere reeditar y a la fecha, obligando a su pueblo y autoridades a vetar su presencia e incluso con pedidos de expulsar al embajador boliviano.

Actualmente Bolivia es un Estado plurinacional que atraviesa un conflicto determinado por la tensión entre dos concepciones de desarrollo: la iniciada por el Presidente Evo Morales −basada en la hibridación entre pensamiento ancestral con el socialismo− y la de la oposición, liderada por el gobierno regional de Santa Cruz de la Sierra, fundada en la concepción capitalista transnacional de élites tradicionales del país, que ha convertido a ese departamento en la ”locomotora de la economía nacional”, además de convertirse en un crisol de bolivianidad por un entretejido social diverso acogiendo a centenares de miles de connacionales, contra lo cual y en medio de crecientes dificultades, el gobierno de Evo Morales lideró un “proceso de cambio” caracterizado por la fuerza política de su partido y la indefinición de su proyecto de reforma estatal que mezcló nacionalismo e indigenismo sin concretarlo, más bien como un modelo de Estado fracasado, que choca contra la eficiencia productiva y económica de Santa Cruz, departamento al que nunca pudo “tomar”, pese a los hechos del Hotel Las Américas. Combinó una retórica radical con decisiones moderadas, decretó la nacionalización de los hidrocarburos, pero no estableció una ruptura total con las empresas extranjeras, por el contrario, bajaron drásticamente las inversiones extranjeras y, más bien, el gobierno de Morales y de Arce Catacora, provocan por total ineptitud del Procurador del Estado, perder laudos arbitrales con empresas extranjeras que le cuestan al país más de 800 millones de dólares por compensaciones en juicios internacionales perdidos, que no significan nada -obviamente- contra los ingresos de 14 años por la venta de gas y otros, entre 55.000 y 360.000 millones de dólares, nunca verificados y menos transparentados, pero sí, despilfarrados, por ello, miran vorazmente los 24.000 millones de dólares de las AFP´s, hoy Gestora, que generará convulsión social imprevisible.  

En el Gobierno de Evo Morales convivieron tres tendencias: el indigenismo, el estatismo y el populismo, articuladas por el nacionalismo como referencia común y por el liderazgo unificador del presidente bajo la figura de un populismo secante y abusivo, orientación radical que prevaleció sobre las demás. Como se trata de una tendencia políticamente poco clara, que se define más por su método que por sus objetivos, no permitió que el Gobierno consolide un rumbo definido, su derrotero fue errático, sin norte ni metas: al final, qué demostró de beneficioso el “proceso de cambio”.?. En los últimos años, Evo Morales se encontró sometido a las presiones contradictorias de sectores y grupos sociales cada vez más fragmentados y dispersos, buscando refugio en su caudillismo, lo cual finalmente creó una gobernabilidad frágil, nada democrática, extraviada, que finalmente le obligó a realizar elecciones fraudulentas el 2019, para luego salir huyendo del país, junto a su comitiva del perverso entorno palaciego. En este contexto, el caso más llamativo de la crisis de la Nueva izquierda Latinoamericana, es el Gobierno de Evo Morales, que fue reelegido con un 60% de votos y que el 2019 afrontó un descontento general, hasta su huida. Morales fracasó en todos los frentes: no ha podido unir al país y mantuvo un feroz enfrentamiento con la oposición política, frenó la inversión extranjera en Bolivia, no logró reducir la pobreza ni mejoró las condiciones de vida de los bolivianos, no fue capaz de manejar la riqueza minera y de hidrocarburos del país, se enfrentó a antiguos aliados como Brasil y Argentina, e, incluso, concitó la unión del pueblo en su contra, como sucedió con el alza general de combustibles en diciembre del 2010, echando apresurado hacia atrás ante la reacción ciudadana, especialmente de su militancia empoderada en el sector transporte durante su mandato, como nunca antes en gobierno alguno. Yerros políticos abusivos.

La sociedad boliviana no vivió ni vive genuinamente bajo un Estado de Derecho con plena independencia de poderes y la capacidad de las instituciones de colocar bajo la ley a todas las personas, independientemente de cuál sea su cargo, filiación política, poder económico o de otro tipo. Desde el 2012, los más importantes líderes opositores enfrentan juicios, todos ellos motivados políticamente; varios bolivianos viven en otros países refugiados o asilados políticos -se calcula 900-, se tiene secuestrados en calidad de presos a una ex presidenta constitucional, un gobernador, militares, policías y dirigentes de cocaleros entre otros que, juntos, bordean los 190; en el último año, los medios de comunicación independientes son acosados por el gobierno; fallos judiciales a favor de dirigentes opositores son bloqueados por el Ejecutivo, mientras oficialistas, son liberados con fallos de “libertad pura y simple”, tal el caso vergonzoso del gobernador potosino liberado por un caso de compra de 41 ambulancias con total evidencia de corrupción -y, como este centenares de casos de los 16 años del proceso de cambio- siendo el peor ejemplo el caso del FONDIOC; dirigentes indígenas contrarios al Gobierno refugiados en sus remotas comunidades por temor a ser apresados, y dirigentes opositores detenidos, sin juicios en cárceles públicas, por mayor tiempo que el permitido por la ley (años), bajo la figura abusiva de la “detención preventiva”, que en el contexto internacional, no es aplicado, por lo general, y, sí repudiado. Impunidad oficialista en una democracia secuestrada, que incluso hace caso omiso de las recomendaciones del GEIE: sistema de justicia corrupta.

