Un conflicto básico es la neurosis y es uno que juega un rol estelar mayor a lo que comúnmente se supone. Al descubrirlo, como ahora en una pandemia atroz, no es asunto fácil; por un lado porque es esencialmente inconsciente y, por el otro, porque el neurótico utliza cualquier extremo para negar su existencia.
El hecho mundial innegable es que todo síntoma neurótico denota un conflicto básico como producto directo del mismo conflicto. Una pandemia sin resolver por más de un año, genera a su vez conflictos sin resolver en la persona y estos generan estados de ansiedad, depresión, indecisión, inercia y despego. La comprensión de la relación causal ayuda a dirigir nuestra atención de las perturbaciones manifiestas a su origen que, en el caso de la pandemia la exacta naturaleza de éste está descubierto.
Enseguida vemos la señal indicadora que los conflictos operan en la inconsecuencia: por el comportamiento frente a las medidas sanitarias de prevención que dictan los gobiernos para preservar la vida de sus habitantes. Muchos ciudadanos están convencidos de la injusticia que se les inflige en sus libertades fundamentales y protestan violentamente por ello aun a sabiendas de poner en riesgo su vida; innumerables veces estos mismos ciudadanos se dan cuenta de sus inconsecuencias, pero lo más frecuente es que son ciegos a ellas, inclusive en un dilema por la pandemia y éste es nada menos que la vida o la muerte.
El procedimiento terapéutico adecuado sería mostrar a la persona sus ocultas tendencias de extraversión, y denotarle los peligros de una acción unilateral en cualquiera de las direcciones.
No deseo cerrar esta columna sin una brisa de humor que, en estos momentos trágicos, es necesario: un sicótico afirma que dos por dos son cinco; mientras que un neurótico afirma que son cuatro… pero le preocupa.
por: Raúl Pino-Ichazo Terrazas





