por: Max Murillo Mendoza
Bolivia era uno de los países más injustos del mundo, hasta el año 2005, donde la impunidad de la explotación y la expoliación eran las costumbres más arraigadas, más normales que venían de las clases altas y oligarquías regionales, totalmente acostumbradas a los malos tratos hacia los pueblos indígenas, obreros, asalariados y clases medias pobres de las ciudades. Esa suerte de historias tradicionales repetitivas, desde la colonia, no se movían ni se cambiaban a pesar de las “democracias pactadas” de las clases altas. Pero eso cambió radicalmente desde las elecciones del 2005; en adelante las costumbres tuvieron que cambiar para construir un país más justo económicamente; más justo socialmente. Con mayores oportunidades para las clases marginales.
Por supuesto que cambiar mentalidades, acostumbradas durante siglos al ejercicio del poder impune, no es nada fácil. Los hijitos de papi siguen nomás con nostalgia de esos poderes heredados, y asumidos en la república como si se tratara precisamente de una república bananera. Cambiar esos imaginarios de poder impune todavía costará muchos años más. Costará en la medida que vayamos profundizando esta otra forma de democracia, de consensos y organizaciones sociales.
Sin embargo, es también cierto que tenemos que ir volcando la página de la tradicionalidad: en la política y la economía. Porque la velocidad del mundo nos exige. No podemos quedarnos en la vereda de la historia, como uno de los países más pobres y marginales del mundo. Porque la mentalidad de las oligarquías son también de pobres. Les gusta mantener pobre al país, pues así son más impunes y poderosos. No tienen competencia y ejercen entonces su poder colonial y atrasado. Tenemos que ser capaces de superar esos traumas de la historia tradicional, para por fin saltar al menos a la modernidad del siglo XX.
La modernidad por cierto, aun sus fracasos y limitaciones, es nomás consensos, acuerdos y diálogos entre distintos. Implica enormes esfuerzos de reciprocidades entre distintos, porque las realidades siempre son distintas. Y nuestro país es uno de los países cultural y geográficamente distintos, con culturas ancestrales distintas, que devienen de siglo o milenios de tradiciones en sus costumbres e historias. Somos realidades que requerimos de consensos y acuerdos entre distintos. La modernidad puede ser un instrumento para estas convivencias.
Lo contrario sería la destrucción total: guerras civiles irracionales, como en los Balcanes. Es mejor las diferencias con capacidades de consensos y acuerdos. Pero es tan cierto que las clases altas tienen que seguir aprendiendo de este país, de sus profundidades y de sus imaginarios de Estado. Porque es tan cierto que no conocen totalmente este país, sino como su hacienda o tienda de negocios. Y precisamente eso se terminó con las elecciones del 2005. Se terminó para siempre, al parecer algunos sectores de las clases altas no se han enterado todavía.
La sabiduría de nuestros pueblos tiene paciencia infinita; desde siempre aguantaron atropellos e historias de explotación; a partir de esas experiencias dolorosas aprendieron también a defenderse, y avanzar en consecuencia buscando justicia e igualdad para todos. La sangre que se derramó, y se sigue derramando, exige que no podemos retroceder ni un milímetro en estas conquistas. Que deben ser conquistas inclusivas, con entendimiento y comprensión incluso para las clases altas que quieran compenetrarse con nuestras causas. Pero no podemos ceder con nuestras conquistas, selladas y sacrificadas con sangre de miles de compatriotas en estos siglos de lucha.
Los colosales desafíos que tenemos como país: para empezar resolver la inmensa pobreza extrema de miles y miles de compatriotas, que debería ser un insulto a nuestra inteligencia y ética; como al desarrollo económico pues seguimos en el furgón de cola de las cifras en industrias, en temas agronómicos (ni siquiera somos capaces de producir nuestro propio pan), en temas educativos, en temas científicos. En fin. Y con un país desordenado y caótico simplemente no podemos avanzar nada. Necesitamos estabilidad de al menos una década, como condición para resolver tantos problemas que tenemos.
Pues sí, hemos avanzado bastante desde el 2005; pero nos queda mucho trecho por recorrer, mucho camino que andar. Las generaciones de jóvenes nos miran de reojo desconfiando de nuestra generación. Algunos se animan a decirnos que ya hemos fracasado. Miradas que deberíamos considerar como crítica para mejorar las condiciones de consensos, de acuerdos en tantos temas estratégicos que tenemos.
En esos recorridos hay que resolver y enterrar las viejas prácticas burocráticas, lentas, pesadas y anti populares, que nos vienen de las costumbres republicanas en donde teníamos que defendernos del Estado. No podemos seguir con esos derroteros disimulados de explotación milimétrica desde la burocracia de nuestro Estado. La pesadez y la lentitud de la burocracia es el síntoma más peligroso contra nuestras conquistas. Es el boicot disimulado contra todo lo que hemos avanzado desde el 2005.
No podemos repetir las historias tradicionales, de la explotación y la expoliación de nuestra patria. Desde nuestros propios puestos de trabajo. Cambios que han costado mucho a la gente más humilde. Requerimos consensos y acuerdos; pero no a costa de retroceder en nuestras conquistas. Eso debe quedar muy claramente establecido.





