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miércoles, 7 / diciembre / 2022

No habían nacido las flores ni cantaban los pájaros y la luna quedaba más cerca: cómo era la Tierra antes de que la conociéramos

Una de las escenas más icónicas de la historia del cine pochoclero vino de la mano de Steven Spielberg en Jurassic Park (1993). Durante el primer acto los protagonistas Alan Grant (Sam Neill) y Ellie Sattler (Laura Dern) ven extasiados por primera vez a un brontosaurio vivo. De fondo suena la música inolvidable de John Williams y vemos al dinosaurio pararse en dos patas y comer hojas de la copa de un árbol. Es entonces que John Hammond (Richard Attenborough) les dice: “Bienvenidos al Parque Jurásico”.

Esta escena no fue solo una revolución en la vida de los personajes de la película sino en la historia de los efectos especiales y del cine en general. Fue la primera vez que vimos un dinosaurio animado con efectos realistas e innovadores para la época. Jurassic Park, además de ser un éxito de taquilla, despertó un renacimiento en el interés del público por los dinosaurios. Spielberg logró sacarlos de los libros de texto y de los museos para darles movimiento y presentarlos a audiencias de todo el mundo.

El paleobiólogo Thomas Halliday (Edimburgo, 1989), publicó Otros Mundos. Viaje por los ecosistemas extintos de la Tierra. Estrictamente hablando, es una obra de divulgación científica sobre paleontología, biología y geología con un poco de microbiología y astronomía. Pero en la práctica, es mucho más que eso. El libro recopila lo que la ciencia ha investigado sobre el pasado de nuestro planeta y lo transforma en una historia cohesiva, rigurosa y entretenida sobre eras de las que sabemos poco y nada. Al igual que Spielberg, en otro medio y con otro fin, Halliday le da vida e identidad al pasado.

En la introducción se lee: “Considerar los mundos que una vez existieron es el deseo de viajar a lo largo del tiempo. Espero que este libro se lea como la guía de un naturalista, aunque de tierras distantes en el tiempo y no en el espacio, y se empiecen a ver los últimos quinientos millones de años no como una extensión temporal interminable e insondable, sino como una serie de mundos tan fabulosos como conocidos”.

Hacia lo desconocido

Halliday nos propone un viaje en el tiempo que empieza en su casa, en Londres, y nos lleva a un momento y un territorio de nuestro planeta por capítulo. El primero se sitúa en el territorio que hoy conocemos como Alaska hace 20.000 años. Después pasará por Kenia hace 4 millones, Italia hace 5,33 millones, Bolivia hace 32 millones de años y continuará atravesando épocas y locaciones hasta terminar en lo que hoy conocemos como Australia, hace 550 millones de años. El epílogo nos trae de vuelta al presente y a Esperanza: una de las bases argentinas en la Antártida.

El viaje al pasado recorre grandes hitos de la vida en nuestro planeta: la primera especie de animales extinta por la humanidad, el nacimiento de la primera flor, el vuelo del primer pájaro, la caída del infame meteorito que terminó con los dinosaurios, la extinción del 95% de la vida en la Tierra en lo que se llamó “la gran mortandad”, causada por un cambio de temperatura repentino.

El libro también nos muestra a los primeros homínidos, la vida antes de los humanos, las distintas eras de los dinosaurios y los primeros seres en poblar los continentes hasta llegar a criaturas tan alienígenas que parecen sacadas de un cuento de ciencia ficción y no de una publicación científica. Al final del recorrido, hace 550 millones de años, la Tierra está vacía y la vida solo está en el agua.

Halliday cumple la titánica tarea de narrar un mundo que nadie vio de una manera orgánica y sencilla en la que el libro se asemeja más a un documental de Discovery Channel que a una curaduría de publicaciones científicas. Logra así dar vida y movimiento a un planeta que ya no existe y que de alguna manera está en el imaginario colectivo pero es muy difícil de imaginar concretamente. Para eso, el autor nos propone un viaje con los cinco sentidos y narra cómo sonaba una selva en el triásico, a qué olía la tierra luego de que una erupción volcánica cambiara el clima global, o cómo se veía la luz en los últimos momentos de los dinosaurios.

