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lunes, 24 / enero / 2022

HISTORIA Y ECOLOGÍA EN BOLIVIA

La pandemia definitivamente cambiará estructuras en las ciencias de todo tipo, sobre todo en la relación entre la ecología y el medio ambiente con  el ser humano. Porque en términos concretos estamos sufriendo por todo el mundo, la defensa de la naturaleza ante el ataque brutal e indiscriminado de nuestra espacie, destruyendo todo a nuestro paso en nombre del desarrollo y el progreso. Y pues un murciélago pudo desatar la muerte, mediante un virus suyo, por todo el mundo y poner en tela de juicio a las ciencias en general. El desarrollo y progreso invierte más en muerte y poder: armas letales y sofisticadas; políticas del amigo – enemigo, endeudando a todos los países;  no en salud, no en vacunas, no en investigación para mejorar la calidad de vida. Eso es demasiado evidente por todo el mundo.

 

En Bolivia ojalá sea una buena oportunidad para romper, de otra manera, con la historia tradicional. De esa que sólo justifica los hechos de la política, es decir del desarrollo y progreso atrasados y todavía más brutales, destructiva en esencia que prefiere cemento y ladrillos por todas partes, destruyendo el medio ambiente y la herencia natural de millones de años como procesos complejos en beneficio al final de nuestra propia especie. Que ni siquiera las mejores historias sociales, se han percatado y sospechado la profunda relación entre la naturaleza y el hábitat humano.

 

La pandemia nos está mostrando y dando lecciones profundas en muchos campos, como no en la historia, y oportunidades para renovar en más profundidad con nuevas teorías sociales. La historia de la naturaleza, de los cambios climáticos, los efectos de todo esto en la vida social de las comunidades, de las ciudades, etc. El efecto en la alimentación y la economía ya son notables desde hace mucho; pero es la pandemia que nos pone en el rostro, recodándonos con la muerte y el sufrimiento humano estos olvidos. Nuestras universidades siempre atrasadas y tradicionales en sus currículas, pues tienen otra oportunidad más para renovar y oxigenar nuestras ciencias sociales.

 

Pues sí, ojalá quiénes reivindican a cada rato a la Pachamama sean conscientes que eso implica, epistemológicamente, exigencias profundas en el cambio real del comportamiento de los humanos frente a la naturaleza. Desde lo pequeño en las familias, barrios y pueblos, hasta lo más grande en las teorías de desarrollo o progreso. En esa línea, la justicia social también pasa por ese eslabón de los comportamientos tradicionales, porque otra vez se están negociando las vacunas contra el coronavirus y serán los países más pobres, como el nuestro, que sufrirán las consecuencias fatales.  Nuestros gobiernos siguen nomas en las esferas tradicionales, de los pensamientos arcaicos y superados del siglo XIX y XX.

 

Lo Holístico de nuestros pensamientos precisamente nos enseña que todo tiene que ver con todo. Todo está relacionado con todo. No hay islas o cosas sueltas, como en el pensamiento mecanicista de los siglos XIX y XX. Cuando el progreso y desarrollo, que incluye a sus hijos de todas las ideologías, consideró a la naturaleza como ajena al humano por tanto con todo el derecho de conquistarla, hasta destruirla. Ese pensamiento tradicional en nuestras ciencias sociales, como en la historia, sigue en sus venas contaminando a las nuevas generaciones. Condenándolas a repetir esos pensamientos arcaicos y ya peligrosos incluso, que sólo proclaman hechos y hechos sin preguntarse de las raíces y orígenes de los acontecimientos.

 

Entonces, quizás, sea otra oportunidad de romper por fin con la historia tradicional, teleológica, secuencial, de relatos de personajes ilustres, siempre olvidando y encubriendo los problemas y hechos más importantes. Perfumándolos en función de mantener en el poder a los mismos, desde tiempos inmemoriales.

 

Los historiadores tenemos la oportunidad de volver a encontrarnos, gracias a estas crisis mundiales, con nuestros propios pensamientos ancestrales: Pachamama. En el sentido de aporte a las discusiones actuales de lo social, de lo histórico, de la explotación y la pobreza. Pero desde coordenadas propias, objetivas y nuestras. El cambio climático, como la destrucción de la naturaleza, son efectos de una manera de ver el mundo, de una ideología concreta que surgió en un determinado momento en las culturas occidentales. Y nuestros centros académicos siguen nomás copiando acríticamente esos modelos, sin analizarlos y comprender en su verdadera magnitud dichos efectos: destrucción de la naturaleza, con todo eso: destrucción de culturas ancestrales.

 

Al parecer sólo con tragedias, con muerte y crisis despierta la especie humana. Y estos terribles golpes que nos da la naturaleza con el coronavirus, ojalá nos lleve por fin a entender que somos parte de la naturaleza y  no dioses que decidimos sobre ella. Las civilizaciones más antiguas realmente eran más sabias, tenían las sospechas para no destruir la naturaleza. Pusieron incluso nombres de Dioses o Diosas, como Pachamama, en esa reciprocidad y respeto absoluto en la convivencia mutua. Todo eso fue roto y destruido con las revoluciones industriales, fruto de las ideologías del desarrollo y progreso, desde el siglo XVI.

 

Dicen los sabios que nunca es tarde, a pesar de la muerte y el sufrimiento, para aprender. Quizás sean momentos del retorno por fin al origen de las cosas. Volver a la naturaleza, respetando sus ciclos y complejos procesos, desde nuestras reciprocidades para el Vivir Bien, para el morar en la tierra sin valles de lágrimas, que es la modernidad.

 

 

por: Max Murillo Mendoza 

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