Bolivia, en el 2006, inició una etapa nueva en su historia; por primera vez un líder de origen aymara, asumía constitucionalmente la Presidencia del país. Durante ese año, el presidente emitió políticas destinadas a reformar el Estado y a recuperar el control estatal de los recursos naturales, lo que nunca sucedió: mató a la Pachamama, sin pestañear. El proceso de cambio se abrió al llamado de una Asamblea Constituyente y una nueva CPE, qué, lograda, definió la nueva configuración político-administrativa del país: todo fiasco, pura pifia. El componente central de la estrategia de Evo Morales, fue su lucha por el poder fundada en los movimientos sociales. Esto marcó una ruptura con las estrategias previas observables en la historia política y en buena parte de la historia política nacional y continental. Anteriormente, las estrategias de los subalternos estaban construidas a la manera de una vanguardia política cohesionada que lograba construir movimientos que eran su base social. Ese fue el caso de muchos países de la región: se trató de una vanguardia política democrática, legal o armada, que lograba arrastrar o, empalmarse con movimientos sociales que le catapultaban. El evismo modificó ese debate al plantearse la posibilidad de que el acceso a niveles de decisión del Estado lo puedan hacer los propios movimientos sociales. Pero, ningún indígena originario campesino -como tal, según la CPE y el discurso- ocupó, ni ocupa, cargo con niveles de decisión administrativa, ejecutiva y, menos política. Todo fue una tramoya, una mentira perversa sobre una población de ignaros, lamentablemente. Aquí, el núcleo articulador de esa estrategia fue y aún es, el discurso de la identidad y la presencia indígena, el evismo, luego el choquehuanquismo y hoy, el arcismo, son una forma de reconstrucción contemporánea de la identidad. Ello se puede ver claramente en el movimiento cocalero, que pasa del discurso plenamente campesinista de la década del 80 del siglo XX, a otro claramente indígena en la década del proceso de cambio, pero, artificialmente en el discurso, sin embargo, aprovechando esa figura, se potencia como cocalero chapareño con las derivaciones ilegales y criminal del narcotráfico, creando una zona impenetrable para el Estado, que hoy, activa el instrumento político -no el partido MAS- en la provincia de Ayacucho en el Perú, que puede derivar en impensables consecuencias para el hermano país y el nuestro, por ello el gobierno peruano, percibiendo lo peligroso de ese accionar en su territorio, ha tomado sus recaudos.  Lo que sucede hacia Santa Cruz, más allá de los antecedentes históricos de la proclama autonomista desde Andrés Ibáñez, es una muestra del objetivo fracasado del instrumento MAS-IPSP y no del partido MAS, es decir, Morales y Arce, utilizan el “instrumento político” en el país (Arce) y en el Perú (Morales). Ambos intentos políticos, el uno, asido a las intenciones geopolíticas de Putin en la región y, el otro, de la mano de Soros y su “gestión” del mercado del oro y la cocaína amazónica peruana-boliviana.    

Finalmente, como parte del dominio comunicacional, comparado con los países de la región, Bolivia tiene el índice más bajo de acceso a la televisión pagada, Internet y a las industrias discontinuas; el segundo más bajo en telefonía fija y el tercero en telefonía móvil. Luego de Perú y Ecuador, tiene el índice más bajo en acceso a la televisión gratis, y está ubicado en el penúltimo puesto en el acceso a la prensa escrita. Al integrar estos índices, se puede afirmar que, junto a Ecuador y Paraguay, Bolivia es de los países con más bajo nivel de acceso relativo a los bienes y servicios de la información, a pesar de tener un satélite propio de telecomunicaciones el “Tupak Katari”, los celulares y portátiles “Quipus” ensamblados en El Alto, que no sirvieron para nada. Solo la prensa independiente y las RR.SS., hoy, significan “un ápice de libertad en la comunicación alternativa”. ¿Estos detalles, no hablan de una criminalidad del Socialismo del Siglo XXI…? O, es que, ¿no se está matando el desarrollo, la democracia y la Ley, para, en ese revoltijo, construir esa Patria Grande, cueste lo que cueste, precisamente, con acciones contra revolucionarias y ahistóricas, que eran los fundamentos político ideológicos del Socialismo del Siglo XXI y del proceso de cambio.?  Las reacciones de la Bolivia Democrática y del pueblo peruano, son una muestra que se desea en este gran colectivo, desechar a la antipatria, definitivamente.

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