Así, hace 225 millones de años, en lo que hoy es Kirguistán, el paleobiólogo describe: “Para los oídos modernos, el silencio de este bosque es desconcertante y antinatural: no hay cantos de pájaros, porque esto es antes de que hubiera pájaros; solo los sonidos del viento, el agua y las alas de los insectos perturban el aire”.

Cuando llegamos al pasado más lejano, un momento del que se sabe poco y del que hay muy poco material de divulgación en general, el autor narra esa extrañeza hablando de lo distinto que era el cielo nocturno. Hace 550 millones de años la luna estaba más cerca de la Tierra por lo que era mucho más brillante, los días duraban menos y muchas de las estrellas que hoy pueblan el cielo nocturno, como las Tres Marías de la constelación de Orión, todavía no habían nacido.

Mundo nuevo

En estos ecosistemas ya extintos, Halliday explica la evolución de las especies partiendo de elementos que ya conocemos. Así, en el primer capítulo recurre a un grupo de caballos para mostrar cómo era la vida hace 20.000 años, cuando Asia y América todavía estaban conectadas por el estrecho de Bering, y lo que hoy es Alaska era una zona verde y relativamente fértil.

Lo que hoy nos parece natural no era en absoluto común, como el paleobiólogo describe en el cuarto capítulo: “Un viento fresco sopla con la promesa de nuevos horizontes. Para la vida terrestre, los verdaderos horizontes han sido difíciles de encontrar hasta hace muy poco; una familia de plantas lo ha cambiado todo. En la Sudamérica del Oligoceno han aparecido recientemente las primeras praderas del planeta”.

Halliday utiliza hitos en la historia de nuestro planeta para explorar qué nos pueden decir sobre nuestro presente. La extinción de los mamuts, por ejemplo, se debió a que no se pudieron adaptar a un planeta cada vez más caluroso en el que sus fuentes de comida se secaron, algo que muchas especies están padeciendo hoy en día con el calentamiento global a causa de los humanos.

Aquí es donde Otros Mundos se destaca. No es un compendio de datos, es una historia real con lugar para la reflexión: “Solitario y azotado por el viento del ártico, el mamut es un símbolo universal de un pasado perdido. Acaso porque nosotros, como humanos, los vimos, los pintamos, los cazamos e incluso tal vez los veneramos, son un vínculo tangible con la historia de la Tierra, aunque se hayan ido para siempre”.

En cada capítulo, el libro intercala escenas que van de lo macro, como la configuración de los continentes y el clima, a lo micro: un reptil planeador llamado Sharovipteryx saltando desde una rama, o el instante en el que el Mediterráneo dejó de ser una zona seca y se transformó en el mar que conocemos hoy en día. Es también una fuente inagotable de datos curiosos: “Los dinosaurios, a diferencia de los mamíferos, también tienen una excelente visión de los colores, por lo que muchos saurópodos poseen un atrevido patrón de manchas y rayas, llamativas señales visuales para sus congéneres”.

Otros Mundos tiene la fortaleza de reconocer las limitaciones de las investigaciones a la hora de reconstruir estos mundos pasados. Distingue con mucha claridad lo que se sabe con certeza de otros tópicos que aún se encuentran en discusión por parte de la comunidad científica. Halliday no es meramente descriptivo: nos deja ver la cocina de cómo se hace ciencia.

El autor no huye a la discusión política sobre las causas y consecuencias del calentamiento global y el cambio climático. En el texto da cuenta de las razones estrictamente científicas de algunos hitos que terminaron con gran parte de la vida en la Tierra eras atrás, y sus similitudes con el presente, sin dejar de reconocer las responsabilidades de las naciones más desarrolladas en el actual desastre ambiental.

A pesar de que estamos frente a un desastre ecológico, la vida siempre encuentra una forma de imponerse. El epílogo, titulado “Un pueblo llamado Esperanza”, empieza en 1978 con el nacimiento del primer niño en la Antártida, en la base argentina Esperanza. A través de esta historia, Halliday enmarca el mensaje central del libro sobre nuestro presente y por qué es importante entender el pasado de la Tierra para poder dimensionar lo que está pasando hoy en día, pero sin dejar de lado el optimismo.

“Que los mundos de antaño sean extraños y bellos es una lección sobre la adaptabilidad de la vida. Sin embargo, hay una segunda lección que enseñan las rocas: la transitoriedad de nuestro mundo. (…) Estos paisajes, que damos por sentados, no son partes esenciales del mundo; la vida continuará sin ellos, sin nosotros. Con el tiempo el dióxido de carbono que emitimos será absorbido, una vez más, por las profundidades del océano, y los ciclos de la vida y los minerales continuarán”.

