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lunes, 26 / septiembre / 2022

LUCHO ESPINAL

Lucho era más boliviano que el chuño, que muchos quechuas y aymaras juntos por su amor a este país, habiendo sido un extranjero que por vocación y cariño decidió nacionalizarse boliviano. Dio su vida en las letras, en la enseñanza, en el periodismo y en el sacerdocio como servicio a los más humildes del país. Lucho se jugó la vida misma, como eran en aquellos tiempos también turbulentos, dictatoriales, inseguros, sin certidumbre alguna, con el cotidiano muy boliviano. Son muchos años de su violenta muerte; vivo en la memoria del pueblo junto a otras banderas de lucha, que al parecer no han cambiado  nada.

 

Lucho era de esos curas que ya no existen ni por equivocación. Aquellos que abrazaron con sus vidas al pueblo llano y se arriesgaron en contra del poder del Vaticano, cuando enarbolaron la Teología de la Liberación. Una apuesta abiertamente latinoamericana, como religiosidad, y abiertamente contraria a los poderes del Papa polaco: anticomunista y retrógrado.

 

La Teología de la Liberación, de las pocas corrientes intelectuales latinoamericanas, que en su momento fueron aportes fundamentales a las ideas del mundo entero. Una teología desde la experiencia de sufrimiento de millones de latinos pobres, de indígenas, de campesinos y obreros sumidos en la explotación y la marginación total. Eran los años 60 y 70 del anterior siglo. Las dictaduras militares o civiles como escenarios de nuestras sociedades, donde pensar distinto y escribir distinto se pagaba realmente con la vida misma.

 

Aquellos curas y monjas de la Teología de la Liberación, que fueron arrinconados y marginados por órdenes del Vaticano, hoy están extintos. O fueron asesinados por las hordas de paramilitares, o simplemente fueron callados por las órdenes religiosas para no generar peligros al interior de las iglesias. Gente cristiana como las exigencias de ese Cristo radical del sermón del Monte, que pide en la propia biblia estar al servicio de los pobres sin medias tintas ni hipocresías clericales. Lucho era de esos curas sin medias tintas, sin pelos en la lengua ni hipocresías literarias en sus escritos.

 

Sus denuncias tienen incluso el modelo de enfrentarse al poder, a los poderes de siempre. Lo hacía sin cálculo alguno por pegas o favores de los dictadores de turno, o de algún burócrata republicano de turno. Su estatura ética y moral, eran suficientes pergaminos para que nadie le señalara cola de paja alguna. Él sabía sin embargo que se jugaba la vida todos los días. Cómo decía él: eso era ser cristiano. Semejante seguridad de saber que por Bolivia, como Latinoamérica, la muerte es una manera de triunfar frente al poder y sus sirvientes de sobra.

 

La faceta de intelectual en esa sencillez de su vida, como testimonio cristiano, es desde mi perspectiva uno de sus aportes a las letras bolivianas. Los libros de cine que escribió son hasta  ahora clásicos de lectura necesaria, que supongo sirvieron a tantos cineastas jóvenes o críticos de cine jóvenes. Las reflexiones de nuestras duras realidades, que realizó en el semanario Aquí también son aportes muchas veces inigualables de cómo hacer periodismo, sobre todo periodismo de denuncia, que por supuesto ya no existe. Fue también docente universitario, porque la enseñanza era una de sus pasiones como maestro en títulos enormes. Al final de su vida también hizo poesía y algo de ensayo. Escritos desde su posición crítica y reflexiva como intelectual y cura.

 

Legados de Lucho que ya son parte de nuestra amplia gama de aportes, a las letras y los esfuerzos de intelectuales en este caso extranjeros, pero con un cariño y amor sin límites por estas tierras y sus mentalidades.

 

Lucho no era de esos curas de escritorio y discursos. De proclamar la biblia desde la comodidad burguesa y simplona. Su coherencia de ser cristiano le exigía estar en el barro mismo del sufrimiento humano. De estar presente en el cotidiano boliviano de la sobrevivencia, de la corrupción política, del lastre de la burocracia colonial, de la marginación total de muchos sectores, de la mendicidad de miles de bolivianos, de niños y niñas de la calle. Bolivianos sin voz ni representación, que desde siempre abundan en las ciudades nuestras.

 

Recordar a Luís Espinal conmueve de cierta manera, porque nos lleva a la pregunta necesaria: qué ha cambiado del país profundo, desde la muerte de Lucho? En demasiados temas seguimos nomás con los mismos vicios de siempre. Con las mismas herencias de la miseria y la mezquindad política, con las mismas mañas de los poderes que al parecer sólo han cambiado en los discursos; pero sus prácticas son  nomás las mismas. En estos días otra vez se le recordará como excusa de discursos de moda, sin meter el dedo a la llaga, como a él le hubiera gustado. Sin hipocresías de por medio.

 

Luís Espinal seguirá siendo un faro de vida, de esos que nunca mueren aun el poder se haya alegrado por su muerte. Y seguirá siendo un ejemplo de boliviano para las futuras generaciones, sin haber nacido en Bolivia.

 

por: Max Murillo Mendoza 

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