“Otros mundos” (fragmento)

El mundo se ha acabado. Hace dos años, un fragmento de roca de al menos diez kilómetros de ancho apareció en el cielo, al norte, y se desplazó hacia el sudoeste a miles de metros por segundo. Casi inmediatamente después de iluminar la estratosfera, colisionó con los mares —poco profundos — de Chicxulub, en el Yucatán del actual México. La corteza terrestre se quebró y se fundió con el impacto, y el magma ardiente salió despedido al cielo.

En el aire frío , las gotas de roca fundida se solidificaron, y en el transcurso de tres días llovieron esferas de cristal caliente sobre media América del Norte. El calor que acumulaban quemó los bosques, mató a dos tercios de las especies de árboles de todo el mundo, hasta el último espécimen, y provocó una deforestación en lugares tan lejanos como Nueva Zelanda. En todo el planeta se sintieron vibraciones sísmicas, y en la parte de la Tierra opuesta a la del impacto se partieron arrecifes del océano Índico.

Las ondas expansivas aniquilaron los ecosistemas terrestres cercanos, al tiempo que tsunamis masivos removieron el lecho marino. Con más de cien metros de altura, las olas cruzaron el golfo de México en menos de una hora y no sólo inundaron las cosas, sino también el interior, hasta destruir comunidades establecidas en toda la región del Caribe. Al otro lado de la somera vía marítima que cubre parte de América del Norte, una ola estacionaria se agitaba de un lado a otro como si estuviera en una gigantesca bañera.

Bajo el gran cráter que dejó el meteorito, de cien kilómetros de diámetro, se quemó instantáneamente el petróleo, largo tiempo enterrado bajo el lugar del impacto. Los incendios resultantes arrojaron a la atmósfera humo y hollín que, propagados por vientos de gran altura, ocultaron enseguida territorios enteros con un manto de partículas en suspensión. En los meses siguientes, las lluvias disminuyeron a una sexta parte de las que antes caían. El cielo se oscureció y, sin la luz del sol, las plantas y el fitoplancton dejaron de producir energía. Y todavía no han revivido.

Algunos lugares se han enfriado por lo menos tres o cuatro grados, y la temperatura media global en la Tierra ha descendido por debajo del punto de congelación. Tras dos años de oscuridad, dos años sin fotosíntesis en todo el mundo, dos años de lluvia con ácido nítrico y sulfúrico disuelto cayendo sobre los océanos, las poblaciones se han perdido.

Las especies adaptadas al calor no han podido sobrevivir, y tanto los herbívoros como los carnívoros de gran tamaño, privados de todo suministro de alimentos, han muerto de inanición. Los organismos de la descomposición han tomado el relevo, los hongos digieren los restos de las comunidades muertas y moribundas bajo el oscurecido cielo diurno. De tres cuartas partes de las especies de la Tierra, cada macho, cada hembra, cada adulto y cada cría están muertos. Es un invierno que durará una generación.

El comienzo del Paleoceno, una época nacida en el fuego, aparece en el registro fósil como un fallo en una grabación de vídeo, unos pocos fotogramas vibrando con el ruido estático, tras los cuales la imagen vuelve a aparecer y todo ha cambiado. El mundo está cubierto por una capa de iridio, elemento químico que se encuentra en altas concentraciones en los meteoritos, espolvoreado sobre las rocas depositadas hace sesenta y seis millones de años, una firma extraterrestre del golpe mortal. Se ha calculado que solo una octava parte de la superficie de la Tierra era lo bastante rica en hidrocarburos como para producir el manto de hollín que provocó el invierno de la extinción pero esa mala suerte lo cambió todo.

Quién es Thomas Halladay

♦ Nació en Edimburgo, Escocia, en 1989.

♦ Es paleobiólogo y se especializa en la evolución de los mamíferos y la filogenia, la ciencia que estudia la relación entre los organismos.

♦ Desde el 2013 ha hecho publicaciones científicas todos los años. Otros Mundos es su primer libro.

♦ Es parte del grupo Descolonizando la Paleontología, donde investiga las etimologías de los nombres de los dinosaurios, con el fin de analizar la herencia colonial en la terminología científica.

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